Alabe recibió su merecido
En 2018, Carlos Alabe pensó que quizás estaba viviendo las últimas jornadas de su vida. Llevaba varios días en los que cada vez que iba al baño para defecar, se levantaba del inodoro sin mirar hacia abajo y apretaba el botón del agua lo más pronto posible. Era un intento inútil de no ver una realidad que lo estaba atormentando: su cuerpo expulsaba, principalmente, sangre. Y en gran cantidad.
Angustiado y contándoselo a muy poca gente, se decidió a conseguir ayuda médica. Se subió a su camioneta y rumbeó hacia Buenos Aires, en busca de una clínica. En el camino, cerca de Rosario, el viejo empleado de una estación de servicio ("un ángel", dice él) le preguntó hacia dónde viajaba y para qué. Alabe, atragantado con lo que estaba viviendo, se lo dijo. El señor del surtidor, como si le hubieran pedido un consejo, le contestó que le convenía más desviarse e ir a un instituto específico de Córdoba, indicándole de inmediato cómo llegar. El chaqueño, confundido por la calmada convicción con la que le hablaba ese hombre, lo pensó unos minutos y decidió hacer caso. En ese centro le salvaron la vida.

El arquitecto de Resistencia, simplemente, había colapsado. Tras más de una década dedicándose a gestar la Casa Garrahan Chaco, a ser parte de Padres en la Ruta y a proyectar el Centro de Enfermedades Raras, la idea de abrir en la Capital Federal una "casa de los chaqueños" se lo estaba llevando puesto.
La iniciativa era simple: conseguir que en Buenos Aires hubiera un albergue en el que pudieran alojarse gratuitamente las personas que deben viajar hacia allá para acompañar a familiares con problemas de salud, principalmente niños que son derivados al Hospital Garrahan. Hoy muchos de esos hombres y mujeres duermen en los pasillos de los nosocomios, en veredas y plazas, porque no tienen recursos como para pagar un hotel o una pensión en los que residir mientras esperan que su ser querido se recupere.Alabe había encontrado un lugar ideal: un edificio a medio hacer, ubicado a una cuadra del Garrahan.
Como el precio y la localización eran más que convenientes, se apuró a cerrar trato con los dueños. Pero no tenía el dinero suficiente. Comenzó a pedir ayuda a funcionarios provinciales, empresarios y amigos para reunir la plata. Todos le dijeron que podía contar con ellos, que solo era cuestión de días para transferirle los fondos. Alabe firmó entonces el compromiso de compra, entregando un adelanto en dólares y aceptando que si no saldaba el resto en unas semanas más, perdería la operación y la plata anticipada.
¿Qué podía fallar? En la Argentina y en el Chaco, por supuesto que todo.
TOCAR FONDO
La fecha límite para cumplir con lo acordado se iba agotando, y las manos que habían asegurado ayuda no estaban a la vista. El funcionario que más había prometido el apoyo financiero oficial había caído preso (por el escándalo sobre supuestos desvíos de fondos y lavado de activos que estalló en la gestión de Domingo Peppo); la situación económica empeoraba sin pausa de modo que el empresariado pensaba en cualquier cosa menos en donaciones; y el compromiso firmado en dólares por Alabe se volvía cada vez más incumplible. Cuando lo suscribió, cada dólar costaba 16 pesos. Cuando llegó el momento de saldar la operación ya estaba en 38. Y los chaqueños poseedores de dólares a los que Alabe podía recurrir para convertir los pesos que iba consiguiendo se los vendían a 42.
El referente de Ciudad Limpia y Casa Garrahan estuvo internado un buen tiempo, con la sensación de que había tocado fondo. El organismo le pasaba facturas de tanta presión. En Resistencia circulaban versiones preocupantes sobre él. Sin embargo, una vez más se rebeló a la realidad local. Emparchó el cuerpo, remendó la cabeza y volvió al ring. Consiguió que varios conocidos le prestaran la plata para completar la operación. A todos les acabaría devolviendo lo aportado.
El terreno y lo levantado en él ya no se iban a perder. Era el primer gran paso. Restaba batallar para lograr que la estructura construida (el esqueleto de hormigón de una planta baja y tres pisos) se pudiera completar y convertir el lugar en un edificio que pudiera albergar gente de una manera confortable. La "casa de los chaqueños en Buenos Aires", tan necesaria para tantas familias. El inmueble, así como está hoy, permitiría construir unas 18 habitaciones y un salón de usos múltiples. A valores de hoy, la obra podría demandar un millón y medio de dólares. Parece mucho, pero es menos –como para tener una idea- que lo que se gastará en las proyectadas reformas del Parque 2 de Febrero y de la Plaza 25 de Mayo.
DOBLE DISCURSO
Desde su derrumbe físico y anímico y la posterior resurrección, Alabe viene intentando que las autoridades se interesen en el proyecto y ayuden a concretarlo. Se reunió con funcionarios provinciales, con intendentes, con prósperos emprendedores privados. El asunto también llegó a ricos y famosos oriundos del Chaco. Todos lo felicitaron y alentaron. Nadie movió una ficha.
"A mí, a esta altura, que me feliciten ya me suena a burla", dice él. Y no logra descifrar qué es lo que hace que una iniciativa que todos consideran perfecta y necesaria reciba, a la hora de la verdad, una postura unánime a favor de su orfandad.
Los intendentes, por ejemplo, cuentan cómo deben escuchar, permanentemente, los pedidos de asistencia de las familias humildes que deben viajar a Buenos Aires por temas de salud. Por eso la propuesta de Alabe fue encarar la obra como una realización "a la canasta", donde todos sumen una parte: la provincia, las municipalidades, los organismos y empresas que hablan de responsabilidad social, las figuras del arte y del deporte que deseen dar algo en retribución a lo que recibieron de la provincia en su momento. "Mucho aplauso y cero ayuda", resume.
THE END
Aun cuando todos sepamos los bueyes con los que aramos, cuesta comprender cuál es el motivo para que desde el Estado no se aproveche la acción de personas que –por locura propia, no porque estén obligadas- buscan resolver cuestiones que en realidad no son asuntos propios sino problemas que deberían atender los funcionarios y que tarde o temprano golpean a las puertas de sus despachos. ¿Tan autodestructivos son? ¿O en realidad prefieren mantener con vida la mayor cantidad posible de razones como para que siempre haya personas necesitadas que les deban un favor?
También podría pensarse que el problema es Alabe. Que no es confiable, que no están demostrados su compromiso ni su capacidad de ejecución. Pero si los argumentos son esos, caen al recordar que fue por su impulso que se logró construir la espléndida Casa Garrahan Chaco (una obra de 5,5 millones de dólares que es un lujo para la región) o el Centro de Enfermedades Raras (u$s 2 millones). Los emprendió cuando nadie daba dos pesos por sus sueños y todos se reían de su campaña para reunir fondos recolectando tapitas plásticas de gaseosas para venderlas en centros de reciclado. Sumando lo juntado desde 2006 hasta hoy, se supera holgadamente la barrera de las cien toneladas de esos diminutos elementos. Y las obras están a la vista.
El viernes, en un mensaje enviado a los medios, anunció que evalúa dar por caído definitivamente el proyecto de la casa chaqueña en la capital del país. Su proyecto nació llenándolo de entusiasmo pero la desidia imperante lo dejó convertido en una carga que ya no puede continuar sosteniendo. Debe destinar unos cien mil pesos al mes solo para pagar un sereno -que evite que el lugar sea usurpado- y para abonar impuestos y servicios. Tanto para nada. Seguramente se lo merece.










