Resistencia23°Min. 20° • Max. 31°
Libros recomendados

El Brujo

Autor: Elio Azerrad

Relata la historia de la relación entre un adolescente y un hombre dedicado a las artes adivinatorias.

elio.jpg

La trama transcurre en un pequeño pueblo mediterráneo argentino, alejado de las grandes urbes, en la segunda mitad del siglo XX.

Lo que inicialmente es una simple actividad de observación del adolescente acerca de la tarea del brujo, poco a poco va mudando en un vínculo que, autorizado por los padres del adolescente, comienza a ganar frecuencia y profundidad.

Con el paso del tiempo el adolescente conoce la vinculación cuasifamiliar con el brujo y desde allí se encamina la novela a mostrar la esencia de un lazo afectivo y de admiración mutua que decanta en un trayecto que trasciende sus propias vidas y se inserta en la historia contemporánea de los protagonistas, el pueblo y el país. Por último, la novela promueve un final abierto a la imaginación.

libro.jpg

Elio Azerrad, nació en San Juan en 1963 y escribe desde su adolescencia. Hace alrededor de un lustro publicó un manojo de textos bajo el título ‘Trazos’, que reúne cuentos, poesías y microrrelatos.

Es psicoanalista y asesor de instituciones, empresas y gobiernos en materia comunicacional y de estrategia en la gestión pública y privada.

En el ámbito del periodismo, dirigió un newsletter de contenido político y social en la Provincia de San Juan, bajo el título ‘Informe Privado’.

Con su consultora desarrolló emprendimientos culturales y difusión de contenidos de la mano de intelectuales y periodistas de reconocida trayectoria.

Se desempeña en el área de relaciones públicas por más de dos décadas en empresas del Nuevo Cuyo, Córdoba y CABA.

Se lo encuentra en Instagram: @ElioAzerradDePunioyLetra y Facebook: ElioAzerradDePunioyLetra

El brujo

(Fragmento) 

I.                     

Nota en manuscrito. 

El pibe anda curioseando. ¿Es así siempre? 

Sólo para que estés al corriente. 

II.                   

1959.

Atardecía. 

La liviandad del aire posaba caricias en el rostro, los pájaros iban tomando lugar en los árboles más espesos de la plaza. 

Emulando una pintura del medioevo, el realismo reinaba en esa hora. Los colores de las flores eran propios y los olores de la gente también. 

El sol agonizante dejaba testimonio apenas blanqueando las ramas últimas de la alameda erguida en lo alto de un mogote. Un mogote hecho a puro azadón para dividir el césped de los rosales que ligeramente se distinguían unos de otros, gracias a su rojo furia y el parejo en los pétalos. El resto estaba invadido por naranjas de intensidad esmerada provocado por un manojo de nubes que se olvidó la tormenta de la noche anterior. 

Cada cual forjaba su aporte a la cadena de emociones que significa el ocaso de un día, la función que baja su telón y abre con papel y lápiz un relato siempre disímil de lo que estaba ocurriendo en derredor de los que iban y venían como hormigas en busca de su guarida, seguros de estar seguros bajo un techo de solidez craquelada por el azar de la naturaleza. 

Contiguo al salón de lustrar, en un pasillo que mi infancia signaba interminable, trabajaba Joaquín. 

Trabajaba y vivía allí, aunque disociaba con vehemencia y aire indolente su intimidad de lo que era su labor. En la cancela que aislaba la anchurosa acera del tramo de pasillo al aire libre, pendía una cadena gruesa de cobre donde colgaba un badajo. Soldado entre éste y el último eslabón estaba fijado un rectángulo metálico robusto que permitía sostener, entre dos placas a modo de portarretratos, un papel con letras legibles a simple vista y corta distancia. Cuando atendía, la cancela permanecía abierta, pero estando cerrada nunca faltaba aquel que en su afán de ver al brujo intentara una y otra vez abrir esa suerte de prefacio al aire libre antes del pasadizo que iba de la calle a la puerta cancel y que daba inicio al túnel oscuro y hermético que introducía a la cripta de los augurios. A cancela cerrada podía leerse desde el umbral de la vereda una frase escrita a mano en papel de bolsa de harina que decía: "No insista, estoy viviendo". 

A la luz del día asomaban unas pocas gazanias por la puerta reja y en el interior del pasillo abierto cinco macetas con aromáticas le aportaban garantía de perfume a lo largo del año. Completaba la ornamenta de ese tramo una pequeña escultura de dos palmos de alto confeccionada en cerámica cocida. Apoyada sobre la pared oeste, estaba protegida por un pequeño alero dejándola libre de la inclemente influencia del sol y la lluvia. Era una escena de dos niños jugando rayuela, uno que hacía equilibrio en el casillero siete y el otro que miraba sentado con su palito de tirar entre los labios. 

La imagen daba cuenta cabal de una época de la vida donde el placer rige al tiempo. 

De noche, una luz tenue y amarillenta se apoyaba sobre la baldosa de la entrada en la que se leía "No vengan en busca de lo que no quieren". 

El oficio milenario del brujo espantaba a los susceptibles y atraía a quienes llegaban en busca de una pócima que alterara el devenir de los hechos y condujera la realidad hacia paraísos de infinita sencillez. 

Otros, con algo más de esmerada desesperación, rozaban el ridículo pero confiaban en un resultado eficaz a la búsqueda del sentido del suceder, al reconocimiento del pasado y, en cierta forma, al replanteo del futuro. 

Bien visto, nada lo diferenciaba de un trabajo filosófico pleno, la constante pregunta sobre el presente y sus modos de impactar en la sociedad visto con la rigurosidad prolija de los que pensaron antes y en voz alta. 

Sin embargo esta era una filosofía privada, de a uno, el adivinador y el adivinado, en el aura de imágenes por venir que cobran sentido con la existencia preterida. 

En estricto rigor, Joaquín no forzaba a nadie. Ejercía su magia con prudencia. El antro donde recibía a sus clientes no se conocía por ningún suceso que hubiera dado para la murmuración y mucho menos el escándalo. 

Sólo una vez se dijo que un intendente lo increpó bajo el argumento de sospechas acerca de las visitas de su esposa pero no en busca de adivinación. El episodio fue una noche de carnaval, madrugada de domingo, en una esquina del barrio de Manzanares, ambos con todo lo que les cabía de fiesta y de alcohol en el cuerpo sin perder, no obstante, la cordura. El intendente le cortó el paso con aire guapetón, atrevido por su indisimulada embriaguez y ese plus de impunidad que transpira el poder. Joaquín intentó avanzar por derecha y por izquierda hasta que notó que la cosa venía para el escándalo si se montaba en el enojo que le estaba empezando a causar la escena. El silencio de la calle vacía esponjaba aún más el abanico de consecuencias una vez que el suceso fuera a mayores.  

Dicen que el brujo lo miró un largo rato y, como nunca fue un hombre violento, sólo le dijo: 

- Para que sepas, no hablo de mis mujeres, por eso no voy a hablar de la tuya. Vengo de la tertulia y el brindis, estoy para mejores escenas que tu inquietud de marido vacilante. Somos poca cosa para discutir por lo que no vemos, y demasiado importante tu cargo para dejarlo caer a la salida del sol con un par de bofetones que ni público tienen. Seguí tu camino si es que lo tenés, yo me voy a mi casa que, si no me equivoco, está por aquí cerca. Sin embargo, si se propicia la contienda, arrimate un poquito más y te digo lo que tengo para vos. No es muy largo, en un par de giros queda dirimido el litigio. 

Fue tal el impacto de las palabras en el mandatario que de bravucón pasó al sonrojo y el silencio, bajó la vista, manos en los bolsillos y un seco "buenas noches". 

Dio un paso al costado y con alguna dificultad para no evidenciar sus piernas endebles por el vino ordinario, retomó la marcha. 

El brujo duplicó la apuesta, se despidió con lo que parecía una frase de cortesía: "La sinceridad y los festejos no hay que juntarlos nunca. Pasá una tardecita por el oráculo y te cuento de dónde viene ese murmullo que tanto te preocupa. Tengo buen tabaco y una que otra bebida de discreto paladar. No seremos amigos porque la política me provoca una especie de urticaria intelectual, aun así quién te dice que del traqueteo de frases conversadas puedas mejorar tu asnería para la gestión". 

Lejos de contrariarlo y sin haber entendido ni un ápice de lo dicho por Joaquín, el ya abatido interlocutor giró el cuerpo para mirarlo de frente al brujo e impostó la voz como intento último de no salir desmembrado. 

- Vos cuidate de tus palabras y yo cuido de mi mujer, nunca se sabe dónde puede estar el secreto. 

A Joaquín no le gustaban las picardías del idioma y luego de tantos años de lector desde los clásicos hasta Patoruzú, sin moverse de su lugar y posición, le gritó al intendente que lo tenía ya a cinco pasos a sus espaldas: 

"¡hauwarea!" y recomenzó su marcha con una algazara que se extendió unos cuantos metros.

El mandatario estuvo a punto de ir por Joaquín y romper esa armonía blandengue con una trompada al solo fin de saber qué fue lo que dijo el brujo, pero su orgullo le impidió retroceder, y al día siguiente ya no recordaba el término. 

Por lo demás, Joaquín tenía una vida sin sobresaltos; socialmente aislado de los lugares concurridos, educado en sus modos, transitaba sus días con hábitos de rigidez obsesiva. Todo y siempre del mismo modo aunque sin dejar que la realidad lo sorprenda, tenía un horario para cada cosa menos cuando se trataba de leer; cualquier momento era bueno, un espacio mayor a diez minutos bastaban para sacar de bajo su brazo izquierdo un texto de diario, un libro, una revista e incluso sus propios apuntes de lo que algún día sería su novela (escribía con lápiz). Cierta vez hablamos de eso, dijo que la llamaría ‘Pócimas del hondón’. Versaría sobre los hábitos ocultos de la gente, de sus miserias sobre las cuales abjuran en público y disfrutan en privado, de lo que constituye su esencia y nombran como los males de los demás, lo que le sucede a los otros, pobres otros que le suceden esas cosas que a ellos no. Solía decirme que la verdad de cada humano vive en las pócimas de su hondón y que en el núcleo de ellas habitaba el regocijo de su tarea, la tarea del brujo. Ponerlos de frente con su sinceridad, desnudar a la intemperie lo más lóbrego de la malandanza de sus vidas, que queden expuestos bajando hasta el último escalón de sus infiernos y sacarlos de allí con una frase esperanzadora que prometa solventar con dignidad enclenque la posibilidad de convivir consigo mismos. Un verdadero arte, arte de brujo. 

De lunes a viernes se lo veía en las mañanas pasear a su perro pastor alemán, Nietzche, ornamentado con un collar ejecutado con tientos de cuero en los que se engarzaban los doce signos del zodíaco tallados en madera de iroko, regalo de un asistente por años a su antro de adivinación. 

Daban inicio a su caminata en la esquina de la plaza donde nace el bulevar de la Avenida Mitre, transitaban a la par con una simetría automática, parecían movidos por los mismos engranajes y casi de modo paradójico el perro alzaba la pata en el árbol que su dueño elegía frenando el paso, siempre lapacho o jacarandá. Él hablaba como si tuviera un humano a su lado, el perro lo miraba como si entendiera. A mitad de camino se daban al descanso en los bancos de hormigón sin respaldo, fríos para las asentaderas en el invierno y de fuego en época estival. De una hucha tejida con lana de cabra Joaquín sacaba galletas, termo, un frasco con yerba, el mate, un hueso grande apenas convidado con carne y, por espacio de una hora, Nietzche roía en silencio y sólo apartaba la mirada ante el paso cercano de una paloma. 

Te puede interesar