Tiza

Nos habíamos conocido en Alcohólicos Anónimos. Ella es Tiza o Tiziana, aunque prefiere que la llamen Tiza. Ella me decía Vaquero y me causaba gracia, porque si alguien no parece un vaquero, ése soy yo. Conocíamos nuestras sucias historias no de memoria, pero casi. Ella la tenía marcada en la cara. Debajo de la capucha del buzo negro se asomaba una carita de cuis de labios rojos donde pestañeaban los ojos más sufridos del mundo. Encima, se maquillaba con mucho rimmel y le dibujaba unas ojeras negras profundas. Podría haber pasado como la hija menor del tío Lucas, el de los Locos Adams.
Su papá se llamaba Roa, creo que era el apellido. Cuando hablaba de él, Tiza lo nombraba Roa, a secas. Y lo menciono en el pretérito imperfecto del indicativo, porque ese hombre ya está muerto. Tiza, cada tanto, me contaba cómo había muerto, y siempre las versiones eran diferentes. No le creía, ésa era la verdad.
El primer día que Tiza se incorporó a AA, y habló en la ronda de confesiones, mencionó a su madre primero ("Me abandonó cuando tenía cuatro años, no sé quién es"), para después hablar de Roa, su padre. Dijo que había muerto, que la golpeaba y la obligaba a hacer cosas humillantes, pero que ya lo había matado. Muerto el perro se acabó la rabia, dijo.
Un nubarrón de silencio se instaló en el gran salón de AA, todos nos miramos, yo preferí que me doliera el corazón y decidí clavar la vista en la punta de mis zapatos.
"Tengo dos hermanos pero están locos, hace mucho que no los veo. Patricio está en el Borda, a Cuqui lo perdí de vista en Pinamar, hace siete años. Son los hijos de Roa, mis medio hermanos, pero están re de la nuca, están locos, como Roa".
Supongo que me gustó de entrada, Tiza despertaba una ternura indecible. Era pequeñita, de carita asustadiza, de gran boca, pecosa y, bueno, ya lo dije, tenía esos impresionantes ojos melancólicos cercados por el rimmel. La veías y daban ganas de abrazarla, estrujarla contra tu pecho. Sólo me estorbaba, desde aquella primera sesión, el asunto de la muerte de Roa.
A partir de la segunda sesión no nos despegamos más. Tiza era un imán. Nos necesitábamos.
Su departamento era diminuto y cuando uno cruzaba la puerta imaginaba que no hacía mucho había estallado un misil en el lugar. Había corpiños, ojotas, revistas, ceniceros caídos al suelo, CDs desparramados, vasos medio con rastros de Pepsi, paquetes de salchichas sin abrir, una PC sin pantalla, en fin, una calle de la Alepo bombardeada.
Aquella tarde de invierno, después de pasear en silencio por el puerto de Barranqueras, nos encerramos para tomar unos mates. La noche anterior me había puesto a ordenar el estallido de los objetos en el departamento. Nos sentamos en el suelo. La ventanita alta parecía un cuadro de nubes grises de Magritte.
Vertí el agua caliente en el termo y me senté frente ella, dispuesto a cebar. Tiza estaba armando un porro. Le dije que se dejara de joder, que no lo fumara, que es el primer paso para empezar a chupar alcohol. Ella me miró y me disparó: lo necesito para contarte de Roa. Lo dijo sin turbarse y prendió el cigarrito.
"Cuando tenés cinco años nada es horrible, todavía. (Tose) ¡Cómo pega esta porquería! Sos una nenita y te abandonó tu mamá, pero tenés a Roa, digo a un papá. Las cosas horribles empiezan a suceder de a poco, pero todavía no son horribles porque lo horrible, cuando sos chico, lo horrible es natural. ¿Con qué comparás esa cosa siniestra que te está sucediendo, como si fuera un juego más?
"Roa trabajaba en la Junta Nacional de Granos y regresaba a casa a eso de las doce y media, venía con los ojos enrojecidos y oliendo a caña. Gritaba a la chica que nos ayudaba a cocinar y limpiar. A veces, antes de comer, se encerraba con ella en el cuarto de lavar. Ella no quería, porque yo escuchaba que decía no, no y no. Yo ya tenía nueve o diez años entonces y, por supuesto, yo ya sabía qué mierda era esa piecita de lavar, porque Roa me…
-¡Basta, Nena, basta! No quiero escuchar más, plís. – Me quemaban los ojos.
-Me saliste, cagón, Vaquero – me dijo, y aspiró una bocanada del cigarrito. La veía ya un poco extraña, soltaba risitas que no tenían nada que ver con nada.
-Me voy, tengo que hacer, Tiza, nos vemos más a la nochecita.
Me miró, soltó una carcajada y me señaló con un dedo.
-¡Vaquero! ¿Y si lo estoy inventando? –sus ojos estaban tan rojos como los de un conejo.
Me fui.
Llegué a casa y me tiré en la cama. No quería pensar en nada. Me estaba sucediendo algo terrible: como si se hubiera agrietado un dique, empezaban a fluir delgados hilitos de ganas de chupar vino, whisky, lo que sea. Si explotaba el dique estaba perdido. Me lavé la cara con agua fría, me tomé medio litro de soda, y caminé dando vueltas por el living.
Mi celular sonó.
-¿Hola?
-Hola, Vaquero…
-¡Tiza! ¿Qué pasa?
-Lo empujé al río…
-¿A quién?
-A Roa, lo invité a caminar por el muelle, no había nadie, lo hice asomar para que viera la cantidad de óxido que tenía una barcaza abandonada… y ahí lo empujé y ¡plash! No sabía nadar, el turro.
-Esperá, Tiza, voy para allá…
-No, no, Vaquero, me estoy durmiendo, voy a dormir…
-Dale, cálmese, mi nena, quiero que duermas…
Cortó. Fue la última vez que escuché su voz, no supe nada de ella tampoco.
Fui a su departamento y lo hallé con la puerta abierta, sólo quedaba el desorden y una honda sensación de vacío. La vecina no sabía nada de ella, ni Ricardo, el mozo del barcito de abajo, su compinche de siempre.
A los meses me radiqué en Buenos Aires, me había salido un laburo en una compañía de medicina prepaga, todo gracias a un primo de mamá.
Jamás pude saber si me había enamorado de Tiza. Sus ojazos persistían como espejismos sueltos en mi cabeza. Era muy rara esa sensación que me sobrevenía, como que jamás ella hubiera existido, que todo hubiera sido la alucinación de un exalcohólico.
Cada tanto imagino verla en el subte, apiñada en el gentío, pasando en un taxi, caminando por calles impensadas, baldeando una vereda en la mañana temprano, besándose con un tipo en el Parque Lezama.










