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Lugares comunes

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Sucede, y con mayor frecuencia se repite, toparse con temas ya fatigados por innumerables cronistas anteriores. Y es una pena porque, de reescribirlos, ya son como platos fríos, como los restos de lo que quedó de la mesa de nochebuena.

Alguna vez, Juan Carlos Onetti se lamentó por esta dispar suerte: en un bar al que concurría en su montevideana juventud, solía recalar un inglés taciturno.

Se sentaba a una de las mesas y, no sin misterioso afán, durante horas, se emborrachaba sin tregua. Cuando el inglés ya era incapaz de dar un paso más en la desdicha sin riesgo de caer redondo en el piso, un puntual hombre –tal vez un mucamo- llegaba y lo cargaba hasta una limusina.

Rumboso, el vehículo se perdía en la noche de Montevideo. Así, todos los días. Cuando Onetti se dispuso a escribir sobre el inglés, fue tarde. Según sus propias palabras, ya se lo había robado Horacio Quiroga.

De modo que llegamos tarde a los temas, o bien la repetición de éstos insinúa una terquedad de la condición humana por los lugares comunes. El amor, la muerte, la soledad, la abyección, la tortura, la esperanza, la traición, finalmente, son nuestros lugares comunes, y sólo nos queda reescribirlos de otra manera, como anotara William Faulkner.

Fue lo que pensé, sin sabiduría, cuando reparé en el hombre que, en una mesa próxima, en un bar céntrico de Resistencia, fumaba en soledad al borde un pocillo de café vacío.

Sin magia ni sorpresa, su cara colorada y gorda, la mirada oculta detrás de unos anteojos gruesos y oscuros, divulgaba un aire tierno, irresponsable, frente a la desgracia. La dicha, por costosa, se maquilla con no más de dos o tres gestos. En cambio, es lujoso el infortunio en visajes y silencios.

Acodado a la mesa, simplemente quieto y aparte, moviendo de vez en cuando los dedos para manejar el cigarrillo y limpiar de ceniza su camisa color ratón, el hombre parecía querer pronunciar una gran y sola palabra, con su cuerpo inclinado, flojo, mirando con gastada credulidad algo que debería flotar invisible entre el sopor ciego de la siesta.

Primero pensé que, tiempo antes, más joven, con menos kilos encima, habrá llegado a esa primera cita, temblando, sin más coraje que una sonrisa rápida, donde lo esperaba una joven, de rodete y labios rojos, vestida con una solera azul de pintitas blancas, abanicándose con el cartón del menú.

Llamé al mozo y le pedí un chopp y, de paso, le pregunté si ese señor hacía mucho tiempo que estaba sentado a aquella mesa.

-Hace más de una hora, pero ayer también estuvo un buen rato, parece un tipo raro, ¿no?

-No creo. -le dije- Está o quedó muy solo, eso es todo.

Detrás de la luz polvorienta que filtraba el ventanal, el hombre, su figura, parecía haber perdido nitidez.

Imaginé, acaso por la proximidad de la terminal de micros, no sé, una despedida irreparable. Imaginé al hombre gordo en la penumbra de un cuarto de hotel observando en completo silencio el acarreo de ropas hasta una valija.

No fue dificultoso construir una mujer, tal vez morena, el cabello rematado por un rodete, los labios rojos de furia, yendo y viniendo por la habitación. Sin mirarlo, intuyendo al hombre a sus espaldas, a su respiración opaca y sin más presagio que la pérdida. El ventilador del techo, ruidoso asmático, se habría asemejado al paso del tiempo, entonces.

La afligente valija fue cerrada. El hombre gordo y colorado, conjeturo, habría llevado la mano hasta el bolsillo de la camisa, extraído el atado de cigarrillos y prendido uno.

Hamacando sin voluntad su cuerpo, extrañado de hallarse precisamente allí, el hombre habría visto la falsa seda del vestido ciñendo el cuerpo de la muchacha y después a la muchacha recostándose sobre la valija. Ella acaso lo miró con desdén o simulando una roja, apremiante sonrisa.

El hombre gordo llamó al mozo y pidió otro café. Era fácil discernir el débil estirarse de sus labios, como echando sin convicción, como si no doliera, a la mujer. A ésa, la última, la que tal vez le deparó un gesto irrepetible, antes de murmurar "vamos, apurate, que pierdo el micro".

Perseguidos por sus sombras, las aceras luminosas de fastidio, casi odiándose, caminaban arrojados como dados en el juego inútil del final. Él fumando, cansado o aburrido de ese largo camino bajo el sol, entrando en la babel clamorosa de la terminal. Un aire de sudores, a nafta, a aceite, a grasa, los recibió.

La mujer ascendió a su micro tras despachar la valija.

El hombre gordo, empapado en sudor, esperó a que se marchara sin mirar las ventanillas, calculándole un sitio o un propósito a las horas que vendrían.

Plateado y destellante, el micro giró en la esquina y solo quedó su motor procurando la ruta.

El hombre, entonces, eligió un bar y pidió un café.

Cuando entré al mismo bar y me senté y lo advertí, pensé en los lugares comunes, mientras él dejaba crecer su inútil historia.

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