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Hacia el tercer año de pandemia

Coronavirus 3, humanos 0

Algunas significativas postales sobre la nueva etapa: divergencias entre los científicos y entre las autoridades, avances de los grupos negacionistas, "nuevas normalidades" que no se normalizan, insumos que fallan o que faltan, Estados que cuidan la salud pública, de palabra.

El gobierno nigeriano debió destruir un millón de dosis que le fueron donadas “sobre la hora” del vencimiento, por lo que no llegó a aplicarlas. En varios países los gobiernos autorizaron y repartieron insumos deficientes a los trabajadores sanitarios.

"Durante dos años, las infecciones siempre precedieron a las hospitalizaciones, que precedieron a las muertes. Uno podía ver las infecciones y saber lo que venía", dijo Ashish K. Jha, decano de la Universidad de Brown y experto en salud de Harvard. "Ómicron cambia eso. Este es el cambio que hemos estado esperando por mucho tiempo".

Los síntomas mayormente más leves entre los infectados estarían demostrando que la vacunación protege de la enfermedad grave o de la muerte, y que "El aumento en el número de casos ya no debería ser la métrica central para medir la pandemia", dijo Jha. "Creo que debemos centrarnos en las hospitalizaciones y las muertes ahora".

En las antípodas del doctor Jha, en Sydney, el laboratorio central de la ciudad informó a 400 personas que la prueba a la que se habían sometido para detectar Covid y resultó negativa, había sido hecha en forma incorrecta, aparentemente por un fallo en los kits de testeo. 

En Perth, Australia, el profesor Jeremy Nelson, catedrático de Ciencias de la Salud de la Murdoch University, desde hace 18 meses lleva adelante un estudio analítico de las estadísticas sobre quienes enfermaron y se recuperaron de la Covid-19. Nelson dice que las primeras conclusiones parciales de su investigación muestran que se trata de una afección de largo plazo, multisistémica, que afecta en distinta medida a niños, jóvenes y adultos, con consecuencias aún difíciles de mensurar para el conjunto de la salud pública.   

La doctora Maria Van Kerkhove, experta epidemióloga en enfermedades infecciosas y responsable técnica del Programa de Emergencias Sanitarias de la OMS, advierte que "Un número creciente de casos significará un aumento de las hospitalizaciones "incluso si" Ómicron fuera menos grave que Delta, y todavía es demasiado pronto para concluir esto. El aumento de las hospitalizaciones supondrá una carga para los sistemas de salud ya sobrecargados y provocará más muertes". 

Van Kerkhove informa que (al 26 de diciembre) "El 96% de los casos detectados se deben a la variante Delta del Sars-Cov-2. Pero estamos viendo un 55% de aumento de casos de Ómicron en menos de un mes, solo en Europa". Llama a los líderes a "invertir e incrementar desde ya los sistemas de vigilancia, testeos, y atención de la salud, y a proteger a los trabajadores" del sector, "porque no podremos hacer esto cuando estemos sumergidos en la próxima ola". Finalmente, remarca a los gobiernos que "No se trata de qué vamos a hacer en 2022, sino de hacer las cosas ya. La pregunta no es qué va a pasar en 2022, sino ¿qué van a hacer ustedes hoy?".

El gobierno del estado de Nueva York redujo las cuarentenas para el personal sanitario contagiado a solo cinco días. En Valencia, directamente las suprimieron. Los sistemas de salud siguen a nivel mundial con déficit de presupuestos, de insumos y, sobre todo, de personal.

Las sensatas palabras de la doctora Van Kerkhove contrastan con la postura de la propia OMS en 2020, cuando Europa se debatía al borde del colapso hospitalario y la organización llamó a los gobiernos a reabrir las escuelas, porque "los confinamientos son una pérdida de recursos y provocan muchos efectos secundarios, como daños a la salud mental o aumento de la violencia de género". 

Si algo hemos aprendido en todo este tiempo, es que el manejo de la pandemia es un asunto fundamentalmente político, porque el cuidado (o el descuido) de la salud de la población implica consecuencias económicas y sociales de incalculable profundidad. La mayoría de los Estados occidentales, apenas iniciadas las (deficientes) campañas de vacunación, se inclinaron por una política de "convivencia con el virus", buscando la reactivación de la economía y relegando a un segundo plano la salud, responsabilizando de ella al conjunto social ("Todos somos responsables"). Al mismo tiempo, se desmontaban los sistemas sanitarios levantados para la emergencia y se volvía a reducir el  personal, como si todo hubiese concluido. 

Las aperturas aceleradas obviaron que solo la mitad de la población mundial había llegado a vacunarse con al menos una dosis (en  los países más empobrecidos la proporción era diez veces inferior), y que las vacunas habían sido autorizadas en "modo de emergencia", sin que se conocieran acabadamente los alcances de su capacidad inmunizante. En estas condiciones, el reinicio de la circulación masiva dio lugar a rebrotes y a la aparición de "supervariantes" más contagiosas. Ómicron se encontró con una autopista de varios carriles donde pudo pisar el acelerador a gusto. 

Tal nivel de negligencia no era gratuito: se trataba de reactivar la actividad económica a toda costa, y muchos gobiernos se jactaron de haber recuperado "los niveles anteriores a la pandemia" en solo un año. Esta contradicción fundamental entre la teórica y declarada preocupación de las autoridades por la salud de la población, y el interés centrado sobre todo en la reanudación de los negocios, dio alas a las corrientes negacionistas, que siempre sostuvieron que la pandemia era "una invención del poder para controlarnos mejor", y las vacunas solo un negocio de las farmacéuticas.

En España, el movimiento "Policías por la Libertad", un grupo creciente de negacionistas dentro de las fuerzas de seguridad, liderados por el "sanador cuántico" Juan Ramos Mateo, aseguran que cumplen sus labores policiales "con resignación", y se muestran contrarios a "vigilar la salud de la población imponiendo el uso de las mascarillas, el mantenimiento de distancias o la vacunación".

"Esto dentro de unos años será como los juicios de Nüremberg", estima Ramos Mateo. "Nos están inyectando algo que no sabemos qué es", y recurre a la manida comparación con el nazismo: "No te pueden obligar a vacunarte, como no te pueden obligar a educar a tus hijos de determinada manera". Menciona que "existen soluciones como la ozonoterapia y otros tratamientos alternativos que funcionan para tratar la Covid-19". En las manifestaciones de "Policías por la Libertad" pueden leerse pancartas que rezan "Falsa pandemia", "El virus es para controlarnos" y "Derecha e izquierda son la misma mierda".  

Sostienen que "Los protocolos no funcionan y las vacunas son peligrosas", y a cambio ofrecen "sesiones de crecimiento personal y espiritual" tanto para agentes de la ley como para civiles. Están emparentados con grupos de ultraderecha dentro y fuera de la policía, con la asociación negacionista "Médicos por la Verdad", y con la corriente internacional "Police for Freedom", con gente en Canadá, Australia y EEUU, que también se proclaman portadores de la verdad sobre la Covid-19.

El portavoz del Sindicato Unificado de la Policía (SUP), Carlos Morales, pone paños fríos: "Se trata de un grupo muy residual de las fuerzas de seguridad, con más negacionistas que agentes entre sus filas". Cuenta que el sindicato policial oficial ha "peleado para conseguir mascarillas, gel hidroalcohólico y otras medidas sanitarias desde el inicio de la pandemia para proteger a sus agentes". 

La actitud más o menos despreocupada de la institución oficial frente al progreso de los negacionistas (y sus asociados fascistas) dentro de las fuerzas de seguridad reproduce –en forma simbólica y aproximada- la política de la mayoría de los Estados en esta etapa de la pandemia.