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Sergio Schneider

Columnista

La solidaridad que falta

En el anuario 2021 de NORTE publicado el jueves, el arzobispo de Resistencia, monseñor Ramón Alfredo Dus, hizo un repaso de la labor de la Iglesia Católica de esta arquidiócesis, junto con una lectura de la situación social que fue tan valiente como descarnada.

Un conjunto de verdades incómodas que, viniendo de quien provienen, debería provocar –como mínimo- algún tipo de reflexión y respuesta explícita por parte de una dirigencia que en su gran mayoría se declara cristiana y asiste regularmente a los oficios religiosos de ese credo. A menos de que esto último sea solo una postura, esa representación de fe y bondad simuladas que Jesús condenara cuando dirigiéndose a los referentes del pueblo judío de su tiempo les dijo que eran "como sepulcros blanqueados: por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre. Así también ustedes por fuera dan la impresión de ser justos, pero por dentro están llenos de hipocresía y de maldad" (Mateo 23:27).

En su texto, Dus mencionó "el alto grado de intolerancia diaria que se vive y que se transforma en violencia generalizada", apuntando que "se siente la falta de respuesta de la justicia ante casos de violencia, y se percibe una anomia social para revertir la situación".

"Por otro lado –agregaba- la gran dependencia del Estado hace que la gente se inmovilice, y siga siempre esperando, reos de políticos de turno. La desocupación aumenta la pobreza, con la falta del alimento diario, a personas con necesidad de ser escuchadas. Hay preocupación por los jóvenes, por su gran apatía, sus limitaciones para acceder al trabajo o a mejores posibilidades de estudios, que les cierran entusiasmo y horizontes. Muchos niños y adolescentes sufren en el flagelo del consumo de drogas".

El arzobispo rescataba luego las actitudes que, frente a este panorama, generan respuestas solidarias que nunca son suficientes frente a la magnitud de las necesidades pero que al menos alivian y –cuestión nada menor- alimentan la esperanza de que la realidad mejore, "en un signo fuerte y actual de que ante la necesidad emerge el corazón generoso, con una logística y agilidad para darse respuestas entre comunidades o entre las mismas familias, que ayudan a otras familias".

Dus no dejaba de marcar que "igualmente, ante la dependencia del Estado que se vive, hemos reflexionado sobre qué hemos hecho mal, y qué tenemos que dejar de hacer. Como cristianos y católicos hemos reconocido que somos lo que la cultura va gestando y que somos parte de ella. Por esto hemos insistido y proclamado que el Estado es el responsable de velar por la comunidad social; pero también hemos acordado que la comunidad cristiana no puede mirar para el costado ante las necesidades de las familias, y que ayudar a construir la cultura del trabajo y a fortalecer la dignidad humana de cada persona es un compromiso que nos incluye como testigos del evangelio que queremos anunciar".

Contrastes

Este 2021 volvió a ser un año de contrastes. Nos hemos acostumbrado a que nuestros calendarios sean así. La normalidad de los países "aburridos" (como Suiza, al decir de Sabina Frederic, hasta hace poco ministra de Seguridad de la Nación) nos es ajena desde hace mucho. En este calendario, la sensación de liberación tras los meses de clausura de 2020 mejoró los ánimos y dio ciertas señales de aliento en la economía. Pero, a la vez, desapareció el fugaz clima de convivencia política que se había instalado en el peor momento de la emergencia sanitaria y llegó un proceso electoral que mostró lo peor de las prácticas partidarias, principalmente en las grandes fuerzas.

No es aventurado decir que en los dos turnos de votación (las primarias de septiembre, las generales de noviembre, pero sobre todo en estas últimas) los comicios combinaron como ingredientes centrales el sufragio negativo (el voto que se emite no para premiar a una propuesta, sino para rechazar a quien se observa como adversario o directamente como enemigo) y la utilización desembozada de los recursos y las políticas públicas en fines netamente personales y sectoriales. Fue, probablemente y en ese sentido, el peor año electoral desde el restablecimiento de la democracia en 1983. Dejó una sensación de derrumbe de las reglas de la buena política, el imperio de un "vale todo" en el que las cartas más fuertes del juego fueron el dinero y la promoción del desprecio. La utilización de ambos recursos son formas de violencia, más aún cuando a su alrededor no hay casi nada más. Desaparecieron, por ejemplo, las "plataformas electorales" que décadas atrás eran casi un requisito sine qua non para cualquier campaña. Allí los partidos y sus candidatos exponían detalladamente qué medidas y acciones pensaban encarar en caso de ser electos, y planteaban a partir de ello qué modelo de país, de provincia o de ciudad pretendían consolidar con ellas.

Veinte años no es nada

Días atrás se cumplieron veinte años de la eclosión social de diciembre de 2001. Varios medios elaboraron y difundieron extensos informes sobre ese punto dramático de la historia argentina reciente y sobre la sucesión de acontecimientos que previamente fueron encadenándose para que llegáramos a él. Lo más dramático no fue la evocación en sí, sino observar lo poco que hemos aprendido de una instancia tan traumática.

El "que se vayan todos", una expresión de bronca ciega por parte de una sociedad que se sentía estafada por la clase política, asustó a los grandes partidos y hubo de inmediato demostraciones de una intención aparente de funcionarios y legisladores de cambiar viejos hábitos de privilegio corporativo. Se redujeron sus remuneraciones (a la par de un ajuste generalizado feroz), se sancionaron normas para "bajar el costo de la política" (campañas electorales más cortas, cláusulas para transparentar el financiamiento de los partidos, leyes de ética para ponerle un cedazo a la corrupción en el Estado), veíamos a nuestras figuras más importantes rasgándose sus vestiduras a diario. Todos se mostraban arrepentidos y dispuestos a dejar los vicios con terapias de rehabilitación que iban a estar a la vista de la población. Cuando el tiempo avanzó y la tragedia se fue tornando distante, las cosas fueron regresando lentamente a su estado anterior. Excepto De la Rúa, nadie más se fue.

Banderas

Solidaridad es un término de etimología sencilla pero difícil de ensamblar. Sus orígenes están en el latín, y un intento de explicar su sentido podría ser decir que se refiere a algo que es sólido, homogéneo, compuesto por partes que ayudan a sostener esas cualidades. El todo no puede ser lo suficientemente fuerte si los componentes no ayudan a que tal fortaleza sea alcanzada. Ser solidario es comprometerse con los demás en un fin. Renunciar a ser parte no es una acción sin consecuencias, porque implica debilitar el todo e impedirle o restarle chances de lograr su cometido.

En la Argentina y en el Chaco de hoy sobreviven –y, como dijimos al comienzo, alientan la esperanza- innumerables acciones solidarias que acuden en auxilio de los alcanzados por el incendio social. Pero está claro que eso no alcanza si los focos en los que se inician las llamas permanecen intactos.

Hace falta una nueva solidaridad, que se superponga a las que ya sostienen tantas buenas personas, y es la de tomar las decisiones de cada día no pensando estrictamente en las conveniencias personales, sino en las del conjunto social. Las palabras de Dus, por caso, son solidarias. Dice verdades que no serán aplaudidas entre los destinatarios del sayo, pero que son necesarias. Y ojalá haya más acciones en ese sentido. La Mesa Interreligiosa, por ejemplo, podría ser un ámbito muy útil para lograr que gobierno y oposición dejen soberbias y vedetismos de lado para hablar de las urgencias del presente, a las que quienes deberían representarnos parecen estar –no en las palabras, sino en los hechos, que es lo único que importa- tan lejanos. Todos coinciden desde hace años en que de esta crisis es imposible salir sin consensos básicos, pero nunca se han sentado a hablar seriamente de cómo abrir el camino de la recuperación.

También los ciudadanos tenemos obligaciones en esto: involucrarnos, dejar de pensar que si miramos desde el costado somos neutrales, no aceptar ser los idiotas útiles en los juegos del odio, no consentir las infinitas formas en que podemos ser sobornados a cambio de renunciar a lo que consideramos justo y verdadero, hacer un esfuerzo real por entender las razones del otro y superar el disenso. No mentir, no robar, no matar de ninguna de las maneras en que se puede destruir a una persona. Quitarnos las anteojeras al andar cada día por la ciudad, no sentir que la miseria y el dolor pueden ser ajenos. Ideas que ya llevan miles de años rodando por el mundo, y que tenemos el desafío de convertir en banderas cotidianas.