¿Nunca es triste la verdad?
La democracia argentina cumplió el viernes 38 años desde su recuperación formal en diciembre de 1983. Es la primera vez en la historia nacional que el país alcanza un período tan extenso de sucesivos gobiernos elegidos por el voto popular en elecciones libres, sin fraudes ni proscripciones.
El saldo más positivo es que, aunque con algunas imperfecciones, en general se afianzaron los derechos civiles, se fortaleció el respeto por las minorías, se implementaron políticas más inclusivas y se desarrolló un aprendizaje colectivo sobre lo que significa vivir en un mundo diverso.
Por el lado de las deudas, la mayor es el derrumbe económico del país. A esta altura de la historia sería un acto de negación atribuirlo exclusivamente a la herencia dejada por la dictadura militar. Casi cuatro décadas deberían haber sido más que suficientes para revertir el cuadro del’83 y colocar a la nación en una situación totalmente diferente a la que vive, marcada por el empobrecimiento y una competitividad internacional insignificante.

Está claro que lo que ha sucedido con la economía no es una maldición aislada. Es hija de una evolución de los hábitos políticos que en lugar de ir hacia una realidad de apertura, pluralismo y entendimiento avanzó hacia un escenario marcado por la mediocridad, la mezquindad sectorial y la virtual ausencia de un amor real por el país. El resultado de los valores asignados a estas grandes variables es la sociedad que vemos: tan llena de potencialidades que no se plasman como de elementos que nos anclan en un concreto y palpable fracaso cotidiano.
En todo este trayecto democrático la Argentina tuvo veintidós años de crecimiento de su Producto Bruto Interno y dieciséis de caída, con una inflación promedio que en todo el período se sitúa por encima del 50% anual. Nuestro PBI se ha incrementado, por ejemplo, cuatro veces y media menos que el de Chile en la misma franja de tiempo. La pobreza, que en el ’83 tocaba al 16% de la población, hoy ronda el 40. Con un dato adicional que es de espanto, mencionado por un reciente informe del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina: tres de cada diez argentinos que trabajan son pobres. Si una persona con empleo no puede cubrir los gastos mínimos de su hogar, ¿qué queda para la legión de desempleados, subocupados y beneficiarios de programas sociales?
En un documento descarnado elaborado y difundido este año por Jorge Remes Lenicov (exministro de Economía de Eduardo Duhalde en la traumática salida de la convertibilidad a comienzos de la primera década de este siglo), ya citado en este mismo espacio meses atrás, se dan otros datos que ilustran el descomunal retroceso nacional: la productividad de nuestra economía es la tercera parte de la que poseen los países desarrollados; en apenas cuatro años de las diferentes gestiones hubo equilibrio fiscal; el 64% está en edad de trabajar pero lo hace el 42; el empleo y el gasto público no han dejado de crecer, pese a lo cual los servicios básicos que presta el Estado son peores a los de antes, así como también se incrementó notablemente el presupuesto destinado a políticas sociales y la pobreza no ha dejado de expandirse.
La otra pobreza
Aquí en el Chaco hubo una posibilidad –que nunca dejó de ser precaria- de un acuerdo político entre gobierno y oposición. Una versión local, siquiera diminuta, del mentado "Pacto de la Moncloa" que la sociedad le viene pidiendo en todos los idiomas a una clase política que simplemente no está programada para conjugar ciertos verbos. Está claro que es como esperar que los hipopótamos aprendan a tejer.
Como se ha comentado oportunamente aquí, hubo desde finales de 2020 un intento oficioso de algunos dirigentes para lograr una aproximación entre los máximos referentes del peronismo y el radicalismo provinciales, como primer capítulo de una idea más abarcativa. El paso inicial debía ser que las dos fuerzas más importantes de la política local lograran coincidir en algunos puntos básicos sobre políticas y objetivos de mediano y largo plazo.
El plan se fue quedando sin baterías a medida que se calentaba el calendario electoral, hasta derretirse por completo cuando la campaña se llenó de descalificaciones y adquirió perfil de guerra santa. Reapareció de manera algo inesperada tras los comicios de noviembre, cuando Jorge Capitanich lanzó una invitación al diálogo que la UCR rebotó con un raquetazo casi instantáneo. Y listo, nadie derramó una lágrima por haberle negado a los chaqueños la que posiblemente hubiese sido la única noticia institucional buena del año.
La indolencia de unos y otros frente a la muerte súbita del proyecto de acuerdo reveló, en cierto modo, que la concreción de la idea no figuraba seriamente en los planes de ninguno. No hay diálogo que pueda fracasar si las partes tienen deseos reales de consumarlo. En este caso, por el contrario, los interlocutores parecieron esforzarse por lograr que la iniciativa tuviera una vida de mariposa.
El gobernador formuló su propuesta en términos que favorecían las chances de una respuesta negativa. En primer lugar, fue evidente que nadie en el oficialismo se ocupó de operar mínimamente con dirigentes de la oposición una receptividad diferente a la que se acabó obteniendo. Es de manual: nadie se tira a una pileta de ésas sin ver antes que haya agua en su interior. En lugar de eso, los invitados se enteraron del convite a través de la prensa. Y, para rematarla, Capitanich planteó una "base" de discusión que tampoco era conveniente. Si la idea era dialogar de verdad, hubiese sido más respetuoso dejar que la agenda de cuestiones a incluir en las conversaciones –y en el eventual entendimiento- se elaborase en conjunto. Y, en todo caso, aportar en ese ámbito la propuesta gubernamental para cruzarla con la que pudieran efectuar la UCR y las demás fuerzas.
Los radicales, a su vez, dejaron la impresión de que tenían el "no" cargado desde hacía meses en el monitor y que al aparecer la invitación peronista se limitaron a enviarlo a la impresora. Aprovecharon lo mencionado en el párrafo anterior para pasarle a Capitanich la factura de viejas promesas incumplidas y para retarlo a que aceptara una invitación del propio radicalismo. Algo que también permite sospechar que había en esa vereda más ganas de darle un guantazo en la cara al pretendido anfitrión que de hacer la vista gorda a sus desprolijidades y priorizar que lo importante prosperara.
Lo curioso –y lo desalentador- es que de alguna manera ambos quedaron conformes. Cada bando piensa que quien quedó mal parado ante la ciudadanía es el otro.
Sin pena ni gloria
Lo malo de esta historia es que, en verdad, la interrupción temprana, y sin pena ni gloria, de la gestación del acuerdo no solamente recibió la indiferencia automática de la dirigencia provincial –la de todos los órdenes-, sino también la de la gente común, la de los medios, la de los referentes religiosos y culturales. Probablemente porque nunca creímos seriamente que sería posible que semejante criatura naciera y se hiciese fuerte.
Al fin de cuentas, ¿por qué quienes expresan a las diferentes vertientes de opinión que conviven en la provincia deberían verse obligados a salirse del libreto fácil de la confrontación permanente, la chicana pseudoingeniosa de la guerra de gacetillas, el planteo maniqueísta de la realidad donde hay buenos infinitamente buenos y malos insalvablemente malos? ¿Qué motivos reales tienen para abandonar esas reglas tan sencillas y accesibles a cambio de tener que meterse en la ardua tarea de tomar todo el tiempo decisiones de fondo que requieren idoneidad, profundidad, visión estratégica, compromiso y grandeza? ¿Por qué buscar que los ciudadanos tengan trabajo digno y educación de excelencia si la necesidad y la ignorancia simplifican enormemente los desafíos de cada turno electoral?
"Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio", afirma la canción. Lo que viene sucediendo en nuestro país y lo que vivimos en las provincias del Norte ponen en duda la primera afirmación. La esperanza, esa compatriota tan maltratada como empecinada, sigue confiando en que tampoco sea cierta la segunda. Aunque, como todo en estas tierras, eso le cueste cada vez más.











