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Buscando a Canedo

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Llamé al El Vocero del Sur desde uno de los teléfonos de la terminal de micros. Pregunté por Donaldo Canedo, me atendió un hombre –de voz grave, anciana-, que dijo ser el secretario y que esperara. Regresó un segundo después y me dijo que Canedo ya se estaba yendo a una reunión y que me aguardaría en su departamento a las ocho, ocho y media.

Y colgué. Por obvias razones, no usé el celular.

La terminal, sucia y desangelada, me deprimió: es muy posible que me evocara el muelle de Barranqueras, cuando los barcos se hundían sin remedio. También era un día raro, había algo en el aire que desasosegaba y el trabajo pendiente con Canedo no dejaba de preocuparme; pero así estaban las cosas. Busqué un cigarrillo que tenía suelto en uno de los bolsillos, lo prendí y el humo me envolvió con mi mal aliento. Estaba en mangas de camisa, sudado, bordado por el viento de arena, sosteniendo mi maleta, cansado.

Hacía una semana que el médico que me había advertido que mis pulmones se veían un tanto afectados y que me convenía dejar el cigarrillo, pero –por el momento- estaba más dispuesto a perder una pierna que a abandonarlo.

-¿Puede visitarlo en su casa esta noche, a eso de las ocho?

Me dio el domicilio. No quedaba lejos del Hotel Prisma, donde yo había reservado una habitación. Llegué en taxi, ordené la ropa en el placard y me di una ducha. Desnudo, me estiré en la cama hasta acalambrarme una pierna. Cosas de viejo, pensé. Prendí un cigarrillo y me vestí. El otoño soplaba tibio arrastrando hojas crocantes de los plátanos que poblaban las calles. Caminé unas cuadras, mi maletín era algo pesado y al ver un café muy british me dije que un whisky me vendría de perillas.

Hojeé con desgano el diario del día, abrí el maletín y saqué mi cuaderno de apuntes. En la tapa, con letra de maestra normal, se leía Donaldo Canedo. Sonreí. Recordé a Elvira, su orden, su cariño por los mínimos detalles, el corazón dolido que me dejó, recordé su rencorosa memoria.

Tomé un sorbo de whisky. Eran las diez de la mañana, y el whisky arde en la garganta a las diez de la mañana. Abrí el cuaderno y hallé la hoja del listado. Lo releí, ya sin el sabor a mostaza que inunda la boca cuando descubrimos los nombres que nos odiaron.

Bajé con el dedo los renglones, revisitando rostros, voces, olores, perfumes berretas, el sabor segregado por las amígdalas. Lo cerré y me quedé mirando por la ventana. Terminé el whisky de un trago. Había refrescado afuera y el viento ahora zumbaba arrachado.

Los zapatos húmedos daban pasos y movían el agua estancada, podrida. Podía ver los tacos mordidos por el uso. Cerré los ojos. Un témpano de hielo cruzó mi estómago.

-¿Se encuentra bien, señor? – la voz del mozo.

-Sí –dije mientras me llevaba un cigarrillo a la boca- tráigame otro Blenders, por favor.

El golpecito del vaso sobre la mesa me sobresaltó. Dejé que mis ojos se distrajeran en el líquido amarillo. Saqué mi billetera, miré los dos tickets de la consumición y pagué con tres billetes de cien y me fui.

-Señor, el whisky…- dijo el mozo a mis espaldas. Yo seguí mi camino.

No almorcé. Me metí en la cama vestido, puse una radio cualquiera en mi celular, encendí otro cigarrillo y volví a hojear mi cuaderno de apuntes.

Me dormí. Menos mal que el cigarrillo se quemó íntegro en el cenicero de vidrio. Antes de cerrar los ojos, regresó el sueño en el que aparecía el hombrecito rengo, gordito y de boca húmeda. Los ojos pequeños, acuosos, casi no parpadeaban.

-Visítelo a Canedo.-dijo el hombrecito, en el sueño.

Eran las tres y cinco de la tarde. Sentía frío. Me desvestí y me arrebujé en las cobijas. Prendí la tele, un cascajo Sony, parpadeante. Dos tipos gritoneaban noticias, reían de sus chistes incomprensibles, miraban a cámara cómplices y seguían parloteando como si fueran los hijos de Woody Allen.

Apagué esa basura.  Decidí bajar al bar y tomarme otro whisky.

Fumé un cigarrillo tras otro y entre el fragor del humo fui recordando de a poco a aquel lejano Canedo, el joven de pelo renegrido colgando en la sien, la sonrisa canchera, tecleando su Olivetti en la redacción de La Jornada. Entonces era joven y se comía el mundo. Entró al diario tiempo después de que yo me casara con Elvira y me sintiera dichoso.

Nunca pudimos ser amigos. En realidad, jamás pudo ser amigo de alguien: su natural desdén lo alejaba o nos distanciaba. 

Nunca supe cuándo empezó todo con Elvira. Solo un día, él, atento como era, me invitó a tomar un café y me lo contó con la brutalidad de un disparo.

Se fueron del pueblo a los meses y yo quedé enredado en las zarzas ardientes del alcohol. Hasta que mis amigos me internaron.

Pasó mucho tiempo desde entonces. Ahora que lo encontré, Donaldo Canedo me esperaba en su casa.

¿Qué era lo que tanto buscaba? Hasta la venganza era un pedazo de charque viejo. Recordé, cuando ya sabía toda la historia de amor, que le dije esa frase que se me ocurrió, tan lastimosa:

A mí, los muertos se me mueren hasta en la morgue.

Las piernas me pesaban. El bar vacío olía a grasa frita del mediodía.

-¿Otro más, jefe? – la voz del barman.

Lo miré, ya sin ojos. Se parecía al hombrecito acuoso del sueño.

Giré en el taburete y enfilé al baño. Levanté la rejilla del piso y tiré el 38 al drenaje.  Miré la hora. Pagué en el bar, dejé mi ropa sin recoger de la pieza y caminé hasta la estación de micros.

En doce minutos salía uno. Compré un boleto y dejé que la mirada flotara por el andén ocupado por un matrimonio de viejos campesinos.

Prendí un cigarrillo. Podría decir que jamás encontré a Canedo. Matar no es para cualquiera.

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