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Ciudades más inclusivas

Ya nada será igual después de la pandemia. Es que, como ocurrió otras veces en la historia, las crisis globales generaron modificaciones en las formas de vida de las personas y transformaciones en el tejido social que marcaron un cambio de época. ¿Cambiarán también los actuales paradigmas de urbanización? No son pocos los expertos que sostienen que es necesario comenzar ya mismo a transformar las ciudades para que se conviertan en lugares más seguros, inclusivos y con más espacios verdes.

En la actualidad más de la mitad de la población mundial vive en ciudades de más de 300.000 habitantes y estimaciones realizadas por organismos internacionales calculaban, antes de la pandemia, que en 2050 el 70 por ciento de la población del planeta residirá en zonas urbanas.

En nuestro país el fenómeno de la concentración de población en grandes centros urbanos no obedece solamente al instinto gregario. El éxodo desde zonas menos pobladas hacia las principales ciudades es un proceso que lleva ya varios años y se explica por la falta de oportunidades de las zonas históricamente menos favorecidas con inversiones en infraestructura y servicios. Pero esa búsqueda de un mejor horizonte que cada año moviliza a miles de familias no siempre se traduce en mejores condiciones de vida. Así lo demuestra el crecimiento del número de asentamientos con familias de muy bajos recursos que no cuentan con un acceso regular a servicios de agua corriente o energía eléctrica.

Según la FAO, en las naciones de ingresos bajos los procesos de urbanización se explican en gran medida por factores sociales y económicos como los elevados niveles de pobreza, el desempleo y el grave problema de la inseguridad alimentaria. Para el organismo, estos grupos urbanos gastan la mayor parte de sus ingresos en alimentos, aunque eso no garantiza una adecuada nutrición para sus hijos.

La agencia de la ONU plantea la necesidad de proyectar nuevas ciudades con capacidad de recuperación, autosuficiencia y sostenibilidad social, económica y ambiental; aunque aclara que por lo general se asocia la planificación urbana en los países más desarrollados con la idea de una eco-arquitectura de alta tecnología, con rutas arboladas para las bicicletas e industrias que no producen desechos. Sin embargo, advierten, esto tiene una aplicación especial y dimensiones sociales y económicas muy diferentes en los países en desarrollo de bajos ingresos, donde los principios centrales de las llamadas ciudades más verdes pueden orientar un desarrollo urbano que, en primer lugar, garantice la seguridad alimentaria, un trabajo e ingresos dignos y una buena gestión de los gobiernos.

El Banco Mundial, por su parte, considera que se deben crear ciudades más inclusivas y procurar que las personas puedan aprovechar los beneficios de la urbanización. Para el organismo multinacional, el desafío pasa por poner fin a la pobreza extrema y lograr la prosperidad compartida entre todos los sectores de la sociedad. Además, remarca que generar empleos y brindar a las personas la oportunidad de disfrutar de los beneficios del crecimiento económico es un componente crucial de la inclusión urbana en general.

Aunque es difícil predecir con exactitud qué efectos dejará la pandemia en términos sociales, económicos y culturales, es probable que los cambios que ya se empiezan a observar en algunos sectores de la población, como la preferencia por lugares para vivir fuera de las grandes urbes, en áreas que ofrezcan un mayor contacto con la naturaleza pero que garanticen una buena conectividad y acceso a servicios básicos.

El año pasado, durante los meses con mayores restricciones por la emergencia sanitaria, la organización no gubernamental Es Vicis lanzó una propuesta para repoblar pueblos del interior del país, y ofreció ayuda a las familias interesadas en esa iniciativa que busca revertir el éxodo hacia las grandes ciudades. Solo en el primer mes de la convocatoria, la organización recibió más de 300 pedidos para vivir en espacios más verdes e inclusivos, con una arquitectura más amigable con el ambiente. Es de esperar que se impulsen más propuestas como éstas, que promuevan la solidaridad entre las familias y el respeto por la naturaleza. Espacios para concretar la idea no faltan en un país como la Argentina que tiene una extensión territorial de más de 2.780.000 kilómetros cuadrados.

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