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Tus días contados

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Desperté a un día aciago, pensó, saliendo del sueño y sin saber a qué venía esa frase desatinada. Se duchó, desayunó un café negro, una tostada y una pizca de mermelada. Se vistió repitiendo la frase con la que abrió los ojos y salió del departamento, desdibujado como un fantasma. El fragor del tráfico le devolvió la apostura del abogado feroz que era.

Lo encontró al pie de un pino mientras cruzaba el parque central. Era una suerte de cuaderno, la tapa de cuero verde se veía un tanto estropeada por la lluvia y la intemperie. Estaba nublado y la ciudad se veía extrañamente iluminada por un sol metálico.

Aquello no era un cuaderno, sino una agenda del año 2007 –atrasa catorce años, pensó–. La hojeó rápidamente. Estaba anotada a partir del mes de mayo; los meses anteriores estaban en blanco, aunque, cada tantas hojas, se veían garabatos trazados en birome, de esos que uno dibuja mientras habla por teléfono. 

Se sentó en un banco contiguo a los juegos infantiles. Sólo había dos niños jugando en el tobogán. Cuando tomó asiento, uno de ellos, un rubiecito de unos seis años, le clavó sus ojos azules durante casi medio minuto, una mirada maliciosa, como de vidrio molido. Luego regresó al tobogán junto a su amiguito. 

Volvió a la agenda. Al cabo de un rato, la cerró y la abrió varias veces. Las anotaciones eran extrañas. Todas habían sido escritas el 2 de mayo, todas enigmáticas. Le llamó la atención que ese día era dos de mayo, pero de 2021. "Tomará L.H. el tren y jamás bajará", "La luz se hará rayo para T.C.", "Por mirar atrás, a F.G. la nuca le dolerá", "Las escaleras son de cuidado, ¿entiendes P.W?". 

Miró el reloj. Ya estaba atrasado para llegar a tribunales. Puso la agenda en el bolsillo del abrigo y dejó el parque. Creyó sentir los ojos punzantes del niño a su espalda.

Cuando regresó de tribunales, a eso de la una de la tarde, su secretaria lo recibió con la noticia de que su cliente López Hernani había sido asesinado por un ladrón a bordo del tren interurbano. De la consternación pasó al pánico. Abrió lentamente la agenda hallada y leyó: "Tomará L.H. el tren y jamás bajará". ¡L.H. era López Hernani!, y lo mataron sobre el tren del cual jamás pudo bajar vivo. Se sintió aturdido, y cuando le dijo a su secretaria que nadie me moleste, notó su voz quebrada, débil. 

La agenda había profetizado la muerte de López Hernani, temblaba en silencio. Llamó por teléfono a Tarcisio Costa, su amigo de la infancia, y le pidió que se cuidara. Tarcisio se lo agradeció, no sin extrañeza. "T.C." eran las siglas de la segunda frase anotada en la agenda.

Una espesa lluvia bañaba la ciudad cuando salió a su almuerzo, llevando la agenda en un bolsillo del saco. Corrió hasta el bar de la esquina y, empapado, se sentó a la barra. Pidió un sándwich de pastrami y una Coca. Se puso a hojear un periódico que estaba allí abandonado. 

Fue entonces cuando sonó su celular y atendió. Una mujer lloraba al otro lado de la línea. Era Franca, la novia de Tarsicio Costa. "Salió a comer y en la esquina, un rayo lo fulminó, ¡maldita lluvia! ¡Está muerto!". No pudo probar bocado del sandwich. Manoteó la agenda y leyó: "La luz se hará rayo para T.C". Todo le daba vueltas: estaba muerto de terror y  zozobra. Eran profecías malditas las anotadas en la agenda.

Un llamado de su secretaria lo llevó a tribunales. El fiscal Garrido quería tener una charla con él. Llegó hecho sopa: la lluvia era casi una tempestad. El asistente de Garrido lo hizo esperar en la antesala del despacho. De pronto, se escucharon unas corridas en los pasillos de Tribunales y luego, varios disparos. 

Atribulado, salió al pasillo y vio que dos policías reducían a un individuo que vociferaba. Ya lo habían desarmado. Pero en el piso, el fiscal Garrido agonizaba con un tiro en la nuca. El asistente y una abogada estaban arrodillados junto al cuerpo inerme. Extrajo la libreta endemoniada del bolsillo, la abrió, y casi sofocado leyó: "Por mirar atrás, a F.G., la nuca le dolerá". ¡ Garrido se llamaba Fabio! ¡F.G.!

Corrió, llegó a la calle, tomó un taxi y empezó a regresar a su oficina. La última profecía señalaba: "Las escaleras son de cuidado, ¿entiendes P.W?". Y él se llamaba Pedro Wolf. Cerró la agenda, y casi gritando la arrojó a la calle. Subiría a su oficina en el ascensor aunque quedara en el primer piso.

En ese momento, el niño de ojos punzantes que jugaba en el parque recogió de la vereda la agenda de tapas verdes. La hojeó, sonrió, y dijo entre dientes: Siempre vuelve a mis manos.

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