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Participación ciudadana en procesos electorales

Desde sus orígenes, el concepto de democracia estuvo siempre vinculado a la participación ciudadana en los asuntos de interés público. La legitimidad de los gobiernos se apoya en esa base que, cuanto más amplia, ofrece una mayor solidez a las democracias representativas modernas. Sin embargo, en los últimos años en América Latina y otros países del mundo el creciente fenómeno del abstencionismo amenaza con debilitar el respaldo que deben tener quienes son elegidos para gobernar.

El caso de Chile es interesante para analizar. Presentado por algunas voces interesadas como un país con un modelo social, político y económico a imitar, los estallidos sociales que vivió la nación trasandina confirmó el viejo adagio popular que llama a desconfiar de las apariencias. En efecto, no todo lo que reluce es oro: en la región, Chile es el país en el que menos ciudadanos ejercen su derecho a votar. En las últimas elecciones, es decir en la primera vuelta de las presidenciales, la abstención llegó al 54 por ciento. Cabe aclarar que el ejercicio del derecho al voto no es obligatorio para los chilenos, es voluntario, y por eso en el Parlamento comenzó a circular la idea de cambiar esa característica y retomar la obligatoriedad de concurrir a las urnas.

Con matices, en otros países de la región el ausentismo en las urnas también es motivo de preocupación. En rigor, el entusiasmo de los ciudadanos hacia los procesos electorales tiene vaivenes en todas las democracias del mundo. Pero la preocupación aparece cuando se observa que el fenómeno del abstencionismo crece en algunos países, donde un bajo porcentaje del padrón es el que elige a quienes tomarán decisiones importantes en nombre del conjunto de la sociedad. No es lo que ocurrió, afortunadamente, en las últimas elecciones celebradas en nuestro país, cuando el 71 por ciento de los ciudadanos habilitados para votar concurrió a las urnas. Aunque hay que decir que en las últimas elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias la cantidad de votantes que cumplió con su deber cívico no superó el 66 por ciento del padrón.

El problema es que la apatía electoral deteriora el concepto mismo de democracia, entendida ésta como gobierno de mayorías. Es importante que se tome conciencia de lo fundamental que resulta la participación política de la ciudadanía para la salud de la democracia: sin esa participación se haría más difícil constituir gobiernos con la legitimidad necesaria para tomar decisiones de peso que afectan a toda la sociedad.

Cada vez que se registra un alto grado de abstencionismo en una elección democrática, lo que sucede después es que el candidato o la candidata que se impone en las urnas termina asumiendo un mandato que solo recibirá el apoyo de una minoría de electores. Si bien la participación electoral es fundamentalmente individual, en los sistemas democráticos esa individualidad solo tiene sentido cuando se ejerce el derecho a elegir. Sin esa adhesión a uno u otro candidato la democracia pierde vitalidad. Cuando la indiferencia se extiende como una mancha de aceite sobre el tejido social, perdemos todos. En cambio, el compromiso con los asuntos públicos, el debate y la activa participación de la ciudadanía en los procesos electorales permiten oxigenar la democracia. El elector tiene la libertad de premiar o castigar con el voto a quienes, a su entender, representan o no sus genuinos intereses. Pero cuando predominan la abstención y la indiferencia, lo que sucede es que se debilita la democracia representativa.

La política importa, porque afecta la vida de cada una de las personas que conforman una nación. Cuando un elector deposita su voto en la urna expresa su adhesión o rechazo a un proyecto político, económico y social. Claro que las elecciones libres y transparentes celebradas en forma periódica son una condición necesaria pero no suficiente para resolver graves problemas que enfrenta la Argentina como la pobreza, el desempleo o la inflación. Dentro de dos años, en 2023, nuestra sociedad celebrará 40 años de vida en democracia sin interrupciones. No es poca cosa. Por eso es necesario continuar trabajando para consolidar las bases del sistema democrático, alentando la participación ciudadana, renovando el compromiso de erradicar cualquier signo de violencia política y promoviendo una actitud de respeto a las opiniones de todos.