Para ver esta nota en internet ingrese a: https://www.diarionorte.com/a/211907
Sergio Schneider

Columnista

Esa problemática señora

La semana posterior a las elecciones generales abundó en expresiones sorprendentes. Capitanich reabrió la idea de una "regulación" de los medios. ¿Quién estaría autorizado a ejercer semejante labor? ¿Qué hay como telón de fondo de este debate?

"La realidad chaqueña dejó de ser tal. Ya no hay realidad. En verdad, lo que hay son juegos armados sobre la realidad, que incluso, cuando es necesario, pueden funcionar sin ella. (Y podemos jugar) a que la miseria es una maldición lanzada sobre esta tierra, que en nada empaña la gran verdad del juego: estamos muy bien, y de esto no nos debe distraer nada, ni siquiera el hecho de estar muy mal. El reciente informe del Indec, colocando al Chaco como la segunda provincia con mayor nivel de pobreza (54,2 por ciento, sólo superado por el 56,1 de Corrientes) es parte de ese hechizo".

Lo anterior es parte de un artículo que, con la misma firma de esta página de hoy, se publicó en NORTE el domingo 26 de marzo de 2006. Gobernaba la Alianza Frente de Todos (la coincidencia entre los nombres de aquella coalición que lideraba el radicalismo y la actual que conduce el PJ no es la única ni la más relevante), y -como era de prever- al día siguiente el rozismo soltó a todo su ejército de bestias pautívoras a desacreditar esa opinión, tachándola de "expresión de odio y resentimiento".

Eran todavía –o eso parecía- los años de oro de los radicales chaqueños, inaugurados por Angel Rozas con el sorprendente triunfo de 1995 que le permitió acceder a la gobernación. Más de una década después, la acumulación de tiempo en el poder había inundado de soberbia a los principales referentes de aquel oficialismo y a buena parte de sus militantes. Contradecirlos generaba inconvenientes, sin importar si se trataba de periodistas, magistrados, fiscales de organismos de contralor o legisladores de la oposición.

No tanta agua

Desde aquel artículo transcurrieron quince años. Uno se tienta con decir que desde entonces pasó mucha agua bajo el puente, pero la verdad es que al observar lo que sucede hoy con los nuevos habitantes del poder provincial no parece haber sido tanta. Como lo hemos dicho en otras ocasiones, no es algo que deba sorprender. El poder, indefectiblemente, aísla, resta capacidad de escucha y lima el sentido autocrítico. Las últimas elecciones permitieron confirmar la total vigencia de esa ley universal.

Siete días atrás, al remontar de manera asombrosa los resultados provinciales de septiembre, el Frente de Todos –el de hoy, el del peronismo- celebró eufórico la hazaña, sin reparar demasiado en las herramientas aplicadas para concretarla, que combinaron las buenas artes de la acción política con las peores. Imposible saber en qué proporción intervinieron las unas y las otras para permitir que una derrota por nueve puntos porcentuales en las PASO se transformara en una victoria agónica (un punto de diferencia en la categoría de diputaciones provinciales) pero victoria al fin.

El oficialismo podría haberse conformado con desplegar su alegría por haber salvado la ropa (una nueva derrota hubiese dejado perspectivas funestas rumbo a las elecciones decisivas de 2023), pero no pudo ni quiso evitar que la ocasión le pareciera propicia para prolongar la sobreactuación de la campaña e insistir en la descalificación contra una oposición a la que demoniza por empobrecer y endeudar, es decir por nada que no haya hecho el propio justicialismo en su extensa trayectoria como administrador del Estado (nótese el detalle del índice de pobreza de 2006: un 54,2%, muy cerca del 51,9 actual).

Ni hablar de las cosas vistas y escuchadas en el plano nacional. El presidente invitando a celebrar "esta victoria", en referencia a una derrota que a nivel país puso al FdT ocho puntos por debajo de Juntos por el Cambio. La candidata bonaerense Victoria Tolosa Paz buscando hacer magia con las palabras para sostener que el peronismo "ganó perdiendo" mientras que la oposición "perdió ganando". El exjuez Eugenio Zaffaroni afirmando que al recuperar algunos votos el gobierno, "se salvó a la democracia de una nueva versión de golpe de Estado". ¿La versión de golpe de Estado que figura en la Constitución, en la que la sociedad elije a sus representantes mediante voto directo? 

Los dichos de Capitanich

En esa oleada de expresiones sorprendentes, Jorge Capitanich salió a reflotar el desvelo kirchnerista por los medios de comunicación, hablando en una entrevista de lo que considera como una necesidad de regularlos "con mayor énfasis" porque "construyen marcos mentales" y "la gente empieza a pensar lo que los medios y los periodistas proponen".

Desde ya que como opinión, el gobernador tiene todo el derecho a expresar la suya. Pero el sentido de sus palabras se asemejó más a un déjà vu de pensamientos fuera de época que a la manifestación de una iniciativa que pudiese mejorar la calidad de la democracia argentina. 

No se equivoca Capitanich en que los medios son empresas y que como tales tienen intereses directos propios y otros derivados de sus vínculos con anunciantes y corporaciones de todo tipo, incluyendo la política. Pero no hay ningún país de esos a los que consideramos ejemplos de civilización democrática en los que a algún gobierno se le haya ocurrido regular las líneas editoriales de los medios de prensa o la manera de pensar –y de expresarse- de los periodistas. ¿Quién podría estar autorizado a conducir semejante labor? ¿Quién decidiría qué es verdad y qué no en un elenco gubernamental para el cual ni siquiera el dato objetivo de la cantidad de votos obtenido por cada fuerza política es suficiente prueba de su traspié en las urnas?

El mundo de buenas noticias que sueñan los gobiernos –éste, los anteriores, los que vendrán- nunca funcionó ni funcionará. Lo aprendió el mismísimo Perón, que en una de sus tantas citas de colección recordó que en 1946 ganó la presidencia con todos los medios en contra y que en 1955 tuvo que abandonar el país con todos a favor. Y no hace falta viajar tanto en la historia ni salirse de los límites de la provincia: Capitanich venció a Angel Rozas en 2007 aunque prácticamente toda la prensa local estaba al servicio del candidato radical y aunque de él se burlaban a través de sus micrófonos los mismos que hoy le dicen que es Gardel, Lepera, Homero Manzi y Pichuco Troilo cargados todos juntos en un mismo envase.

Por otro lado, los periodistas de verdad saben perfectamente cómo funciona el medidor de objetividades periodísticas de los funcionarios de turno. Las críticas son "operaciones de prensa", distorsiones malintencionadas de lo que verdaderamente sucede. Los elogios son "cantar la justa", entender por dónde pasa la historia. Por eso les molestan tanto los medios que no se ciñen a pie juntillas a la versión oficial del día a día, aunque sean los menos, y no les genera ningún ruido la obsecuencia ni la uniformidad absoluta de pensamiento en los medios estatales, que se llenan de voces militantes. La solución no es restringir, sino alentar la diversidad. Muchos medios que ofrezcan muchos enfoques distintos. Se podría comenzar por alentarlo en el Chaco.

Hay además un doble discurso evidente, que se manifiesta en diferentes circunstancias. Una de ellas tiene que ver con la alternancia en el poder. Las mismas figuras que siendo oposición instan a los periodistas a ser más incisivos con los gobernantes, cuando la sartén queda en sus manos consideran que perfiles semejantes  se corresponden con fines netamente conspirativos. Por eso hay periodistas que son los malos de la película en todos los gobiernos, y otros que nunca dejan de aplaudir y prosperar. Y algo más: ¿Cuándo es más libre un ciudadano? ¿Cuando elige qué medio lee, escucha o mira, lo cual no implica que les crea, o cuando acude a votar presionado por necesidades básicas que no debería padecer si los recursos de su nación hubiesen sido bien administrados? 

Y está, como otro telón de fondo de esta obra, la cojeante idea de que si una persona vota a favor del gobierno de turno lo hace por haber tenido la lucidez suficiente como para entender que es beneficiario de la mejor gestión pública posible, mientras que si lo hace por otra alternativa está manifestando de manera inequívoca el perverso efecto de mensajes comunicacionales que lo convirtieron en un autómata sin capacidad de análisis.

De todos modos, es evidente que el problema de las clases gobernantes, en lo profundo, no es con los diarios, las radios, los canales, los portales de internet. El problema es con la realidad. Esa señora inmanejable que va saltando de manera aleatoria por infinitas baldosas -las páginas de un diario, los posteos de una red social, una frase escrita con lápiz en una pared del colectivo, el video en el teléfono, la charla entre vecinos- sin depender de nadie, sin reconocer jefatura alguna. La historia ya enseñó suficientes veces que un día se le juntan todas las caras y que al instante se tienta con la travesura de ir hacia la burbuja del poder con un alfiler en la mano.