Mirian

Jamás me había enamorado. Había cumplido trece años y mi viejo había fallecido dos meses antes de que la descubriera vestida con una solera color espliego, en el fondo del jardín. La recuerdo de pie, tiesa, mirando la calle, bajo las ramas de una morera espesa.
La luz de la tarde ya se había desteñido y se hacía difícil distinguirle los rasgos, sin embargo era posible saber que era muy rubia y de tumultuosos bucles flojos. Eran nuevos vecinos, su padre se ocupaba de remates de hacienda y había comprado la casa, de piedra parda y ventanales antiguos, que en el pueblo llamaban la Casa Vieja. Se habían mudado no hacía mucho y, según los rumores que corrían, el hombre había llegado solo con su hija porque su esposa se hallaba internada en un manicomio, aunque también se comentaba que la mujer había fallecido.
Desde que la vi, no dejé de pasar frente al ligustro del largo jardín cuando regresaba de la escuela. Era como un vicio. Lo curioso era que siempre jugaba sola o miraba hacia la calle desde el fondo, casi contra el muro medianero, entre la morera y dos aromos muy viejos. Yo creo que esa lejanía terminó por aumentar mi interés. Empecé a sentir una rara emoción cada vez que la veía, y esa turbación, al cabo de un tiempo, se acrecentó hasta casi dolerme. Me había enamorado.
Los domingos solía llegar a la iglesia de la mano de su padre, siempre en los horarios en los que no se oficiaban misas. Se hincaban en los reclinatorios, se tomaban la cabeza entre las manos y rezaban bajo la luz solitaria de la nave, en el más completo silencio. Minutos después se retiraban en un Kaiser Carabela negro y brillante. El misterio fue más grande cuando pude averiguar que no concurría a escuela alguna, que jamás salía sin su padre, que no tenía amigas y que la habían visto llorar sentada en un banquito en el fondo del jardín.
Empecé a hacer planes para conocerla de cerca y también, bajo los efectos de una fiebre heroica, me imaginé salvándola de la desdichada vida que llevaba. Debía rescatarla de las garras posesivas del padre.
La amaba, ella era lo único que me interesaba del universo.
Por un estanciero amigo de mi abuelo, me enteré que el padre se llamaba Hermes Cepeda, y Mirian, la hija. De modo que desde ese momento, todo, absolutamente todo, comenzó a aludir a ella. Ella era mi sol y yo un planeta que, lejano, vivía de su luz. Decidí entonces poner en marcha mi plan de aproximación.
Creí conveniente que el primer paso fuera romántico y cautivador. Le escribí un breve poema que me costó tanto como si hubiera escrito el Quijote. Pasé por su casa y aprovechando que no se la veía en el jardín, arrojé el papel con el poema atado a un pedazo de ladrillo para que el viento no se lo llevara. Escapé con el corazón latiéndome en los oídos y regresé a casa. Tal mi alboroto, que me fue imposible terminar de estudiar para la prueba de matemáticas. Casi no dormí. Me desperté muy temprano, me vestí para ir al colegio, y salí.
Pasé frente a su casa, anhelante, y ella estaba cortando con una enorme tijera un rosal. Me detuve y ella me miró. La saludé con la mano. Mirian arrojó la tijera y corrió hasta mí. Verla tan cerca me cegó y apenas pude estirar una mano para tomar una hoja de cuaderno que me alcanzaba. Tras lo cual, giró sobre sus talones y se alejó con pasos lentos, dándome la espalda. Desapareció en la casa.
Leí: "Dios no existe, pero lo que existe es el diablo". Eso era todo. Un escalofrío me sacudió la columna vertebral. ¿Qué quiso decirme? La cabeza se me vació de pensamientos y traté de recordar los fugaces ojos de Mirian o algo de su cara. No puedo hablar demasiado de su mirada pero lo que se me grabó fue el ardor punzante que me dejó en mis ojos.
Esa noche tuve pesadillas. Soñé con una señora muy gorda, muerta, tirada en una cama, amamantando a un bebé inmenso, arrugado y grisáceo como la cría de un elefante. Sólo sus ojos parecían vivir, se movían enloquecidos mientras lloraban sangre. Me desperté cubierto de sudor, aterrado. No quería conciliar el sueño de nuevo, no quería volver a esa pesadilla inmunda.
Durante dos días evité pasar por el caserón de Mirian. Tenía miedo y se me hacía casi insoportable la ansiedad por visitarla y verla más allá de los ligustros, en la oscuridad del fondo del jardín. Estaba trastornado, me sentía enfermo. Me di cuenta, no sin asombro, que nada parecía existir para mí excepto Mirian, su casa y el jardín. Me armé de valor y salí rumbo a su casa decidido a hablar con ella, para decirle que la amaba y que, de paso, me explicara esa frase que aludía al diablo.
Al llegar a la esquina empecé a escuchar los gritos de un hombre desesperado. Venían de mitad de la cuadra, a la altura de la casa de Mirian. Corrí, corrí enloquecido, espantado, temblando, hasta que divisé al padre de Mirian, en camiseta y calzoncillos, saliendo de su casa, moviendo como aspas sus brazos, en tanto chillaba:
-¡Se ahorcó! ¡Se colgó! Mató a su madre, es la asesina de su madre y se colgó..!
Frené y giré mi cabeza buscando el fondo del jardín. Y la vi.
Colgando de una rama de uno de los árboles, ya inmóvil, Mirian parecía un enorme y raro fruto muerto.










