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NOVELA HISTÓRICA SOBRE ARTURO ILLIA

Salteadores Nocturnos

Autor: Agustín Barletti
Editorial: De los Cuatro Vientos
Bs As, Agosto 2021

El perfil del ex presidente argentino Arturo Umberto Illia sigue envuelto en un nebuloso desconocimiento. Pocos saben que este político, quien se destacó por su honestidad vivió en Europa entre 1933 y 1934 y presenció el naciente fascismo al asistir a los actos públicos de Hitler y Mussolini. Casi nadie conoce que unos años más tarde fue enviado al norte argentino a negociar la compra de armas de rezago de la guerra chaco-paraguaya para defender al gobernador cordobés Amadeo Sabatini.

Se lo conoce como médico rural cuando en realidad fue un investigador de primer orden que junto a Salvador Mazza cambió la teoría vigente hasta los años 30 respecto de la lucha contra el mal de Chagas. Gran jugador de póker, amante del yoga, del budismo, y del pacifismo ghandiano, Illia también era un ávido lector, con sólidos conocimientos en filosofía, artes, historia universal y cultura general.

Dos años y ocho meses duró la gestión de quien alguna vez recibió el mote de tortuga.

A pesar del corto período, los resultados de su gobierno fueron sorprendentes, con positivos guarismos, muchos de los cuales jamás se volvieron a repetir.

Escrita por el periodista y escritor Agustín Barletti, y editada por ‘De Los Cuatro Vientos’ la novela Salteadores Nocturnos es de lectura imprescindible para todos aquellos que quieran recorrer la vida de Don Arturo Umberto Illia desde una doble óptica: la del protagonista a través de sus recuerdos y confesiones más íntimas, y la de un conscripto que debió participar en el escuadrón de lanza gases que lo desalojó de la Casa Rosada la madrugada del 28 de junio de 1966.

Salteadores Nocturnos ya está en venta en las cadenas de librerías Cúspide y Yenny/ El Ateneo de todo el país. También se encuentra disponible en formato ebook en Amazon.

Agustín Barletti nació en Bs As en 1961. Es abogado (UBA) y Doctor en derecho constitucional graduado en la Sorbona (París). Desde 1998 es editor del Suplemento Transport&Cargo del Diario El Cronista. En 1997 escribió la primera versión de la novela histórica ‘Salteadores Nocturnos’ sobre la vida de Arturo Illia. También publicó los libros ‘Hazaña en Gibraltar’ (2012), ‘Malvinas, entre brazadas y memorias’ (2019) y ‘Periodismo especializado’ (2019).

Prólogo a la segunda edición

Escribir un libro es una de las aventuras más maravillosas que alguien pueda emprender. Se alcanza un estado emocional único e irrepetible sobre todo en los tramos finales cuando se llega a la conclusión de que no vale la pena ni dormir, ni comer. Recién se encuentra la paz frente a ese texto a punto de ser parido. Recuerdo que cuando escribí esta novela histórica vivía con un papel y un lápiz cual apéndice de mi cuerpo. Jamás me desprendía de ellos y muchas veces solía, por ejemplo, salir en mitad de una ducha todo empapado a anotar una metáfora que se me ocurría para tal o cual párrafo.

Esta obra, publicada en 1998, fue la primera que apareció sobre la vida de Arturo Illia, y su tirada partió de las librerías en muy poco tiempo. Ni a mí me había quedado un ejemplar, al punto tal que hace unos años, en ocasión de realizar un trámite ante el Consulado de los Estados Unidos en la Argentina, debí acercarme a la biblioteca del Congreso de la Nación para fotocopiar su tapa y así presentarlo como comprobante de mi autoría.

Dicen que la historia es un juez incorruptible que a la larga dicta sus fallos para unos y para otros. En estas más de dos décadas que nos separan de aquella primera edición, la figura de Arturo Illia creció hasta alcanzar dimensiones épicas. La estadística también dio su veredicto: Illia quedó primero en el listado de las personas más honestas confeccionado en 2015 por Giacobbe & Asociados para la Revista Noticias en base a la opinión de dos mil encuestados. Le siguieron René Favaloro, Manuel Belgrano, el Papa Francisco y la Madre Teresa de Calcuta. En 2016, la Encuesta del Bicentenario llevada a cabo por el diario El Cronista con cuatro mil participantes, colocó nuevamente a Illia como el gobernante más honesto con el 70%, seguido por Raúl Alfonsín (13%) y Arturo Frondizi (5%).

Con satisfacción y emoción comprobé que Illia ya no era patrimonio exclusivo de los radicales, y que, cabalgando sobre sus virtudes, había traspuesto esa frontera para ganarse el corazón de todo el pueblo argentino. Esta revalorización del estadista me impulsó a publicar la segunda edición de esta novela histórica, corregida y aumentada.

Corregida, porque el tiempo transcurrido sirvió para que este escritor que está cerca de cumplir seis décadas de vida, regañara y enmendara varias sentencias de aquel soberbio autor de treinta y seis años que llegó a sentirse dueño de la verdad. Debo reconocer que suavicé algunos textos que, al releerlos, me hicieron sonrojar y a la vez preguntar cómo pude ser capaz de tamañas impertinencias. Noté, confieso, que la experiencia ganada en estos años me dio más rigor científico, pero también endureció mi pluma. Por más que lo intenté, fue imposible encontrar el estilo fresco y desprejuiciado de aquellos tiempos, cuando las metáforas y los giros idiomáticos surgían de manera espontánea. Seguramente la profesión de periodista anquilosó mi escritura a partir de frases cortas con pocas vueltas. Busqué, sin éxito, reencontrar ese modo de escribir hasta que caí en la cuenta de que el mismo formaba parte de una etapa de mi vida que ya no volverá.

Decía también que esta segunda edición está aumentada por la inclusión de contenidos en la mayoría de sus capítulos. Esto se debe a documentación que, por el tiempo transcurrido, ya está desclasificada. También a la aparición de nuevos archivos de texto, audio y sonido del propio Illia, y de quienes lo acompañaron, y la publicación de otros libros que echaron luz sobre su vida. La digitalización y la informática, con poco desarrollo en tiempos de la primera edición, hicieron su aporte.

Por ejemplo, pude acceder a las partidas de nacimiento, casamiento y defunción de los padres, abuelos y bisabuelos de Illia para transmitir mayor precisión sobre sus antecedentes familiares. Asimismo, fue posible consultar la serie de cables remitidos a Washington desde la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires entre 1963 y 1966.

Cuando envié a las editoriales el manuscrito de la primera edición, recibí una devolución de alguien cuyo nombre lamentablemente no recuerdo. En una nota, me decía que esta novela se enfocaba demasiado en el personaje y que, a su juicio, requería incorporar ciertos eventos que sucedían en la Argentina y el mundo en paralelo a la historia. Con la ceguera propia de mi auto suficiencia, desprecié esa opinión y no la tuve en cuenta. Esta segunda edición sí contiene esos datos.

Aprovecho, veintitrés años después, para agradecer y valorar ese sabio consejo.

Más equilibrada, pero sin perder la esencia de sus conceptos, vuelve esta obra a los anaqueles de las librerías, con la esperanza de que el ejemplo de Arturo Umberto Illia llegue a las nuevas generaciones, e ilumine a quienes nos gobiernan.
Miami, abril de 2021

Génesis (Extracto del libro)

Una mañana del mes de enero de 1967, de vacaciones en familia por Mar del Plata, mi padre propuso cambiar la playa por el campo. Unos amigos nos habían invitado a su estancia cercana en la localidad de Vivoratá. El viaje, de una media hora, me pareció de un día, no sé si por las ansias de llegar o por el fastidio que siempre le tuve al automóvil. Una vez allí, mi vista se posó extasiada en un mangrullo que no tendría más de quince metros de alto, pero que a mí se me asemejaba a uno de los filosos rascacielos de Manhattan que había visto en las películas.

No pude resistir la tentación; lo miré a mi padre como esperando su aprobación y me largué decidido a su conquista. Los primeros escalones me resultaron sencillos y los devoré con el propio envión de la corrida. A medida que iba logrando altura, comencé a sentir un revoloteo de murciélagos en mi estómago. Por un instante dudé, pero ya a los seis años tenía el orgullo insobornable y decidí seguir caiga quien cayere, aunque yo sabía muy bien quién podría caer en esa quijotada.

Logré la cima sin siquiera saber cómo y me encontré con lo inesperado, el piso de la torre estaba formado por un cuero de vaca estirado, que lo tornaba gelatinoso, y con una inestabilidad de pánico. Traté de aferrarme a un madero, pero mi cuerpo se mecía como una chalupa en medio del océano y fue así como, sin más trámite, inicié los primeros rezos tal cual me había enseñado el Padre Agustín, un fraile dominico a quien debo mi nombre de pila.

El dilema que se presentaba tenía perfiles patéticos. O bien pedía socorro a costa de mancillar mi gloria de alpinista, o me libraba a un descenso a todas luces peligroso para la integridad de mi cuerpecito. En eso estaba, cuando vi asomarse una nívea cabellera. Era una persona de mirada fogosa, pero fundamentalmente con rostro de paz, que extendía hacia mí su mano pecosa.

–Venga m’hijo que yo lo ayudo a bajar.

Me envolvió en la suavidad de sus modos, me contuvo en su seguridad de patriarca y me acompañó en cada uno de los peldaños hasta devolverme a tierra firme.
Después supe que mi salvador se llamaba Arturo Umberto Illia y que habíamos llegado hasta esa estancia invitados por su hermano menor, Ricardo, quien fuera un entrañable amigo de mi padre. Durante esos años, seguí viendo al Presidente Illia –como le decíamos en casa– pero siempre como una suerte de tío abuelo al cual recurríamos en busca de una caricia o de un cuento.

–Un día vamos a construir una balsa y nos iremos juntos a navegar hasta Rosario –me prometía Illia, al tiempo que desplegaba un mapa para mostrarme el serpenteante recorrido del río Paraná.

–¿Va a durar mucho el viaje? ¿Qué vamos a comer?

–Usted quédese tranquilo porque tenemos buenos amigos en todos los pueblos que están al costado del río. Seguro nos invitan –confiaba, mientras iba señalando todas las localidades a la vera del curso fluvial, con precisión y lujo de detalles.
Por las noches, conciliaba el sueño a bordo de esa balsa. La pensé tantas veces que llegué a imaginarla hasta en sus más mínimos detalles. Con sólidos troncos de base, dos velas cuadras, timón de rueda, y una cabina de madera con techo de paja. A Illia lo veía con jeans, camisa a cuadros azul y negra, y un sombrero blanco como el que usaba el Capitán Piluso, aquel personaje que por entonces encarnaba Alberto Olmedo.