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Ayúdame a mirar

"Diego no conocía la mar. El padre lo llevó a descubrirla. Viajaron al Sur. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre: -Ayúdame a mirar". Eduardo Galeano, en el "Libro de los Abrazos".

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Nada como ver el mar por primera vez. Y nada igual o parecido al sentimiento de madre. Su tercera vida parida desde su entraña, fruto del amor con su esposo, fue niña. Y pese a las sugerencias y recomendaciones médicas, sobre ciertos riesgos de su decisión, ella, la madre, siguió adelante. El nacimiento se produjo, no sin los inconvenientes advertidos. Las semanas posteriores de la criatura recién venida al mundo fueron difíciles. Al igual que los meses subsiguientes, sus primeros años. Sin embargo, con esfuerzo, sacrificio y la tenacidad materna, el último fruto de su vientre se hizo vida plena, creció junto al cuidado de ella, de su familia, como un tesoro, su bien más preciado. Ver con sus ojos crecer a la niña, transformarse en un ser activo, sus primeros pasos en el jardín de infantes, la escuela primaria. La niña heredó de su madre la misma tenacidad que la trajo al mundo, y fue construyendo su propio destino.

Así, de pronto, madre e hija compartieron innumerables vacaciones en distintos sitios y destinos que, como cualquier familia de clase media argentina, gozaban durante el verano. Y, de pronto, conocieron juntas el mar Atlántico argentino. De pequeña, jugando en la playa, la niña que se empecinó junto al amor de madre por ser vida, ante la mirada atenta de su creadora, jugaba con las olas temibles que se apaciguaban en la orilla, junto a la arena. Luego vinieron otros veranos, otros viajes, otros destinos. Su madre, que de mirar sabía, y mucho, por su oficio de bibliotecaria (eso de enseñar a leer la vida), tuvo la oportunidad de conocer y ser recibida por el mismísimo Jorge Luis Borges como director de la Biblioteca Nacional, antes de padecer la ceguera que oscureció su mirada, pero no su vida, mucho menos su obra. Borges fue ciego desde los 55 años de edad. Su ceguera fue progresiva y hereditaria: su padre padeció la misma pérdida de la visión,  sabía que llegaría el momento en que quedaría ciego, sin temor alguno. 

Mientras tanto, la niña que nació de su vientre materno, María, crecía como mandan las leyes naturales de la vida. Fue eligiendo, se fue equivocando, acertando; terminando y comenzando de nuevo, una y otra vez. A la hora de decidir, eligió un duro y difícil camino de transitar: el estudio del ser humano, su composición, su salud, bienestar, males, afecciones y formas de otorgarle bienestar. La manera de mitigar el dolor. Años de estudio le llevó a la joven María alcanzar su objetivo: ser médica, doctora. Casi como una forma de torcer el destino, justo ella, que nació en medio de tantos contratiempos de su salud, coronó sus noches y madrugadas de largos estudios, libros enormes, clases interminables, de prácticas en hospitales con seres dolientes. El orgullo de su familia, su padre, hermanos mayores que la acompañaron, para quienes siempre -aún hoy- fue y será la pequeña Maru, Marita, la niña de la casa. Ni qué hablar de su madre, Martha, tan orgullosa y feliz viendo que su insistencia y existencia no había sido en vano. 

Pero la joven fue por más. Más libros, más estudios, traslados a la Gran Ciudad, para especializarse en la Ciudad de los Buenos Aires, siempre acompañada de su madre, con su mirada noble y sonrisa eterna, una compañera más en sus nuevos desafíos. Dejar la comodidad del hogar familiar, en lejana y calurosa provincia del norte para afincarse en la urbe más poblada, pero también la Capital de las Personas Solas. Así y todo, logró dar un nuevo paso, otro objetivo. Siguiendo, sin saberlo, un mandato de amor materno, enseñado por la mujer que apenas nacida esperaba ver abrir sus ojitos, cual flor que espera la primavera para mostrarse en todo su esplendor. María hizo, fue y es. Curadora de ojos, compositora de miradas, creadora de luz en las retinas. Oftalmóloga, reza su diploma. Recibir, investigar, sanar, aminorar daños para quienes lo necesitan, con sus conocimientos humanos y sus cualidades de ser humano, mujer. Ya con los años, por un incidente poco feliz, tuvo como paciente a su propio padre, nada menos. El desafío de impedir que una ceguera prematura parcial pudiera detener la fuerza del hombre que también forjó su existencia. Y así fue, con sufrimiento, con dolor, con empeño. Logró detener la oscuridad en la mirada paterna. Los años pasaron, y también su madre recibió su amor de hija mezclado con ya un amplio conocimiento, en padecimientos y dolores; por esas cosas de la vida, estuvo junto a ella hasta "su desnacimiento", al decir del poetamigo Bosquín Ortega, su partida del terrenal mundo, a fines del 2020, en plena pandemia y entre una íntima Navidad y un sentido Año Nuevo. Enorme dolor para la familia, para ella, su fruto y obra final como madre, orgullosa y plena de la familia que supo formar con su esposo y sus tres hijos. 

La vida transcurre, el sol sigue saliendo. También la luna y las estrellas por la noche, cómplice. Hoy, como antes, pero con una luz brillante que la guía en cada decisión, a la hora de atender las dolencias de sus padecientes, de permitirles seguir observando la maravilla de la Creación, en momentos en que parece imposible solucionar un mal, evitar la oscuridad en las retinas de un joven niño, bajo las pestañas de un adulto mayor, busca respuestas, de esas que no se encuentran en los libros. Entonces recuerda a su mamá. Y desde algún rincón del Universo, escucha a solas, casi como un secreto al oído, cómplice, aquella frase que oyó desde niña, alguna vez frente a la inmensidad del mar, de boca de su madre, Martha. "No te desanimes. Haz el intento. Tan sólo ayúdales a mirar". Y a seguir adelante, buscando siempre mantener encendida la luz de los ojos de quienes la necesitan.

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