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El problema de la desigualdad

El Consorcio Europeo de Investigaciones Sociológicas premió como mejor tesis del año al trabajo del joven sociólogo español, Carlos Gil Hernández, que pone la lupa sobre los mecanismos invisibles que facilitan o dificultan la movilidad social ascendente en el mundo actual. La relación entre el esfuerzo, las habilidades personales, el entorno donde se nace, el sistema educativo, la capacidad de cada familia para ayudar a los hijos a subir la escalera social y el controvertido concepto de meritocracia, son algunos de los temas que aborda el investigador.

La tesis de Gil Hernández lleva por título “Rompiendo la meritocracia desde la puerta de salida: Desigualdad social en la formación de habilidades y la elección de escuela”. Según explica el propio autor, su investigación demuestra que los hijos de familias con menos recursos, aunque se esfuercen y tengan la habilidad necesaria, no consiguen ascender en la escalera social por el sistema educativo. Por el contrario, observa el sociólogo, los entornos familiares mejor posicionados tienen mayores posibilidades de asegurar a sus descendientes el acceso (y la permanencia) en escuelas, colegios y universidades y, por eso mismo, suman posibilidades para lograr una mejor inserción en el mercado laboral. Esto, en sí mismo, no está mal por supuesto. Al fin y al cabo todas las familias quieren lo que consideran y entienden que es lo mejor para sus hijos. El problema es que en la actualidad casi la mitad de la población mundial sobrevive con 5,5 dólares al día o menos, según revela un informe presentado en enero pasado por la organización no gubernamental Oxfam, que trabaja para combatir la pobreza y la desigualdad con tareas humanitarias que lleva a cabo en 90 países. Ese escenario es el que explica, al menos en parte, los movimientos migratorios desde países periféricos hacia las naciones centrales.

El genial humorista gráfico, Roberto Fontanarrosa, supo describir muy bien el asunto apelando a la ironía, cuando a través de uno de los personajes de sus historietas, el gaucho Inodoro Pereyra, dijo: “El problema no es el injusto reparto de la riqueza... Es el generoso reparto de la pobreza”.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) también se animó a abordar la cuestión y hace unos años encargó un estudio sobre la movilidad social en distintos países. El capítulo de esa investigación que analizó la situación en Argentina concluyó que un niño que nace en un hogar vulnerable en nuestro país necesitará al menos seis generaciones para salir de la pobreza.

Salvando las distancias y particularidades de cada caso, la desigualdad también se ha vuelto un problema en otros países. Según los datos que aporta la OCDE, en Estados Unidos se necesitan cinco generaciones para salir de la pobreza; en Colombia se necesitan 11; en Brasil nueve y en Chile seis. En las naciones nórdicas donde la desigualdad no es un problema grave, los tiempos de la movilidad social se reducen: en Finlandia se necesitan tres generaciones para salir de la pobreza y en Dinamarca dos.

El informe de la OCDE, que lleva por título “¿Un ascensor social descompuesto? Cómo promover la movilidad social”, publicado por el Foro Económico Mundial, analizó distintas variables relacionadas con los ingresos para garantizar cierto grado de movilidad social ascendente. El análisis, que se llevó a cabo en 36 países, entre ellos la Argentina, llegó a la conclusión que en la mayoría de las naciones observadas la movilidad social entre generaciones prácticamente no existe desde la década del 90.

Por su parte, la semana pasada el relator de la ONU sobre la extrema pobreza, Oliver De Schutter, hizo público un informe en el que advierte que la movilidad social en el mundo es ahora menor que en 1940. Según ese trabajo, la idea que sostiene que la escuela ayuda a equilibrar la balanza está muy lejos de la realidad. El sistema educativo, observa De Schutter, es un lugar “donde las jerarquías se reproducen o, en el peor de los casos, se magnifican”.

En estos tiempos en los que se tiende a sobrevalorar el mérito personal -que es importante, claro- no está de más recordar que no todas las personas parten desde el mismo lugar en la carrera vital y que las desventajas sociales, culturales y económicas también aportan lo suyo en detrimento de los que quedan rezagados. Por eso es necesario buscar las maneras de construir sociedades más justas, solidarias y con menos desigualdad.