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Ricardo “Cigarro” Coria

Recordando al gran capitán charatense

El defensor de Juventud Unida fue un extraordinario jugador que, a pesar de su 1,65 m (muy bajo para el puesto)  tenía control absoluto del área. Lidiaba contra delanteros que lo superaban en altura, pero los igualaba con su extraordinario salto.

Foto 1: Juventud 1980. Parados: Luis Quiña, Daniel Coria, Roberto Milla, Héctor Erazú, “Cigarro” Coria. Abajo: Daniel Castillo, Octavio Schoning, Luis Milla, Hugo Coria, Ricardo Palavecino, Hildo Coria Gutiérrez.

Tiempista nato, manejaba ambos perfiles y agigantaba su figura cuando vestido  de rojo salía a jugar fútbol. El humilde Juventud Unida, el club de los del “otro lado de la vía”, tiene una historia llena de grandes jugadores a los que en la semana del centenario vale recordar.

Coria arrancó en primera cuando no había cumplido los 15 años, eran los tiempos del amateurismo total de los ´70 y ´80, cuando la única retribución era ser reconocido entre los amigos de la populosa barriada. De entrega absoluta y ordenado, tanto dentro como fuera de la cancha, cuando cumplió  los 17 se tatuó  la cinta de capitán de la gloriosa Juve. “Para mí, Juventud Unida fue todo. Si el domingo ganábamos, a la semana siguiente era todo alegría, pero si perdíamos tenía vergüenza hasta de salir a la calle. Siempre lo sentí así, era más fuerte que yo”.

“Cigarro” era el amigo que despertaba admiración entre los changos de la barriada.  Recuerdo que una vez “Fanfa” Vázquez, cuando alguien hacía alusión a la valía de determinado delantero, contestó con esta frase: “Un jugador, para decir que es bueno, primero tiene que pasarlo (superarlo mano a mano) a Cigarro, cosa que en la zona  todavía no vi a nadie”. 

Cigarro, hoy, donde el defensor vivió sus emociones más fuertes. 

-Este 29 de octubre Juventud Unida cumplirá 100 años. Será el momento de la nostalgia, más de parte de los Coria, que arrancaron casi con la misma cancha... 

-Éramos diez hermanos, cinco varones y cinco mujeres. Mi viejo, con su zorra tirada por una mula, fue quien acarreó los ladrillos para construir el muro que rodea la cancha. Vos sabés de lo humilde que fue siempre nuestro barrio, acá muchas veces esperábamos el domingo para alegrarnos un poco. Vivíamos pendientes del resultado del bichito colorado, de la Juve, como lo conocemos al club. Yo comencé a jugar alentado por Pocho Lencinas, que era el arquero titular. Cuando se enteró mi hermano mayor se opuso a mi debut, decía que era demasiado chico para competir con semejantes grandotes. Desde ahí siempre fui titular y en el mismo puesto (6), hasta que a loa 32 años colgué los botines, ya que prioricé otras cosas.

-Entre tantos grandes jugadores que pasaron por el club, ¿en cuál te veías reflejado durante tu niñez? 

-En mi hermano mayor, que se llamaba Alfonso y lo apodaban “Lagaña”; falleció muy joven, a los 36 años. Hoy tendría 80, y era mi espejo. Jugaba como defensor y yo soñaba con jugar a su lado, pero se retiró dos fechas antes a mi debut. A “Lagaña” lo llevaron junto a un amigo para probarse en San Lorenzo de Almagro. Superó la prueba, pero como el amigo que había ido con él había sido rechazado, entonces decidió pegar la vuelta, no quiso jugar. Volvió a Charata, donde jugó hasta los 36 años. También jugaron conmigo mis hermanos Rubén y Daniel, luego jugó mi hijo Marcelo, quien hoy sigue ligado como colaborador del club. Por mi club pasaron ”Tero” Schoning y su hermano “Chita” Segovia, el Petiso Méndez, el “abuelo” Ruiz, Felipe Coronel, Montenegro, todos grandes jugadores.

-Aquel fútbol de los ´70 y ´80 en la Liga del Noroeste, sobre todo en Charata, fue de notables delanteros, a los que no te resultaba muy fácil marcarlos… 

-“Shela Acosta (Atlético Charata), Héctor Piba (Ferro de Pinedo), Carlos Ruiz (Corzuela), Alfredo Ibáñez (Cooperativista), o los Suárez de Cooperativa Las Breñas fueron muy buenos cabeceadores, con los que me gustaba enfrentarme. Eran fuertes y de gran calidad, todos. Aunque había un delantero que marcarlo me quitaba el sueño y era Eduardo Pacheco, de Libertad, que jugaba de 9 pero además era de los que pisaba la pelota, demasiado hábil para la posición que ocupaba. Jugar contra Pacheco era también admirarlo, un jugador completo que junto a “Peti” Marín alguna vez reforzaron a Juventud. En el ´79 jugué para Atlético Charata y en un partido contra Sarmiento (Resistencia) lo marqué al Japonés Robledo, creo que al único que no pude ganarle en el salto. Esa vez les ganamos 4 a 3, con tres goles de Luis Schoning.  

-Y aquellos entrenamientos poco tenían que ver con los actuales. 

-Entrenaba por lo que escuchaba por radio o contaban las revistas. Todo muy precario, aunque lo hacía con muchas ganas de mejorar siempre. Me cuidaba mucho, tan es así que durante los campeonatos largos jamás iba a ninguna canchita a jugar con los muchachos del barrio. Solo lo hacía cuando no era temporada de la Liga. Juventud era mi vida y aún hoy no lo cambio por nada. Jamás se me cruzó por la cabeza firmar para otro equipo, solo lo hice como refuerzo.

-Integraste el Seleccionado de la Liga en aquella Copa Béccar Varela. ¿cómo les fue esa vez? 

-Con el Seleccionado de la Liga del Noroeste (79) salimos campeones de Chaco  ganando la final a la Liga de Plaza, que había dejado atrás a la Liga Chaqueña. Luego eliminamos a Corrientes y Misiones, para  después quedar afuera cuando nos ganó Formosa. 

Íconos del glorioso Juventud: Ricardo Coria, Luis Schoning, H. Coria Gutiérrez.

Hinchas pintorescos

El loco Pepe, allá por los ´60 y ´70, era habitué de los partidos locales. El problema surgía cuando tenían que salir a jugar a otros pueblos. No querían llevarlo, ya que su esquizofrenia acentuada lo impulsaba a tirarle ladrillos a los rivales. La anécdota es que el único que conocía la fórmula para hacer que Pepe cesara en el intento de acompañarlos era Pocholo Vázquez, quien con un pequeño cachetazo sobre uno de los perfiles de la cara lo desvanecía el tiempo suficiente para que el camión arrancara con los jugadores. No se conocía otro método.

Doña Juanita

Inolvidable por su pasión, tantas veces desmedida, fue protagonista de anécdotas incontables. Una de ellas fue cuando el árbitro Urich anuló un gol a Juventud que le daba la victoria sobre el final. El réferi, al pasar cerca del tejido, que era demasiado bajo, fue agarrado de los pelos por Pocholo Vázquez (ahora canchero, ya que se había retirado) que lo traccionaba contra el mismo mientras doña Juanita, con un inflador de bicicletas, lo golpeaba repetidas veces.  El Turco Urich jamás disimuló ser hincha a ultranza de Atlético Charata.