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Los crímenes de Apple

"Una vez escribí, en un estado de ánimo sarcástico, que las técnicas de ficción se habían estandarizado tanto que uno de estos días una máquina escribiría novelas.” (Raymond Chandler)

Tenía que entregar la novela al editor en un mes y Rocco, mi detective, andaba todavía en ascuas: no tenía idea de quién era el asesino de Thelma Moro y su sobrina. Y yo, menos, lo cual era dramático. Sin que yo lo supiera, el pobre Rocco estaría perdido. Y la novela también. 

Había sido un asesinato cruento en el que no me privé de salpicar sangre. Calculé que aún me restaba la mitad del libro y sólo tenía el doble asesinato y un testigo, un chico autista moviéndose y gritando en la esquina de Salta y Chile. Tuve la intuición de que esa tarde pasaría algo desusado, “olor a inminencia”, que le dicen, pero lo deseché. Soy un tipo sin olfato: sinusitis crónica.

Me había llevado meses volver a escribir. Una especie de depresión creativa me puso a flotar entre hojas en blanco inabordables. Desde que había cambiado la computadora –una HP con más batallas que el general Patton- por una IMac 2013 Core se me complicó la vida. Parece una locura, pero lo voy a decir: durante un largo tiempo la IMac desobedecía mis órdenes digitales. Titulaba un texto y, casi con rabia, la máquina me lo borraba y escribía otro. Decidí dejarla plantada un tiempo. Quiero contarles que estos incidentes me regresaron a mi analista.

Mendelson –así se llama mi analista- me escuchó un tiempo en silencio, hasta que determinó que estaba atravesando un período de angustia cruzado por alucinaciones.

Usted nunca se llevó bien con la tecnología, es decir, con la figura del padre. Simbólicamente, las computadoras son su padre, y esa proyección lo sume en una depresión malsana.

Dejé de verlo, meter a mi pobre viejo en esto –un ferroviario fallecido hacía un lustro- era una barbaridad y me volví a sentar frente a la Apple. Y nada. La pantalla ciega me era hostil, el teclado se me ocurría la zarpa de un oso blanco de Alaska.

Hasta que una tarde sucedió el milagro. Empecé una novela. Coincidentemente, mi editor me llamó y me la pidió para editarla en un par de meses. Acepté y seguí el camino. Avancé con notable facilidad, estaba chocho. Había vencido. De manera que el avance que había hecho tuvo cierto ímpetu al principio, pero ahora se me estaba haciendo más difícil dar la estocada final.

Sin inspiración, sin cigarrillos, sin Johnny Walker, mi vida entre esas paredes carecía de sentido. Guardé el archivo y cerré la computadora. Ya era de noche y el frío temblaba en el aire. El diariero de la esquina también. Bajé los dos pisos por la escalera. Compré cigarrillos y, cuando me di vuelta para buscar un taxi, reparé en que había olvidado encendida la luz de la lámpara de mi escritorio. Me gustó el efecto: una aureola de oro ayudaba a disimular las paredes húmedas y desconchadas. Subí para apagarla. Me costó trepar la docena de escalones, el cigarrillo quita piernas. 

Entré al cuarto y vi un chorrito de sangre que corría por el teclado. Busqué un trapo y lo limpié. ¿Qué era esa sangre? Me senté, prendí la computadora, abrí el archivo. La novela había avanzado, alguien había escrito una página más. ¡Y había liquidado a mi detective! Le habían abierto el abdomen con un perfecto tajo de seppuku. Entendí que la sangre que persistía saliendo de la computadora provenía de esa horrible herida. Me puse a escribir el sepelio de Rocco y la sangre cesó.

Esto no me podía estar pasando. ¿Quién escribió esa página, y de dónde, si no de la herida de mi detective, fluía esa sangre fresca y lenta? Decidí afrontar el misterio: me quedaría frente a la pantalla para ver si el texto avanzaba o no, sin que yo lo escribiera. Fui al baño y volví. A poco de entrar al cuarto casi pego un alarido. La pantalla chorreaba sangre y corría entre el teclado para caer sobre la alfombra de yute. Me acerqué a la pantalla y leí que “Luis Vega había caído en la trampa, ya tenía ensartada una enorme Katana en su espalda…” Retrocedí espantado. 

Luis Vega era yo y, según leía, me estaba desangrando y mi sangre corría por fuera de la PC como un manantial espeso. Retrocedí, tropecé y caí de espaldas sobre el ventanal que da al diminuto jardín de invierno. Estalló en mil pedazos y uno de los más grandes, como si mi espalda fuera de manteca, se deslizó en mi carne, me atravesó y supe que había empezado a morir. 

Alcancé a leer cómo el texto se autocorregía. Ya no era una katana lo que me estaba matando, era una aguda lámina de vidrio. Ahora sabía quién había asesinado a las dos mujeres. Cerré los ojos mientras escuchaba el sonido implacable de los bits asesinándome.