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Seres imaginarios

Los klopts

En algún momento del siglo ciento treinta, el Comandante Suzdal, miembro de la Instrumentalidad terrestre que exploraba el borde de la galaxia, interceptó una cápsula con un mensaje telepático que lo sedujo, lo engañó y lo llevó a poner en peligro la existencia de la Tierra misma. Por ese descuido fue castigado con algo peor que la muerte: el destierro al planeta Shayol, del que nadie regresa.

El mensaje que recibió Suzdal, lanzado al espacio desde algún sitio inmensamente distante --y del que no sospechó, como habría sido su deber--, encerraba una historia creíble y desgarradora (y hasta cierto punto verdadera, como se supo después), relatada por una suplicante y maravillosa voz femenina. Si Suzdal hubiera sabido la verdad, se habría alejado del lugar sin dejar rastros, para que la cosa malévola que acababa de descubrir no pudiese encontrar nunca el camino a la Tierra. Pero esa cosa consiguió engañar a Suzdal.

La historia que contó la mujer de la cápsula telepática se refería a unos colonizadores terrestres que habían llegado en una inmensa nave de planoforma hasta un planeta llamado Arachosia. Un planeta agradable, con hermosas playas, altos acantilados y dos lunas brillantes. Los aparatos de la nave examinaron la atmósfera, que resultó adecuada, y entonces liberaron los animales terrestres que transportaban para que se esparciesen y se multiplicasen en ríos y bosques, de modo que al despertar de su helado sueño espacial, los colonos fuesen saludados nada menos que por el canto de pájaros. 

Todo pareció andar bien durante un tiempo, continuaba el relato. Y entonces empezaron a morir los jóvenes. La población disminuía rápidamente, y no existía ningún remedio que detuviese esa extraña enfermedad. La voz de la mujer terminaba pidiendo socorro.

Suzdal, sin pensar, sin investigar, decidió acudir a Arachosia. Al acercarse, se enteró (demasiado tarde) de toda la historia, de la historia verdadera y terrible.

Los primeros veinte años fueron buenos para los colonizadores de Arachosia. Luego, misteriosamente, tal vez debido a la combinación de la química humana con las radiaciones de ese sol, todo lo que era femenino empezó a ser atacado por el cáncer. El cáncer se presentaba de muchas formas, pero era siempre él mismo. Murieron primero las niñas. Las mujeres abrazaban a los padres, a los maridos. Las madres se despedían de los hijos.

Los peces hembras flotaban panza arriba en los ríos, los pájaros hembras lanzaban trinos estridentes mientras agonizaban sobre las' nidadas que nunca llegarían a empollar, los animales hembras aullaban en las guaridas, ocultando su dolor. Pero las hembras humanas no estaban dispuestas a ser tan sumisas con la muerte.

La hembra humana podía hacer lo que estaba vedado a la hembra animal. Podía convertirse en macho. Con el equipo de la nave fabricaron enormes cantidades de testosterona y transformaron en hombres a cuanta mujer y niña quedaba con vida. Al poco tiempo, un horrible espectáculo dominó el planeta: hombres que habían perdido a la mujer trabajaban con mujeres que parecían hombres. Marido y mujer, ambos fuertes, barbudos y pendencieros, se miraban con desesperación. Los niños crecían sabiendo que nunca tendrían novia, ni esposa, ni hijas.

Los habitantes de Arachosia consiguieron sin embargo evitar su extinción. Crearon todo un nuevo sistema genético: con tejidos masculinos implantados en un útero artificial colocado en el abdomen, inseminados por radiación, pronto lograron la gestación de niños varones. ¿Para qué perder el tiempo con niñas, si de todos modos morirían?

La primera generación vivió dominada por la tragedia, la frustración y la locura. Enviaron al espacio cápsulas con mensajes que sabían sólo llegarían a la Tierra en seis millones de años. Hasta la quinta generación siguieron de algún modo siendo personas: tenían recuerdos, tenían libros, conocían las palabras “mamá". “hermana”, “novia", aunque no sabían bien qué nombraban. Luego, sin la recompensa de la vida familiar, comenzaron a mezclar el cariño con el crimen, las canciones con los duelos. Se transformaron en verdaderos gallos de riña, y se dividieron en clanes. Homosexuales barbudos, de labios pintados, pendientes en las orejas y peinados extravagantes. Sin los fundamentos de la personalidad humana, sin el equilibrio masculino-femenino, sin las esperanzas del amor y de la reproducción, eran monstruos sin saberlo. Se dieron el nombre de "klopts", que en una antigua lengua terrestre significaba adecuados, precisos, justos.

Con sus recuerdos imperfectos crearon toda una leyenda de la Vieja Tierra. En esa leyenda las mujeres eran deformidades infectas, engendros que debían ser borrados de la faz del universo.

Cuando supo todo esto, Suzdal empleó los recursos de su nave para neutralizar por un instante a los klopts y poder huir de regreso a la Tierra. Ese fue su crimen. Por eso lo juzgó y condenó la Instrumentalidad.

Nadie está tranquilo. Nadie puede asegurar que los klopts no hayan arrancado de su nave la información necesaria para saber dónde está la Tierra, y para llegar a ella algún día, con todo su odio y toda su desesperación. Por eso miramos tanto el cielo. (Más información en "El crimen y la gloria del Comandante Suzdal”, de Cordwainer Smith)

*Publicado en El Péndulo (1982)