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El drama de la pobreza

El NEA es una de las regiones con los mayores índices de pobreza del país y, en ese contexto, el Gran Resistencia aparece como uno de los conglomerados urbanos que, a pesar de una leve mejora en algunos indicadores respecto de una medición anterior, todavía mantiene un alto porcentaje de su población en una situación de extrema vulnerabilidad. Así se desprende de la información que brindó el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, que confirma que en el área metropolitana chaqueña 51,9 por ciento de la población es pobre, mientras que 16,9 por ciento vive en la indigencia.

Si se observa el mapa nacional, el Gran Resistencia con 51,9 por ciento de su población viviendo en la pobreza solo, es superado en ese indicador por Concordia, en la provincia de Entre Ríos, que tiene a 56,1 por ciento de su gente en esa situación. En tercer lugar, de este triste ranking se ubica el conglomerado del Gran Buenos Aires, con 45,3% de pobres.

Los números son fríos, es cierto. Detrás de cada cifra hay miles de familias que perdieron la noción de progreso social. Ayer, en esta misma columna, se hacía referencia al informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), titulado “¿Un ascensor social descompuesto? Cómo promover la movilidad social”, publicado por el Foro Económico Mundial antes de la pandemia, que analiza la situación social y económica en las distintas regiones del mundo. En el capítulo dedicado a la Argentina observa que un niño que nace en un hogar pobre en nuestro país necesitará al menos seis generaciones para mejorar sus condiciones de vida.

Muchas veces no se toma conciencia de lo que eso significa no sólo para las familias más empobrecidas, sino también para el conjunto de la sociedad. Cuesta creer, pero en el año 1974 la Argentina tenía apenas un 8 por ciento de pobreza y un 2,7 de desempleo. Si bien es cierto que no es correcto comparar dos épocas sin poner a cada una en su contexto, si se comparan aquellos números con los actuales dan ganas de llorar. Y lo que es peor, no se advierte que se esté gestando un gran acuerdo nacional para resolver este grave problema que condiciona directamente a una porción importante de la población pero que afecta al conjunto de la sociedad. El ideal de la igualdad de oportunidades pierde terreno frente al capital social, cultural y económico heredado, como ocurría hace dos siglos atrás. Dicho de otra manera, así como un niño que por azar nace hoy en un hogar pobre tendrá que esperar que pasen al menos al menos seis generaciones para mejorar su calidad de vida; el niño que, también por azar, llega al mundo en un hogar con recursos suficientes es casi seguro que verá al mundo como todo “un campo de posibilidades”, como bien define el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, quien además aporta una aguda reflexión sobre la cuestión de la desigualdad.

Dice De Sousa Santos: “El miedo y la esperanza no están igualmente distribuidos entre todos los grupos sociales o épocas históricas. Existen grupos sociales en los que el miedo desplaza de tal modo a la esperanza que el mundo les sucede sin que ellos puedan hacer suceder al mundo. Viven en espera, pero sin esperanza. Están vivos hoy, pero viven en condiciones tales que pueden estar muertos mañana. Alimentan a sus hijos hoy pero no saben si los podrán alimentar mañana. Existen, por otro lado, grupos sociales en los que la esperanza desplaza de tal forma al miedo que el mundo se les ofrece como un campo de posibilidades que pueden administrar a su propio antojo”.

No es muy difícil comprender lo que plantea el sociólogo. Solo haría falta ver dónde están hoy esos niños que 20 años atrás lavaban autos en las calles de Resistencia. Hace un tiempo, desde el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina se planteó la necesidad de emplear nuevos modelos y herramientas de medición de las pobreza, como las llamadas “dimensiones faltantes” que aportan un análisis más integral del problema ya que toman variables que, por lo general, no se tienen en cuenta en las encuestas tradicionales, como las carencias propias de la vida cotidiana o el fuerte impacto que una vida de marginalidad tiene en la mente de las personas. Es probable que, a la hora de buscar soluciones integrales para un problema tan complejo como lo es el de la pobreza, se tenga que indagar más sobre esos aspectos.