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20 años de “guerra contra el terrorismo”

Infeliz cumpleaños

La presurosa retirada de EEUU de Afganistán coincidió con otro aniversario del nefasto motivo que lo llevó a invadir ese país y a inaugurar un periodo de guerras civiles internacionales que aún continúan.

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La salida de EEUU deja un país destruido y al Talibán otra vez en el poder, con la probabilidad de una nueva guerra civil.

Desde octubre de 2001 los bombarderos y los soldados estadounidenses lanzados sobre Afganistán habían derrocado el gobierno Talibán y arrinconado a sus tropas en unos pocos baluartes al sur y al este del país. En marzo de 2002, la “Operación Anaconda”, la primera gran batalla protagonizada totalmente por fuerzas convencionales, buscó liquidar la resistencia de un millar de combatientes talibanes en la provincia de Paktiya, cerca de la frontera con Pakistán. Fue victoria de los EEUU, al costo de un centenar de bajas en pocos días.

La premonición del fracaso

El general Tommy Franks, veterano de la guerra de Vietnam y comandante de las fuerzas estadounidenses en Afganistán, en conferencia de prensa en abril de 2002, presentaba su primer balance de la “Operación Anaconda”. Ante los periodistas destacados en Kabul, comenzó su exposición: “Primero, déjenme decirles que nuestros pensamientos y nuestras plegarias están con los familiares y los amigos de los soldados que han perdido sus vidas en las operaciones en curso en Vietnam”.

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Parecida en su desenlace, la guerra de Afganistán puede tener consecuencias políticas de un alcance mucho mayor que la derrota de Vietnam.

El fallido tuvo gran eco y provocó miles de comentarios en aquellos días. Pero adquiere categoría de premonición fatal hoy, cuando la precipitada retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán y la vuelta al poder del Talibán coinciden con el vigésimo aniversario del atentado a las Torres Gemelas y la subsiguiente “guerra contra el terrorismo” decretada por EEUU.

La potencia de Vietnam

La humillante derrota de EEUU tras década y media de cruenta intervención en Vietnam, simbolizada en la foto de la gente colgándose de los helicópteros para huir desde el techo de la embajada en Saigón, tuvo repercusiones políticas que mantuvieron a raya el despliegue militar estadounidense durante tres décadas

Los gobiernos de Washington, que durante todo el siglo XX no habían ahorrado masivos despliegues de tropa propia -en las dos Guerras Mundiales, en Corea o en Vietnam-, tras esta primera gran derrota pasaron a preferir las “guerras por delegación”. 

Así, financiaron y entrenaron a “mujaidines” en Afganistán o a “contras” en Nicaragua, por ejemplo, mientras sus intervenciones directas se limitaban a operaciones “quirúrgicas” como el exitoso secuestro del presidente panameño Noriega en 1989, o la fracasada incursión en la batalla de Mogadiscio, en 1993. 

En el resto de los conflictos armados, su participación no iba ni un paso más allá de los bombardeos aéreos, devastadores militarmente pero poco eficaces en términos políticos, como se vio en la Primera Guerra del Golfo o en las interminables guerras de los Balcanes.

Era el “síndrome de Vietnam” —el dolor de la masacre y la sangre del crimen en las propias manos, el cadáver del propio hijo o novio embolsado en el piso de los aviones de transporte, el veterano mutilado y enajenado deambulando por calles u hospitales— el que mantenía a raya la ambición guerrera de los gobernantes e impedía insuflar el sentimiento patriótico imprescindible para enviar más ciudadanos a la carnicería.

Durante casi treinta años predominó este síndrome, treinta años en los que la configuración económica global cambió profundamente y las estructuras sociales se deterioraron en consecuencia. El paso del tiempo, el olvido, y las nuevas crisis parecían abrir espacio a un nuevo giro en los acontecimientos.

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Los principales medios colaboraron enfáticamente para transmitir a la población la impostergable necesidad de ir a la “guerra contra el terrorismo”.

Bisagra en las torres

El 11 de septiembre de 2001, dos aviones de pasajeros secuestrados y estrellados contra las Torres Gemelas, edificios sede del Centro del Comercio Mundial en Nueva York, mataron a 2.996 personas y dejaron a más de 25.000 con heridas o secuelas de diversa gravedad. Aparte de las dos emblemáticas torres impactadas, resultaron dañados severamente cinco edificios más del World Trade Center, varias estaciones subterráneas y una iglesia. 

Además, otros 32 edificios del barrio de Manhattan sufrieron, así como la sede del Deutsche Bank, que luego debió ser demolida. La antena de telecomunicaciones de la Torre Norte y otras antenas de radio próximas quedaron inutilizadas. Los vuelos en todo el espacio aéreo estadounidense quedaron suspendidos por más de 24 horas, lo que nunca había sucedido hasta entonces. Miles de equipos informáticos de Wall Street y del sistema bancario estadounidense fueron destruidos, por lo que la Reserva Federal estuvo sin contacto con los bancos por casi 24 horas, y la bolsa no operó por una semana. 

Finalmente, la primera potencia mundial resultó herida política, militar y simbólicamente por una fuerza externa en el propio hall de su casa, algo que jamás había sucedido en dos siglos de historia. Fue un impacto comparable –y a largo plazo puede ser mayor- que el ataque japonés a Pearl Harbor, que favoreció la entrada de EEUU en la II Guerra Mundial.

La reacción

En el plano interno, el gobierno optó por desregular los mercados financieros, bajar impuestos a la inversión y tasas de interés y expandir el crédito. Para la economía y los especuladores, que venían heridos de las crisis mexicana, asiática, rusa, argentina, y del estallido de la burbuja de las punto.com, fue como maná caído del cielo. 

El uso que hicieron de todos esos beneficios lanzó un proceso que culminaría en la burbuja inmobiliaria alimentada por las llamadas “hipotecas subprime” y los “derivados financieros”, que estalló brutalmente en septiembre de 2008, cuando quebró el banco de inversión Lehman Brothers. Los efectos de esa crisis aún duraban, en todo el mundo, cuando llegó el coronavirus.

En el plano externo, el gobierno estadounidense lanzó el concepto de “guerra contra el terrorismo”, que llevaría a una serie de guerras globales, con participación directa de tropas estadounidenses invadiendo Afganistán primero y luego Irak. Más tarde siguieron Siria, Libia, Yemén, con apoyo financiero, logístico (armamentístico) y bombardeos de EEUU en todos esos países, con argumentos variados: captura de “terroristas”, búsqueda de “armas de destrucción masiva”, “democratización” de determinados países, etc.

Los fondos militares y financieros empleados en tales empresas se calculan entre u$s 6 billones y u$s 12 billones, según los autores, aunque ese proceso no ha terminado. Más importante, las guerras han dejado millones de muertos y heridos, y han expulsado a otros millones de personas de los lugares donde vivían, alterando catastróficamente sus vidas y también las de los habitantes de los países donde debieron ir a refugiarse.

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Como en toda guerra, la verdad fue una de las primeras víctimas. Y con ella, cayeron artistas, dibujantes, periodistas que denunciaron el crimen, con Julián Assange como ejemplo más conocido.

Adicionalmente, EEUU alteró hasta niveles incalculables la legislación y el ordenamiento globales. El espionaje a troche y moche, incluyendo a sus propios aliados, el encarcelamiento de los periodistas que divulgaron sus crímenes y conspiraciones, el secuestro de personas en distintos países, su traslado clandestino a prisiones en distintas bases estadounidenses en Europa, la tortura sistemática a quienes la CIA designaba como sospechosos, fueron algunos. La cereza del plato, la cárcel de Guantánamo, donde cientos de prisioneros sufrieron años enjaulados a la intemperie sin ser nunca acusados de nada ni recibir el famoso “juicio justo” que siguen prometiendo las películas de Hollywood. 

La invasión de Afganistán había sido decidida unilateralmente por Washington. La resolución del Congreso que autorizaba a Bush a usar la fuerza militar tras la caída de las torres era tan amplia como una declaración de guerra. Y no solo eso: además, la declaración no señalaba a ninguna nación en particular; los países serían señalados por el presidente y el presidente podía designar como enemigos a varios países. El mal estaba en el origen, todas las guerras estaban predeterminadas, todo lo que vendría después se prefiguraba en el decreto inicial.

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Otro trágico efecto de la “guerra contra el terrorismo” fue el de diseminar el terrorismo hasta donde antes no había llegado.

Del retroceso a la decadencia

Tras 20 años de furia militarista, destrucción y masacres, EEUU no ha solucionado los problemas ni alcanzado los objetivos que declaró o se propuso. En cambio, ha incorporado al sistema global todas las contradicciones sociales y las relaciones de sometimiento de los países castigados por la guerra y los de otros vecinos. Su giro guerrerista iniciado en 2001 desató un periodo de guerras civiles internacionales que no han acabado y que pueden prolongarse por mucho más tiempo

Pero aún más durarán sus secuelas, como la de agregar víctimas, muertos, heridos, personas sin hogar, países destruidos, a una situación mundial altamente inestable, caracterizada por las crisis económicas, las guerras, las pandemias (hubo al menos tres de distinto alcance en estos 20 años: la gripe H1N1, el ébola, el coronavirus), las hambrunas y las catástrofes causadas por el cambio climático.

La enorme capacidad destructiva exhibida por EEUU como líder global solo es comparable a su profunda incapacidad constructiva. La abrumadora superioridad militar apenas oculta su honda debilidad política. La huida de Afganistán, casi en la misma fecha del infeliz cumpleaños del lanzamiento de la “guerra contra el terrorismo”, es solo el aspecto más vistoso de la tragedia.

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Nada indica que la retirada de Afganistán cierre el ciclo de guerras internacionales iniciado en 2001.
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