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¿Internet es lo que soñaron sus creadores?

¿Algo que va perdiendo virtud puede sobrevivir en el tiempo? Es la gran pregunta sobre Internet que se volvió una versión distópica de la que tenían los primeros desarrolladores que crecieron con este nuevo medio de comunicación, que presumía de ser verdaderamente democrático y libre de toda mala influencia, sobre todo ideológica.

El artículo de Clifford Stoll que adelantaba de alguna manera el caos en el que se convertiría Internet.

Si no me creen, solo hace falta ponerse a observar lo que sucede en cualquiera de las redes sociales y horrorizarse por la demencia del discurso social. Las redes (hoy sinónimo de Internet) son una vidriera de toda clase de miserias humanas disfrazadas la mejor de las veces de opiniones; la peor, de desinformación y terreno de venta publicitaria, porque el verdadero negocio en la red no es vender algo, sino vender la publicidad sobre algo.

Puede decirse que mucha gente alcanzó el éxito con algún emprendimiento gracias a la publicidad por Internet, pero en general el verdadero negocio está en cobrar para publicar. Un buen negocio prospera si es bueno, Internet le dio más velocidad a la trascendencia, concedámosle eso. (De todos modos, es difícil admitir el fracaso cuando se perdió dinero en algo donde los demás juran que ganaron).

En el inicio, se pensaba que la raíz de muchos males de la humanidad residía en el escaso acceso ciudadano a la información y que, por supuesto, la web llegaba para terminar con el monopolio informativo de unos pocos medios establecidos. ¡Cuánta ingenuidad!

Grupos de odio de todo tipo tienen trascendencia global y millones replican sus ideas por comodidad intelectual.

No solo no se solucionó ninguno de esos problemas, sino que se creó uno mayor: la web misma. Aquello que venía a solucionar todo, hoy tiene una crisis existencial donde cuesta ubicarse y donde hay una guerra de todos contra todos, sean gigantes multinacionales o vecinos de comisiones barriales y -ya se sabe- en una guerra la primer víctima es la verdad.

Si no, que lo digan los trastornados que entraron a sangre y fuego al Capitolio de los EEUU convencidos por las redes de que los políticos de ese país son extraterrestres, que la tierra es plana, o que el hombre nunca llegó a la Luna. El detonante fue la hábil explotación y la deformación artera del discurso crispado de Donald Trump. Todo, mérito de las “redes”.

Algoritmos desenfrenados capaces de colocarnos en tiempo y espacio en escenarios donde nunca estuvimos, la neutralidad cuestionada, los estándares rotos, las burbujas radicalizadas y las pseudociencias son el combustible que hace andar a la Internet.

Activistas presos, privacidad inexistente, y posverdad, mucha posverdad. Internet nos da gratificación inmediata y dopamina, y lo demás no importa. ¿Esta era la web que soñó Vinton Cerf?

El paraíso perdido

Hace 26 años, Clifford Stoll escribió un artículo llamado “Why the Web Won’t Be Nirvana” (“Por qué la web no será el Nirvana”). En ese momento fue un sacrilegio que le costó parte de su prestigio.

Stoll escribó ese año (1995, antes que Internet llegase al Chaco): "Los visionarios ven un futuro de teletrabajadores, librerías interactivas y salones de enseñanza en línea. Hablan de reuniones municipales electrónicas y comunidades online. Que las tiendas y negocios cambiarán sus oficinas y centros comerciales por redes y módems. Y que la libertad de las redes digitales harán a los gobiernos más democráticos. ¡Tonterías! ¿Nuestros expertos en computadores carecen de todo sentido común? La verdad es que ninguna base de datos online reemplazará a los periódicos en papel, ningún CD-ROM podrá tomar el lugar de un maestro competente, y ninguna red de computadoras cambiará la forma en la que el gobierno trabaja”.

¡Qué paradoja! Los visionarios a los que atacaba Stoll estaban en lo cierto, pero Stoll no confiaba en que los avances que hoy vemos tuviesen mucho futuro. Hasta ahora, la misma Internet le da la razón: las gestiones administrativas son maravillosas si hay una buena velocidad (el 40% del mundo no la tiene, pero los desarrolladores crean apps y webs como si esta fuese infinita). 

Jacob Anthony Chansley, tan ridículo como peligroso, se convirtió en un personaje central del asalto al capitolio de EEUU, animado por las locas teorías del grupo Qanon difundidas ampliamente por la red.

En el otro extremo, los diarios de papel languidecen por culpa de la inmediatez noticiosa al alcance de la mano, pero las noticias son víctimas de deformaciones e interpretaciones antojadizas. Como sea, en la red todos tienen la satisfacción de leer exactamente lo que desean leer.

Las tiendas y negocios sólo le dejan buen dinero a los vivos que administran las publicidades que abruman, molestan y nadie lee (¿O acaso alguien se detiene conscientemente en una publicidad de Youtube, o al navegar buscando otra cosa?).  Haga la prueba, intente recordar qué publicidad fue la primera que vio hoy, ni bien abrió su navegador. Haga una búsqueda que no tenga nada que ver con lo que desea, y verá en pocas horas como le llueven publicidades sobre ese tema. Es el verdadero negocio de la red.

Otra expresión notable de Stoll: “Consideren el mundo online de hoy. La Usenet (*), un tablón de anuncios mundial, permite que cualquier persona publique mensajes por toda la nación. Tu palabra es publicada salteando editores y editoriales. Cada voz puede ser escuchada de forma económica e instantánea. ¿El resultado? La cacofonía se parece más a una radio de banda ciudadana (**), completa con nombres falsos, acosos y amenazas anónimas”.

¿Cómo navegar entre tanta tentación, tanta tendencia y tanta información que filtrar? Depende de nosotros mismos y de cuánto aprovechemos el sentido común, o de hasta dónde deseemos vivir cómodamente en un mundo de ideas y conceptos que se acomodan a lo que creemos, aunque tal vez no tengan nada que ver con la realidad.

(*) Usenet: Usenet significa Users Network (Red de usuarios). Sistema global de discusión en Internet, creado en 1979. Los usuarios podían leer o enviar mensajes (denominados artículos) a distintos grupos de noticias ordenados de forma jerárquica. Aún existe en una forma más evolucionada.

(**) Banda ciudadana o CB, es un rango de frecuencias radiales muy utilizado por los transportistas hasta fines de los 90. Se caracterizaba por la anarquía y ausencia de reglas, contrariamente a las bandas de radioaficionados. 

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