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Libros recomendados 

Te quedan lindas las trenzas

Autora: Patricia Severín.
Editorial: Palabrava.
Género: Novela.

Patricia Severín.

Lina, la protagonista de Te quedan lindas las trenzas, pasa sus vacaciones de verano en el campo de sus abuelos maternos. Es la década del 60 y la vida transcurre en un tempo diferente. Cuando regresa a la ciudad, un hecho doméstico hará que deba vivir temporariamente en la casa de sus abuelos paternos, inmigrantes de la región del Piamonte, Italia.

Lina registra lo que va pasando a su alrededor: universos diferentes –y contrapuestos–, de las dos familias. Hay gozo cuando disfruta de la naturaleza y de las cosas simples de la vida, pero también soportará castigos, mandatos, prohibiciones y peligros.

En esta historia encontramos hermanos terribles, el mal genio de una madre –detrás del cual se oculta el sufrimiento–, la distancia del padre y secretos familiares que pugnan por salir a la luz.

Las dos abuelas, Luisa y Elbia, marcarán la infancia de Lina desde distintas visiones del mundo que moldearán su carácter y sus vínculos y determinarán su futuro. Un viaje a las Cataratas del Iguazú pondrá en evidencia la profunda fisura que existe en este mundo familiar que, supuestamente, es el que debe cobijar a Lina.

Patricia Severín es narradora, poeta y editora. Actualmente vive en la ciudad de Santa Fe, Argentina. Trabajó en el campo mientras estudiaba la carrera de letras. Su vasto recorrido literario dio siete títulos de poesía entre los que se destacan Poemas con Bichos y Eclipses familiares.

En narrativa escribió dos novelas, La Tigra y Salir de cacería; en cuentos, Las líneas de la mano, Solo de amor, Helada negra y Mamá quiere ver las rosas. Recibió importantes premios nacionales e internacionales y parte de su obra fue traducida al inglés. Desde el 2012 se dedica a editar textos literarios, fundamentalmente, de su provincia; el lema de editorial Palabrava es “del nordeste argentino al mundo”.

Una novedad de la editorial Palabrava, Santa Fe, dentro de su Colección Rosa de los Vientos: Te quedan lindas las trenzas de Patricia Severín. Novela, 224 páginas. La novela arranca con un epígrafe disparador que nos dará pistas de lectura: ¿Quién no es un sobreviviente del naufragio de la niñez? Nicol Krauss

Autora: Patricia Severín. Editorial: Palabrava. Género: Novela.

Extracto del comienzo de la novela

Te quedan lindas las trenzas 

La abuela apoya la fuente de vidrio sobre su delantal arrugado. La agarra bien fuerte; con la otra mano hace girar el batidor de alambre. Remueve una crema espesa que se va volviendo amarillenta. De pie, dice, esto hay que hacerlo de pie. Sin dejar de batir se levanta y separa un poco las piernas para conservar el equilibrio. Mira la mezcla y sonríe. Los hilos de alambre apenas se ven: relucen cuando van hacia arriba con los flecos de crema que chorrean. La mezcla se vuelve pastosa, cada vez más, cada vez más, hasta que de pronto es un bloque amarillo que ya no se puede batir. Inclina el recipiente y un delta de hilos de agua corre hacia el borde del vidrio.

¡Manteca!

Apoya la fuente sobre la mesa. El líquido forma ojitos transparentes sobre el mazacote irregular. Cuando inclina la fuente, el líquido busca escaparse hacia adelante. Lo junta en una jarra. Cuando tengo mucho de esto, me dice, se lo doy a los chanchos. Es el suero.

La miro. Se llama Luisa, pero le decimos Luli. Sus manos están llenas de nudos donde los dedos se doblan; tiene las uñas cortas y cuadradas. Me pide que acerque el pan que acaba de hornear. Y también el azúcar que guarda en el estante de madera, dentro de una fuentecita con agua para que no le lleguen las hormigas. Minúsculos granitos se desparraman sobre el mantel; el sol de la tarde los ilumina y parecen cristalitos. Me pone una capa gruesa de manteca sobre el pan y por encima hago caer los cristalitos; a veces mojo un pedazo grande en el mate cocido, se infla, se desprende de la costra y se va hacia el fondo de la taza. Mientras tomo la leche ella coloca el bloque amarillo y pastoso en la mantequera; con un cuchillo le va dando forma hasta dejarlo rectangular. Toma otro poco de crema y cuando termino de to- mar la leche, me la hace batir con un tenedor.

Me duelen los dedos. Rezongo.

—Si te sentás perdés la fuerza —me dice, y acomoda la fuente sobre mi cadera. El tenedor se me incrusta en la palma y me marca líneas rojas. Me mira fijo.

—No, no, no, ¿qué es eso de renunciar?

—y observa mis movimientos.

Me muerdo la mejilla por la pulpa de adentro para no pensar en el dolor que ya me sube por el brazo. La miro para darme ánimo, que no crea que me doy por vencida. El abuelo entra corriendo a la cocina y dejo de batir.

Nos comenta la última novedad. Saca del bolsillo unas pelotitas pequeñas y amarillas que se parecen un poco a las de paraíso. Las toco, son bien duras, van a servir para los canutos.

—Las trajo el correntino. Vino con el cuento de que ya la están sembrando más al norte. Y dice que del año 1965 nadie se olvidará jamás.

— ¿Porque yo cumplo 10?

—No, cursientita. Porque este poroto nos salvará.

— ¿Eso? —Pregunta la Luli—. ¿Y qué es?

—Se llama soja —dice el abuelo—.

Parece que dará de comer al mundo. Los tres nos quedamos mirando el cuenco de su mano callosa, mientras los porotos ruedan desganados y caen sobre la mesa. Mamá me trae al campo no bien terminan las clases.

Estoy agotada, repite una, dos, tres veces, todo el tiempo; también en el viaje. Me arrodillo en el asiento de atrás, miro por la luneta y ya no la escucho. Siempre es igual: nos subimos al auto, cargamos mi bolso, mis cuadernos y mis lápices, y las revistas y diarios que juntamos para la abuela.

Cuando llueve y no se puede salir al campo, la Luli revisa las revistas hasta encontrar lo que ella necesita encontrar. Por el vidrio de atrás veo pasar los árboles, los postes de teléfono, los carteles indicadores que siempre me dan la espalda, las vacas blancas con manchas negras que tienen pajaritos posados sobre sus lomos y les comen los bichitos que se les asientan.

El abuelo me enseñó eso y me enseñó como se llama cada vaca. Las reconoce por las manchas y cuando les dice el nombre ellas vienen hasta donde él esta. En el piso del comedor tienen un cuero que hace de alfombra. Fue la vaca preferida del abuelo. Era la más lechera de todas las lecheras de la región: daba ochenta litros ella sola. Y si se descuidan, cien, dice el abuelo.

Tenía las tetas largas e infladas, tan grandes, que se las pisó y se sacó un pedazo. Fue allí cuando enfermó y tuvieron que carnearla. Cuando pasan más o menos dos horas desde que salimos de la ciudad, entramos a un camino de tierra por el costado de un pueblito que tiene pocas casas; en ese pueblo los abuelos hacen las compras, los mandados, y visitan a Anastasia y a la tía Lucrecia, que viven juntas.

Hay un cartel despintado que dice La Constancia: así se llama el pueblo. Agarramos por ese camino de tierra y ya sé que estamos cerca del campo.

Llegamos. Me bajo de un salto y corro a abrazar a la abuela.

¿Cómo andan ustedes?, pregunta mamá.

Dicen que la abuela y yo nos parecemos: las dos somos flacas y altas. ¡Qué estirón pegaste!, me dice cada vez que me ve, y hace un gesto con las manos por encima de mi cabeza. Después me besuquea. Tiene el pelo cortito peinado hacia atrás. Sin ninguna coquetería, la reta mamá.

Ella no le hace caso y se acomoda los anteojos cuadrados sobre las mejillas huesudas. Quiere cortarme las trenzas y dejarme el pelo como el suyo; trata de convencerme, que es más práctico, más limpio, que me va a quedar bien. No la dejaré por nada del mundo. Mi pelo debe crecer hasta la cintura como el de Pame, la que pasa a primer año. Su mamá hizo una promesa y por eso no se lo corta.

Pero la Luli me persigue con las tijeras. ¡Te va a crecer más fuerte y sano! ¡Ya vas a ver! …

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