Nuestra hija

Pisando el cigarrillo en el pasto barroso, dejando escapar el humo por la nariz y después de cerrar el Audi, el doctor Saúl Bachman se encaminó a la puerta de su casa, una enorme construcción de tipo normando, aislada de la calle por un jardín vaporoso.
Los ventanales se veían iluminados a pesar de que la tarde todavía brillaba entre los álamos y sobre el desolado parque. Por un instante, todo aquello le pareció extraño, desconocido: su casa se le hizo una escenografía gótica propia del cine de Murnau, pero rápidamente lo desechó: todas esas impresiones se debían al drama que estaban viviendo.
Alcanzó a ver la camioneta de su esposa estacionada a pocos metros muy cerca del garaje. Una catarata de desagrado le bajó por la nuca. Ella estaría derrumbada en la cama, con un paño húmedo en la frente, gimiendo y ya sin lágrimas, deprimida.
El doctor Bachman, mientras caminaba lentamente, no le quitaba el ojo a una pequeña foto. En ella sonreía su única hija, Judith.
Hacía ocho días que había sido secuestrada camino al Club Naútico. Desde entonces, el confuso episodio había deshecho la vida burguesa de la familia Bachman. Todo había perdido sentido. Perla, su esposa, no dejaba de echarle la culpa a su marido: nunca la había cuidado, lo acusaba sin descanso, pues el día de su desaparición no le hubiera costado nada llevarla al club en el auto.
Entró a la casa y el silencio le estalló en los oídos como si hubiera entrado a una catedral vacía. Vio pasar a Carmen, la mucama, atravesando el vasto recibidor llevando un jugo de naranja. Parecía flotar. Las arañas despedían una luz innecesaria para la hora y para el clima aciago que imperaba en la mansión.
Desde la puerta de su escritorio, Mario, su asistente, irrumpió trayendo un sobre color tiza. Se lo entregó mientras decía que lo había llamado el inspector Medina, que quería hablarle. Mario se alejó y el doctor Bachman pensó que si Medina hubiera tenido alguna novedad ya estaría en su casa.
Se arrellenó en el sofá de la biblioteca, el sobre no tenía ninguna inscripción y no le pareció llamativo. Lo abrió. Un papel manteca dejaba leer: “Su hija está en el camino indicado. Queme este papel”.
El doctor Saúl Bachman era un hombre flaco, alto y pálido. Era dueño de una enorme fortuna, heredada de su padre, Mauricio, quien de la nada había erigido un imperio textil.
A Bachman nunca le preocupó lo que opinaran de él o de su carácter. Su forma de ser retraída y polar le había granjeado cierta ventaja en el juego de los negocios. Gustaba de comprar empresas quebradas para recuperarlas y después venderlas. También, esa distancia lo había recubierto de un aura que inspiraba respeto y miedo.
Se levantó del sillón y ya en el escritorio prendió fuego al papel y a la pequeña foto de su hija. Se quitó la corbata, apretó las sienes con los dedos. Después puso las manos debajo de la cabeza, cerró los ojos y dejó escapar un leve suspiro.
Sabía que su hija no iba a aparecer, era más que una corazonada. Y de un modo incomprensible, esa posibilidad no le afectaba demasiado. Tenía fama de hombre insensible y la emergencia lo estaba probando.
No era frecuente que echara miradas hacia atrás, su pasado había quedado velado por una amnesia voluntaria. Y si nadie se lo recordaba no era más que por su fortuna y el poder que había obtenido.
Carmen, la mucama, desde el vano de la puerta del escritorio, le dijo que la señora deseaba verlo. Bachman, después de un largo silencio, escuchó a su propia voz decir que ahora se sentía agotado y con un tremendo dolor de cabeza. Iré más tarde, dijo y la mucama, como un hada de Disney, se esfumó.
Se levantó del sillón y se dirigió al primer piso. Sus pasos sobre la alfombra de la escalera le recordaron un sueño, un viejo sueño. Volvía ese hombre oscuro, plena medianoche, a hurgar en silencio el pequeño escritorio de su hija.
Ella se despertaba, el hombre le tapaba la boca con un trapo, la desnudaba, y cuando estaba por iniciar la violación, Bachman se despertaba en el sillón del living. Estaba en pijama y sudaba. Se miró las manos y les tuvo miedo.
Espantó el recuerdo de su cabeza y terminó de subir la escalera, llegó a la puerta del cuarto de Judith y abrió la puerta. Prendió las luces. El aire de la pieza estaba intensamente perfumado, olía a ella, a su hija. Fragancia de ipomea, murmuró. Deslizó los ojos sobre los libros de la pequeña biblioteca y retiró uno de tapas negras de hule.
Lo abrió.
Diario de Judith. No tocar. No abrir.
Con fecha 12 de mayo, la letra vivaz de su hija contaba episodios del día, charlas telefónicas, había dibujitos.
Buscó el 26 de abril.
Judith contaba una pesadilla nocturna. La sombra de un hombre la asfixiaba con un bollo de tela, le rasgaba la ropa, la desnudaba y empezaba a violarla. Se lo contaba a Melisa, su mejor amiga, y le decía que tenía miedo porque había reconocido al hombre. Le decía también que, al despertar aquel día, se dio cuenta de que no fue una pesadilla. Su ropa interior estaba hecha trizas y los arañones le cruzaban los senos y el abdomen. Y en ese punto, Bachman notó que habían arrancado las hojas siguientes del diario.
Levantó la mirada de los renglones y se sintió mareado y escuchó la voz de Perla, su mujer, a su espalda:
-Yo arranqué las hojas que faltan, Saúl. Se las voy a llevar al fiscal, ¿qué le hiciste a nuestra hija, perverso de mierda? ¿Adónde la tenés a Judith, mal parido!?
Bachman miró su reloj y su voz se hizo tensa:
-Por favor, mujer, en un rato tengo una cena en la UIA… Y bajá ese revólver, que vas a terminar metiéndote un tiro.










