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Globo terráqueo

Casperia: Entre montañas y pasta al dente

 «La memoria es redundante: repite los signos para que la ciudad empiece a existir» esbozaba el italiano por adopción Italo Calvino, en el libro donde hace existir a través de su prosa, la mitad de las ciudades que visitó Marco Polo.

 Lejos de pretender algo similar, en este escrito elegí un conjunto de cosas que hacen existir —y recordar— la ciudad en la que estoy viviendo: Casperia, la ciudad con forma de huella dactilar en el medio de Italia.

Como estar dentro de un mapa que rumbea por escaleras adoquinadas, el encuentro con la ciudad se da paulatinamente. Sobresaliendo de la montaña Los Sabinos, Casperia alberga apenas 1.143 personas y un arsenal de años de historia. Esta antigua ciudad se construyó en el siglo X.

Manteniendo viva la dualidad entre lo de antes y lo de ahora, a veces es llamada como Aspra Sabina, nombre que mantuvo hasta 1947. Su ubicación estratégica —a una hora hacia el norte de Roma, y un poco más de una hora hacia el sur de la Toscana— le implica verse opacada por la inmensidad de la ciudad eterna, sin embargo le deja conservar casi con totalidad la esencia de sus delicias.

El descubrimiento, y por qué no, deslumbramiento, se da en espiral. Uno ingresa a Casperia pasando cualquiera de sus dos grandes puertas antiguas: Porta Romana y Porta Reatina. Ambas —están distribuidas en cada punta de la ciudad— al comienzo de la montaña.

La ciudad está detrás de una muralla de piedras, ya que la comunidad se estableció ahí de manera estratégica, hace miles de años, con objetivo defensivo a los nativos frente a posibles conflictos en la edad Romana.

 Es dueña de una distribución tan extraña de la arquitectura que, si prestas atención, podes encontrar ojos gatunos en cada rincón. Algunos nativos dicen que son las almas viejas, otros simplemente que es por la ausencia de calles (por lo tanto nula circulación de autos y contaminación sonora). Elegí algunos elementos que, según los lugareños, sostienen la identidad del lugar.

Huellas dactilares 

Lejos de las aglomeraciones y rascacielos, con facilidad aparecen huellas que inmortalizan una época. Desde fuentes de agua rural, las cuales aún distribuyen agua potable, hasta antiguas fuentes de lavado comunal.

Algunas casas contienen rastros más explícitos como son las que contienen “pianelles”. Estas son unas placas de cemento ubicadas sobre las fachadas. Allí, es donde improvisadamente, las personas que reconstruían los espacios colocaban el año que transcurría.

Así, al recorrer Casperia, podes encontrar como en un museo a cielo abierto, placas fechadas desde 1484 hasta 1990.

Mi pianella preferida es una que data que las propagandas no solo son algo de ahora, fuera de lo que habrá sido una cantina de época. En ella se puede leer “1927 VINO L2 / Litro (2 liras el litro)” un litro de vino a 2 liras.

Mangi che fa bene 

Un buen tomate, orégano fresco, albahaca, queso… oliva. Recorrer los senderos vecinos a Casperia te desemboca en diversas huertas rurales y privadas. Generalmente los habitantes, con alma comunitaria, te ofrecen un bolsón de verduras orgánicas para que pruebes durante tu almuerzo.

En los caminos, sin embargo, si observas con atención o vas con un experto —en mi caso tengo la suerte de tener unos vecinos aficionados de la jardinería y el saber— podes encontrar desde espárragos salvajes a radichetas bajo de unas florcitas silvestres de color violeta.

La zona de la Sabina se destaca por la producción de aceite de oliva virgen desde la Antigüedad. Todas las casas tienen esos árboles petisos, de tronco deforme y hojas verde blanquecinas. Allí, crecen las olivas, que hace décadas se transportaban navegando por el Río Tíber hacia Roma. El queso es otro fuerte de los Aspreses.

 Si bien la zona no se destaca por la presencia inminente de ganadería, de fondo todo el tiempo suenan las campanas que le ponen a las ovejas al estilo de Heidi. Con ellas, se producen leches para después tratarlas en los quesos que podes encontrar en la feria de los miércoles.

Pecorino, Caciottas frescas y primosales, cuanto más añejos más sabrosos, como el vino. Por último, y sin restarle importancia al cibo que parece destacarse entre toda cualidad tana: el Stringozzi. Este plato tipico consiste en un estilo de spaghetti que se elabora a base de agua y harina.

El amasado —después de dos horas de reposo— consiste en lograr un aro enorme y finito de spaghetti. El mismo no debe cortarse hasta después de hervido.

Ademas de ser delicioso, durante el mes de agosto, esta pasta es protagonista de un festival en el pueblo que esta lleno de actividades en torno a la gastronomia local. La experta en hacerlo, es regional y se llama Irma.

Traspasó fronteras cuando fue filmada para Pasta Grannies, la compañía que busca difundir y mantener la tradición de las recetas de “abuelas” a lo largo y ancho de Italia. Si se animan, pueden navegar en la web para disfrutar a la maestra del arte del ragú en plena acción.

Haciendo camino 

Caminar por Casperia es una de mis actividades preferidas. No solo porque vas pasando por construcciones antiquísimas, sino por ver cómo la naturaleza intrépida se intercala entre estas murallas rocosas y desparejas.

Estirar las piernas, respirar montaña. Montefiolo, es un parque donde está emplazado un convento. Con una caminata de 20 minutos a pie del casco histórico y siguiendo una empinada ruta, podes ver un bosque flanqueado por cipreses.

Un tanto más lejos, al oeste, está ubicado el manantial perenne más importante de toda la cordiller: Fonte Cognolo, a una altura de 1054 m. A ese lugar, todavía, tengo pendiente ir.

Aunque dentro del mismo libro que mencioné al principio, el Khan, decía que todo relato era una distracción inútil porque la última ciudad que todos conoceríamos era el infierno.

 Marco Polo aparece para sacarnos el sabor amargo con un paradigma que, a mi criterio, se merece el final de cualquier relato. «El infierno no es algo que será. Ya existe aquí; lo habitamos todos los días; lo conformamos todos juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo.

La primera, fácil, es aceptar el infierno, volverse parte de él hasta ya no verlo. La segunda exige aprendizaje continuo: consiste en hallar quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y darle espacio, y hacerlo durar mientras vivamos».

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