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Botella al mar

“…de niño, yo solía hacer eso: meter mensajes en botellas y arrojarlas al agua.”  /TRUMAN CAPOTE 

Vi la botella flotando entre bordes de espuma y el oleaje que ya venía muriendo sobre la arena, decía mi amigo Hugo, contándome sus vacaciones en Antofagasta, en las playas del Pacífico. Corría enero del 98 y Hugo jamás supuso de qué modo esa botella le iba a cambiar la vida. 

La tomó cuando la tuvo cerca y vio que en su interior había un pequeño papel. No lo podía creer. Ya en la playa, ansioso, la abrió y extrajo la nota. Con letra infantil, decía: “Soy Fanny Láinez y vivo en Panamá. Búscame, tengo 12 años y necesito ayuda. Agosto de 1957”. 

-¡Sorprendente! –me seguía contando- Se la mostré a mi novia, Alcira…¿te acordás de ella, no? Bueno, no importa, la cosa es que ella se rió de mí, de mi ingenuidad. Cuando regresamos al hotel, Alcira se durmió y yo me fui al bar y pedí un pisco sour y prendí mi primer cigarrillo del día. Eran las seis de la tarde. Pues bien, Miguel, creéme, estuve leyendo y releyendo la nota y me imaginé que esa pequeña Fanny –ahora, si viviera todavía ahora, debe ser la señora Fanny- y es posible que aún ande en problemas.

-¿Desde 1957, Hugo, no te parece que estás exagerando?, le pregunté. Me miró con cara de pocos amigos.

Lo cierto es que, al regreso de esas vacaciones, Hugo rompió con Alcira y su obsesión por la nota de la pequeña Fanny creció. Decayó en el trabajo y, sorpresivamente, pidió licencia por enfermedad. Cuando lo hizo ya tenía en el bolsillo interior de su campera un pasaje ida y vuelta a Panamá. Lo llevó un vuelo de Copa Airlines, se alojó en el Sheraton, pidió una guía telefónica y se sentó en el bar del hotel. Ordenó un gin tonic que le supo desabrido: es que en Panamá preparan ese trago con agua mineral y no con tónica. Y comenzó la búsqueda de Fanny Láinez en la guía. Halló veintiún Láinez, ninguna Fanny, lo cual no fue óbice para que anotara todos los teléfonos y direcciones.

Le llevó media mañana telefonear a los veintiún Láinez. Quedó exhausto. Almorzó en el hotel un guiso con carne deshebrada que le supo estupendamente. Afuera, más allá de los ventanales, entre las palmeras y la vegetación efusiva del trópico, lloviznaba tercamente. La humedad empañaba los cristales.

-Dormí una siesta –siguió relatándome- y tuve sueños turbadores. Desperté embadurnado de malhumor. Me duché. El aire acondicionado de la habitación luchaba contra el calor: su motor parecía un enorme gato cansado. Y salí a hacer mi ronda por los domicilios de los Láinez.

Pensé que Hugo había enloquecido. ¿Se había comido el papel de superhéroe que va a rescatar a una niña de cincuenta y tres años? Pero lo escuchaba por dos razones: porque es un amigo, y porque el delirio de mi amigo me resultaba divertido.

-El Centro Histórico de Panamá es bellísimo –decía-. Pasé por la casa donde nació Rubén Blades y justamente en la esquina, vivía la familia Moore Láinez. El tal Moore era un marine americano cuyo batallón había custodiado el Canal de Panamá. La señora Moore era Lucrecia Láinez y no tenía conocimiento de alguna parienta llamada Fanny. La panameña tenía no más de 35 años, era una morena de cuerpo caudaloso y el marine vivió el interrogatorio con un gesto enemigo en su completa cara.

Una vez que rastrilló toda la genealogía Láinez, abatido, se le antojó visitar las playas de Coclé del Norte, en la provincia de Cortés. Se alojó en un hotel ecológico donde todo era natural, cosa que le encantaba, excepto el papel higiénico reciclado que tenía la textura de un tronco de palmera. Según Hugo, la atención y el servicio en general era de diez puntos. Las camareras, las meseras y aún el personal de recepción eran jóvenes, agraciadas y de pieles de seda achocolatada. Mas mi amigo no se podía sacar del cráneo la nota de Fanny Láinez. Tan es así, que casi no bajó a la playa. Había empezado una especie de diario personal donde su obsesión era el tema dominante.

Una mañana bajó a desayunar. Sol espléndido, cielo azul virgen, frutas paradisíacas, jugos exóticos y deliciosos: ese día valía la pena vivirlo, pensó.

Llamó a la mesera para pedir café. La mesera parecía una niña: bajita, de senos incipientes, piernas flaquitas. Cuando llegó hasta él, lo miró fijamente, en silencio, por unos segundos. Hugo reparó en los ojos almendrados de la muchacha y su corazón pegó un vuelco. Parecían los ojos del diablo: brillaban, y una llama flameaba dentro del iris. La voz de la pequeña, entonces, exclamó: ¿Tú eres el que encontró mi mensaje en la botella? Soy Fanny Láinez… te estuve esperando, no envejecí por ti…”

Hugo, hoy, está bajo tratamiento psiquiátrico en el Centro San Lázaro de Salud Mental de Panamá.

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