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Sergio Schneider

Columnista

Las tribunas están vacías

Hay quienes sostienen que el fútbol es mucho más que un juego y que sus leyes, sus misterios, su abecé y su imprevisibilidad lo convierten en algo demasiado mágico como para que lo consideremos simplemente un deporte.

Los cuentos de Roberto Fontanarrosa que incursionan en el asunto (y su inmensa novela “El Área 18”) o los textos de Alejandro Dolina son alegatos estupendos de la relación específica que los argentinos tenemos con la pelota y su universo.

Dolina en particular no duda en decir que el fútbol es una representación de la vida, y que en la cancha los hombres son tal como son en el resto de sus vidas. Y entonces sobre el césped perfecto de los grandes estadios o sobre el polvo irredento de la canchita de barrio vemos al egoísta de siempre jugar para su propio lucimiento, al compañero leal desgarrándose hasta el alma por el equipo, al héroe silencioso y deslucido que no arruga ni ante cuatro gigantes, el cobarde que afloja cuando hay que apretar los dientes, el artista del pie que nos llena los ojos.

Esta columna se escribe mientras Argentina juega la final de la Copa América, con todos los pronósticos en contra pero aferrada a una nueva ilusión, la espalda un poco doblada por una mochila de frustraciones que lleva 28 años.

Los pueblos y sus suertes

En el arranque del Mundial de Sudáfrica, en 2010, alguien en algún medio tiró la idea de que los seleccionados nacionales juegan a tono con las realidades de sus países. En aquel entonces España había perdido en su debut ante Suiza, rajando al medio su condición de favorita por los antecedentes con los que había llegado al primer torneo global desarrollado en territorio africano. La caída coincidía con una situación económica marcada por la recesión y el desempleo en el país ibérico.

La Argentina, en tanto, se ilusionaba con llegar a la tercera Copa. Tenía a Messi en el campo, acompañado de otras estrellas argentinas que brillaban en Europa, y a Maradona como entrenador. Y nuestra economía surfeaba sobre un contexto internacional irrepetible. ¿Qué podía salir mal?

Sin embargo, el desarrollo de aquella competencia fue torciendo los destinos. Nuestra selección, que nunca terminaba de ensamblar sus piezas para lograr un juego a la altura de sus individualidades, se hundió al chocar contra Alemania, que nos propinó un devastador 4-0. El nuevo campeón mundial fue... España. Era el resultado de un largo aprendizaje que había priorizado el funcionamiento colectivo. 

Aunque aquella alocada teoría quedó enterrada por los resultados, hay algo en la suerte de la Argentina como equipo de fútbol que retrata de una manera sorprendentemente fiel nuestro destino como nación. Tenemos a los mejores pero una y otra vez volvemos con las manos vacías. Tan parecido a esa idea que repetimos desde hace décadas, la del “país rico” que sin embargo es cada vez más pobre.

Los buenos tiempos nos parecieron casi naturales. El primer Mundial en 1978, y a los ocho años, en la segunda competencia global después de aquella, en México, el segundo. Y al siguiente, en Italia, de nuevo en una final. La perdimos. Bilardo, abusando de sus teoremas, había rodeado a Maradona (que llegó al partido definitorio con su tobillo izquierdo convertido en una toronja) de jugadores que, en algunos casos, eran suplentes en sus clubes. 

Falta humildad

Lo que vino después es más conocido. Hubo otra final en 2014, en el Mundial de Brasil, de nuevo perdida ante los alemanes. Pero en todo ese tiempo casi nunca sentimos que el juego del equipo nos llenaba la mirada. Pasaron generaciones de grandes jugadores, llegó Messi, un pibe grandioso al que, por supuesto, no nos privamos de culpar de tanto fracaso aunque es su presencia lo único que da razones de verdad para pensar que la historia puede ser distinta.

Ahora llegó esta final sudamericana, nada menos que contra Brasil. Argentina se parece mucho más ahora que antes a un equipo. ¿Será porque su actual DT no tiene humos ni chapa de rockstar y sólo se dedica a hacer lo suyo?

Si la Selección acaba ganando, cortará una racha de 28 años sin títulos. Muchísimo para un país que alguna vez fue potencia en el juego. Sería un premio a una nueva manera de afrontar los desafíos, pensando más en el conjunto que en las partes. Si la suerte y el esfuerzo no alcanzan, al menos será una derrota digna.

En la vida de todos los días la Argentina también lleva una interminable sucesión de frustraciones. Hasta los que parecían buenos momentos fueron etapas en las que se generaban las condiciones para que luego todo estuviera peor.

Y aquí estamos, con el futuro convertido en un espacio repleto de interrogantes. ¿Qué futuro con una infancia y juventud diezmadas por la pobreza y el acceso precario a una educación que afianza el subdesarrollo?

En pocos días superaremos la línea de las 100.000 muertes por la pandemia de coronavirus. Hoy todos tenemos en nuestro inventario de dolores la partida de seres queridos que estarían aún aquí si el virus no hubiese llegado, si todos nos hubiésemos cuidado un poco más, si nadie se hubiese “adelantado en las filas”. Y la crisis por tanto terraplanismo persistente suma otro tipo de víctimas.

La incipiente campaña electoral se va acomodando sin novedades. Más de lo mismo. Un cruce de chicanas y facturas en la que las que brillan por su ausencia son las autocríticas.

Nuestros dirigentes, jugadores principales del torneo de nuestra historia, no no han dado ni un solo trofeo. Y los grandes partidos vuelven a apostar a sacar lo peor de sus electorados como estrategia central. Por ahora, nada que pase por la humildad y el entendimiento.

Nos deben un título, siquiera uno. Está claro que si no saben resolver la fractura que hoy parte al medio al país ninguna mitad podrá lograrlo sin la otra. Sus gritos y firuletes sólo entusiasman a los fanáticos propios. Si miran bien, las tribunas –como en casi toda esta Copa América- están vacías. Se irán llenado el día en que el juego esté a la altura de las circunstancias.

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