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Todo sucede de a poco

En General San Martín, el volcán entró en ebullición el viernes 11, cuando una pelea en el barrio Los Silos, que alberga a familias qom, hizo que dos patrulleros llegaran e iniciaran la faena de dispersión. Hubo disparos, corridas, ladrillazos, gritos. Cuando el silencio regresó, el cuerpo de Josué Lagos yacía sobre una vereda polvorienta. Ya estaba muerto. Un disparo lo había alcanzado. Su hermana asegura que ni siquiera participaba en los incidentes y que solamente charlaba con un par de chicos más.

Familiares, amigos y vecinos del muchacho reaccionaron con furia, dirigiéndose a un destacamento policial situado en el barrio.

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La edificación, bastante nueva, quedó convertida en ruinas. La muchedumbre destruyó y saqueó la dependencia, que la policía había dejado abandonada.

En paralelo, la justicia provincial ordenó el arresto de los cinco policías que habían participado en el procedimiento que desembocó en la muerte del joven Lagos, y eso activó otra reacción multitudinaria: la de familiares de los uniformados, con apoyo de policías retirados y vecinos, que reclamaban la liberación de los detenidos.

Las manifestaciones se fueron sucediendo en la semana que pasó, incluso en Resistencia, donde organizaciones políticas y sociales marcharon para exigir justicia, con la consecuente condena a los responsables del homicidio en Los Silos. En San Martín hubo reclamos similares. Pero fue particularmente impactante una caravana, organizada en apoyo del personal policial, por el número de participantes y porque durante casi media hora la marcha se detuvo para una virtual interpelación a cielo abierto a las autoridades policiales locales y al intendente Mauro Leiva, que aceptó dialogar con el gentío de manera directa en la vía pública.

Como sucede en este tipo de movidas, prácticamente todas las personas que hablaron fueron mujeres. Eran madres o esposas de policías contando las condiciones en las que trabajan los uniformados: habitualmente sin equipos adecuados y con la sensación de que en las situaciones límites no cuentan con respaldo político alguno. Las pancartas de los vecinos hablaban también del hartazgo por la débil respuesta del Estado al auge de la delincuencia urbana, una combinación de insuficientes acciones preventivas y represivas, condenas laxas y garantismo desbordante.

En ese trance, a Leiva debe reconocérsele audacia. El intendente, consciente de que si no decía lo que los manifestantes esperaban de él sería reprobado, se animó de todos modos a decir una verdad totalmente incómoda para quienes tenía enfrente: la muerte violenta de una persona no puede ser soslayada bajo ninguna justificación. Alguien la ocasionó y deberá responder por ello.

Las vacas se desatan

Pero lo que impresionaba en las imágenes de esa noche era la actitud de los vecinos movilizados, increpando a los principales dirigentes locales (en algún momento se sumó el padre de Leiva, Aldo, exintendente y ahora diputado nacional), sin medir consecuencias personales, pese a que cualquiera sabe que en los pueblos del interior el personalismo del poder está mucho más acentuado y cuestionar al caudillo de turno no es algo que no tenga costos.

Sin llegar a los extremos del oeste, donde los intendentes son en algunos casos virtuales monarcas medievales, San Martín y localidades de otras regiones de la provincia tienen lo suyo. Los Leiva se convirtieron en dinastía, como ha sucedido en otros municipios que también quedan en manos de familiares de intendentes legendarios. Un fenómeno que visto con ojos extranjeros hasta podría ser considerado un síntoma del perfil bananero de nuestra institucionalidad, pero que vivimos con naturalidad.

En San Martín, padre e hijo vienen manejando las cosas sin mayores sobresaltos. Aldo cumplió holgados mandatos como intendente, interrumpidos por un accidentado paso por el Ministerio de Desarrollo Social, en el primer mandato de Jorge Capitanich como gobernador. Allí estalló un escándalo por supuestas irregularidades en el manejo de tarjetas alimentarias, donde el entonces fiscal subrogante Gustavo Corregido apuntó directamente a su responsabilidad. Leiva salió del caso sin culpa ni cargos, y se vengó tiempo después expulsando a Corregido de un acto oficial llevado a cabo en su localidad ni bien vio al exfiscal ubicado en el palco de autoridades. Su estilo es así: rústico y sobreactuado. Mauro heredó la máquina en marcha y no encontró grandes dificultades en conocer sus calibraciones. Es más prolijo que su padre, pero algunos sectores -sobre todo los ligados con la producción rural- lo tachan de soberbio. Puede ser la escuela de la que mamó, o una percepción muy subjetiva de esos interlocutores de campo adentro. La realidad es que la familia viene ganando elecciones casi sin transpirar.

Sin embargo, lo que aconteció a partir del viernes 11 demostró, una vez más, que de las maneras más fortuitas hasta el más pintado puede encontrarse con que no tiene todas las vacas atadas. Ese nerviosismo existe y se convirtió, entre otras cosas, en ansiosos llamados telefónicos intentando frenar la difusión de las conmociones domésticas. Para algunas figuras, los medios siguen siendo los creadores de la realidad.

Asignaturas pendientes

Lo ocurrido en los últimos diez días podrá diluirse en el mar de cosas que se enciman jornada a jornada, o quizá cristalice en un movimiento más organizado e innovador, como los que en la historia cercana se llevaron puestos a clanes que parecían invencibles en Catamarca o Santiago del Estero. Imposible saberlo hoy. Lo que sí quedó expuesto es que hay, en ese océano heterogéneo que solemos denominar “la gente común” unas corrientes de insatisfacción y rabia que devienen de la frustración y pueden tornarse inmanejables. Porque si miramos bien, detrás de los hechos no hay más que necesidades y viejos problemas irresueltos. Anhelos y broncas que fueron subestimados cuando todavía sus poseedores eran capaces de tener paciencia. Por ejemplo:

-La incorporación digna de los pueblos originarios a la vida del país sigue estando lejísimo de concretarse. A cambio de eso se les ha dado la azarosa posibilidad de encontrar un buen lugar en la cooptación política de su condición de ciudadanos. Como símbolo, un organismo, el Idach, transformado en monumento a la burocracia como forma de traición.

-La inseguridad crece, y ni los policías son formados y reconocidos a la altura de sus responsabilidades, ni los delincuentes reciben las penas que les corresponden ni tienen una oportunidad real de cambiar de proyecto de vida una vez que el Estado los encarcela, ni reciben el trato privilegiado de sus colegas VIP, esos ladrones de alta gama que vacían presupuestos multimillonarios.

-Y la mayor asignatura pendiente de todas: en todo el país seguimos sin sentirnos parte de un proyecto común. Lo grave de “la grieta” argentina es que no divide entre concepciones de la nación que difieren en matices, sino entre modelos de vida y sistemas de valores tan distintos que en la mayoría de los casos son directamente opuestos y excluyentes. El descomunal desafío de quienes nos gobiernan ahora y quienes vayan a hacerlo en el futuro es encontrarle una salida a ese laberinto.

Cuando las circunstancias cambian drásticamente, es muy raro que eso se haya desarrollado en un instante. Casi todo lo importante se constituye de a poco. Es la sumatoria de pequeños movimientos, de diminutos giros, lo que define el todo. Aunque los últimos segundos antes del estruendo nos hagan pensar que la historia cambió de repente.

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