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Hildo Coria Gutiérrez

El crack charatense de Juventud Unida brilló en la Liga del Noroeste en la década de los ´80. Su talento se prolongó luego en su hijo Enzo Gutiérrez -exBoca Juniors y Universidad de Chile, actualmente en Universitario de Perú.

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Hildo Coria Gutiérrez con la roja de Juventud Unida

En los recreos de la escuelita de Pampa del Cielo (por el camino del Teléfono,, entre Charata y Villa Ángela) Hildo, tímidamente, observaba desde un costado cómo la pelota de medias nos tenía encantados; su introversión respondía a dificultades orgánicas crónicas, como las persistentes otitis. Intervenía de a ratos, los suficientes para mostrar atisbos de un dominio armonioso que luego supo trasladar al juego-deporte. 

Por su redondez perfecta, la enorme pelota de medias de nylon hasta podía picar, excepto en las mañanas con rocío, cuando la tierra se le amuraba. Comenzaban los ´70 cuando el siniestro fatal de su hermana Isabel mudó a la numerosa familia al pueblo, muy cerca del Club Juventud Unida, donde vestido con sus colores rojos fue orgullo del barrio. 

  Reforzó a cuánto equipo de su Liga lo solicitara, y con Unión de Pinedo compitió, aunque de forma efímera, con lo mejor de AFA del momento. Un fuerte apego a su madre lo privó, acaso, jugar en escenarios mayores. De porte inconfundible apenas ingresaba en la cancha, como en un ritual, con la puntera de sus botines golpeaba repetidamente al piso amoldando su calzado para controlar mejor la pelota.

Perteneció al lote de aquellos “10” que no tenían camiseta, esos que apenas se movía la pelota ya eran de todos. ¿A quién se parecía jugando? Salvando distancias, a Román, por técnica, panorama y la forma de cubrir la pelota. Eran sistemáticos los golpes a las pantorrillas que recibía de sus marcadores, un recurso para quitarle el balón. 

Hasta que un día, uno de sus hijos, Enzo Gutiérrez, con apenas 11 años, situó a su infancia en las antípodas de lo que había sido la suya cuando superó una prueba en Boca Juniors; punto inicial de su exitosa carrera. Enzo (por Francescoli) debutó en la primera de Boca Juniors, siguió como goleador en distintos clubes chilenos y hoy sigue jugando con Universitario de Lima. El hijo trasladó al viejo crack a una variedad de escenarios más deslumbrantes, lo que su padre tenía pendiente.

-¡Qué ironía de la vida! Vos no quisiste salir del barrio, sin embargo tu hijo no dudó en ir tras sus sueños…

-Desde muy chiquito, cuando nos dijo que quería ser jugador, verlo crecer tan lejos nuestro fue muy duro. Pero fue su elección, no se lo impusimos. Fue elegido después de una prueba en Casa Amarilla, sin embargo me lo traje conmigo, sorprendiendo a sus tíos que iban a ser tutores. Nos estábamos despidiendo en la puerta del colectivo que me traía a Charata, cuando su llanto me quebró… entonces lo subí al “cole” para traerlo conmigo. Pasó una semana y volvimos a Buenos Aires, a pesar del sufrimiento. Siempre agradezco a mis hermanas, que lo contuvieron mientras vivió en Buenos Aires, de otra manera no hubiera llegado.   

-Alguna vez estuviste a punto de firmar para el Estudiantes de la Plata que dirigía Bilardo… 

-Cuando los juveniles de Estudiantes de la Plata fueron a jugar un amistoso en Pinedo contra el Juvenil de la Liga, me invitaron para una prueba de diez días. Allá, contra los titulares, me salieron todas. Hice hasta un gol después de gambetear a cinco jugadores, incluyendo al arquero. Los jugadores de la primera me trataron como a uno más, y si no regresé para jugar fue solo por una torpeza mía. El club me pidió un número de teléfono fijo en Charata para llamarme, pero no sirvió de nada, ya que quedé a trabajar por unos meses en Ciudadela. 

-Fue un acierto de tu madre que los llevara a vivir al pueblo…

-Mi madre, después de cobrar un dinero por el accidente de mi hermana, nos llevó a vivir a una casita que compró cerca de la “Yuve” (Juventud Unida). Hoy seguimos en el mismo barrio, viendo al Enzo por la tele. Creo que él tuvo el carácter que a mí me faltó. Allá en el campo, con mis ocho hermanas había pasado muchas necesidades, pero al jugar para Juventud el intendente Ferrer me dio trabajo en su taller, luego ingresé en Secheep, donde me jubilé. Por Enzo conocí lugares que jamás hubiera imaginado, como cuando estaba con la “U” de Chile y me llevó hasta la concentración de la selección argentina que disputaba la Copa América. Compartí algunos minutos con los jugadores que tanto admiro, eso no tiene precio.

-El 29 de octubre el humilde Juventud Unida cumplirá 100 años. ¿Cómo se están preparando para una fecha que amerita ser inolvidable?           

-Ojalá se pueda hacer y estemos todos para  recordar a los que jugaron, como también a los que no, a toda esa barriada humilde donde nos conocemos todos. Cuando llegué al club este no tenía ni personería jurídica y fue el doctor Sánchez (presidente) quien inició el camino para tenerla. Después vinieron los cinco títulos, donde en tres de ellos fui jugador, en otro su técnico, y el último su presidente, cargo al que llegué sin haber gestionado jamás. Lo hice porque no quería que el club despareciera. Lo poco o mucho que tengo se lo debo a los que aman a Juventud, yo solo le entregué lo único que tenía, que era jugar. Si hubiera seguido en el campo tal vez hubiera terminado como tractorista o vaya a saber qué. Acá en el barrio conocí a la mujer que me dio mis hijos, a quienes adoro por igual, aunque es Enzo por quien todos me preguntan. Es así, el fútbol es pasión, y él cuando puede se da una vuelta por el barrio. 

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"Por Enzo conocí lugares que jamás hubiera imaginado, como cuando estaba con la “U” de Chile y me llevó hasta la concentración de la selección argentina"

En 2018 Hildo volvió a Chaco For Ever para un partido entre amigos, ahí donde con Unión de Pinedo habían hecho de locales. Treinta años habían pasado cuando nuevamente el 10 gambeteador, ahora mucho más lento, se paró sobre un costado del ataque. Como antes, golpeó las punteras contra el piso, como avisando a la pelota que había regresado. Y ella voló a su encuentro para bajar mansamente sobre su empeine derecho, con esa misma sutileza que había aprendido con la pelota de medias en la escuelita del campo. Sin egoísmo, la cambió de frente para que otro definiera. Fue un gesto técnico que llevaba su impronta, ¡cómo olvidarlo! Hildo “Maneiro” (así lo habían apodado cuando chico) entregaba el balón como un mimo.   

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Los Coria Gutiérrez en familia: Soledad, Luciana, Hildo, Griselda, Cristian, Enzo (continuador del legado) y Alejandro.

Cuando casi abandona el fútbol

“Después de la prueba en Estudiantes de la Plata mis hermanas me llevaron a trabajar con ellas en una fábrica que era de un japonés sobreviviente de Hiroshima. Me conmovían sus historias, como la del día que lanzaron la bomba atómica y él había estado en su refugio (sótano), curando soldados heridos. El Japonés  me enseñó el oficio para que cuando se retirara le manejara todo. Aprendí a manejar las calderas de la fábrica y ganaba bien. Mi madre había quedado en Charata y como no pensaba en dejar su casa entonces pegué la vuelta para estar con ella. Hace poco volví a ver al Japonés, que debe andar por los cien años; se emocionó mucho cuando le conté que mi hijo Enzo había conocido Japón durante un viaje con los infantiles de Boca. Por trabajar en su fábrica casi olvido el fútbol; lo mismo creo que me gustaba jugar, lo que no me convencía era la vida de las concentraciones. Chaco For Ever me tentó varias veces, también les dije no, y si jugué para Unión de Pinedo fue solo porque me quedaba cerca”

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