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El hombre que curaba a los caballos 

Hace años leí un cuento de Sam Shepard en el que un hombre curaba a los caballos. Los educaba cuando se mostraban desobedientes, los corregía para siempre.

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Este asunto volvió ayer por la tarde: me visitó un amigo de la infancia, hijo de un tambero que supo tener su establecimiento en una colonia cercana a Resistencia.
Empezamos a matear hablando de aquellos días de campo en el tambo, de los gritos de los pavos, de los mugidos de las vacas mientras las ordeñaban, de aromas húmedos y verdes, de las salidas trotadoras en nuestros petisos gordos y dormilones, y así, sin buscarlo, cayó el tema del Chato Juan, puestero de un campo vecino, que también curaba los caballos y que era nuestro amigo. 

Tendría cerca de cincuenta años, era charlatán, muy gracioso en sus dichos.
Un día nos invitó a asistir a la sanación de un caballo “embichado”. Mi amigo y yo andaríamos en los doce y nos unimos sin dudarlo. Llegamos al potrero y un caballo solitario, oscuro y decaído nos recibió con una honda mirada triste. Era impresionante ver la cantidad de gusanos que bullían en una herida abierta en la panza del animal. Se ensartó con una espina de vinal y el dolor lo hizo vagar sin sentido por todo el campo hasta que se guareció en este corral, dijo el Chato Juan.

Se acercó al caballo con sumo cuidado. Un animal furioso de dolor puede desatar un infierno de patadas y mordiscos. En tanto le acercaba la mano a los belfos, vi el temblor del miedo. Fue entonces que Chato Juan comenzó a susurrarle palabras, lo palmeó, cerró los ojos al cielo y rezó algo que no escuchamos. El enfermito corcoveó hacia un costado y miró de frente al humano que le oraba. El potrero era un barrial indescriptible, un picadero en el que era difícil dar dos pasos consecutivos. La greda te chupaba la alpargata. El Chato pidió que nos quedáramos quietos.

Sacó su facón, que traía atravesado a la espalda, ajustado por la faja de su bombacha, se agachó y con cuidado de cirujano extrajo del barro una huella del animal y la dio vuelta. Y volvió a rezar algo que decía Dios conoce tu bicherío. Estuvo un rato tomándole la pata y la dejó con un suspiro. Se puso de pie, hizo la señal de la cruz y nos dijo vamos a dejarlo solo para que se cure en paz.

Al crepúsculo volvimos sin el Chato y allí vimos al caballito oscuro, relinchando como un desaforado, agitando las crines, las orejas paradas y trotando pegado a las maderas del corral.

Ya está curado, dijo la voz del Chato, avanzando desde la oscuridad que se cernía a nuestras espaldas. Se metió en el barro y levantó un puñado de gusanos muertos y nos dijo: Ahora está feliz, el guacho. También cayó la luz en el patio de mi casa y cambiamos el mate frío por un trago ardiente de caña paraguaya "Palanca".

El Chato Juan, nos contaron, se desnucó al caer desde lo alto de un caballo retobado que no lo quería encima. Nos inundó el silencio que trae en los ocasos el río. Tá buena la caña, Miguel, arde nomás un poco- me dijo. Y brindamos por el Chato. 

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