La relación entre el médico y la persona mayor
El respeto a la historia y a las creencias del paciente adulto mayor y su entorno es la base de una casa que se construye de a poco.

Una medicina basada en la evidencia pero ejercida con una mirada cálida del otro lado, sabiendo que no todo es una dolencia física, que no todo se soluciona con un comprimido y que, en muchas oportunidades, el dolor del alma es el motivo que surge en un consultorio que escapa de lo convencional y estricto en la práctica médica, que excede los manuales de diagnóstico y terapéuticos.
Así, nos encontramos con una realidad diferente a la hora de iniciar un primer contacto con la persona mayor. Se necesita una hora, o más, para tener una aproximación al “todo” de la persona; no alcanza con rellenar espacios vacíos en una historia clínica, ni un examen físico riguroso. Muchas veces -sino todas- es primordial el contacto humano, la posibilidad de empatizar con el otro, de colocarse en sus zapatos y reconocer sus emociones, sus sentimientos.
Es necesario que la relación trascienda lo profesional para poder tocar fibras más profundas desde lo humano. De esa manera, el profesional médico pasa de ser un recurso humano que se encarga de escudriñar los aspectos de salud –enfermedad para conseguir una solución o tratamiento, a un confidente capaz de reconocer al otro más allá de la enfermedad. En definitiva, una relación dinámica donde ambos componentes se nutren uno del otro.
Antonio J. Campos dijo una vez: “La medicina está hecha de la textura la que están hechos los sueños”. Entonces, ¿cómo uno podría hacer medicina sin cuidar al otro, como cuidamos y protegemos nuestros sueños y anhelos?, ¿cómo no tratarlos con la delicadeza que se merecen?. ¿cómo no pensar en otra forma de conectar, diferente, humanista y empática?
En esta dinámica, y apartándonos un poco del concepto romántico que se plantea en este acuerdo, hay que recordar que esta relación es un intercambio continuo: el médico es depositario de miedos, dudas, incertidumbres, y trata, desde su sapiencia (y, por qué no, también desde su corazón) de resolver, acompañar y guiar a la persona mayor en este tránsito, con las características propias de esta etapa. Evaluando las enfermedades y los tratamientos recibidos, analizando estudios complementarios y, como piedra angular, identificando la funcionalidad de la persona, su calidad de vida, y pactando objetivos con el paciente y la familia, recordando siempre que el trabajo se realiza en equipo, no es un sistema vertical donde el médico indica y el paciente hace. Desde el primer momento hay que reconocer que estos lazos formados en consulta deben reforzar continuamente; no existirían de otra manera.
Está demostrado científicamente que el éxito de un tratamiento se basa en este acuerdo, cuando el paciente se reconoce y es reconocido como actor principal, no como reservorio de indicaciones y tratamientos. Así, al llegar a los objetivos marcados, la persona mayor reconoce el éxito como propio, y su intervención es fundamental para la recuperación o el mantenimiento de la salud y el impacto funcional, social y afectivo que se desprende de ello.
Al marcar un camino diferente en las visitas a los profesionales médicos, se reconoce indefectiblemente que la medicina, sin amor a la humanidad, no es medicina; que el adulto mayor tiene derechos que deben ser respetados, una historia que necesita ser escuchada, miedos que deben ser interpretados y esperanzas que deben ser abrazadas.
*Médica especialista en geriatría, evaluación y tratamiento del dolor en personas mayores y docente de la Facultad de Medicina-UNNE; colabora con la Fundación Puente a la Vida.
Invitamos a la comunidad a acercar a la Fundación donaciones como prendas de vestir, calzados, y elementos de cuidado personal que no utilice, como bastones, chatas, andadores, que destinaremos al cuidado de personas mayores que residan el instituciones de larga estadía con escasos recursos. Consultas: 4451994 - [email protected].










