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Sergio Schneider

Columnista

Los herederos de Ícaro

No son pocos los argentinos que se han ido del país en los últimos años, apremiados por sus perspectivas. Cuentan, para nuestro asombro, que en otras tierras cualquier trabajador registrado puede con su ingreso aspirar a adquirir una vivienda –que pagará durante muchos años de su vida pero de manera previsible-, que puede además acceder a un vehículo y que un viaje familiar de vacaciones es algo que está al acance de todos. No hay necesidad de pagar colegios privados ni medicina prepaga, porque la enseñanza pública funciona con calidad y la seguridad social también. Tampoco hay que consumir demasiado combustible, ya que el transporte público permite todas las combinaciones a un costo muy bajo y en condiciones confortables. Y como el sistema marcha sin grandes inconvenientes, toparse con un hecho de inseguridad es una rareza.

Lo que esos relatos tienen de triste es que la Argentina alguna vez formó parte de ese mundo. Hoy la realidad es bien otra. Hay chaqueños que llevan décadas aguardando por una casa propia que probablemente nunca reciban. Dejaron carpetas en el Instituto de Vivienda, donde las reglas cambiaron permanentemente, o se embarcaron en créditos bancarios que las autoridades prometían que serían totalmente cumplibles hasta que, como era de esperar, acabaron arruinándolos.

Según un estudio del sector inmobiliario, publicado en diversos medios en noviembre del año pasado, un trabajador situado en la franja del 10% con menores ingresos necesitaría guardar completo su salario durante 27 años –a valores constantes- para poder comprar una vivienda de tres ambientes. La medición se hizo para Capital Federal. El diario Los Andes calculó, para Mendoza, que ese mismo trabajador necesitaría casi siete años de ahorro absoluto de su remuneración para adquirir una vivienda de tipo social y 22 años si su meta fuese una casa más amplia, de 136 metros cuadrados.

En junio de 2020, un empleado en relación de dependencia que percibiese un salario medio necesitaba 32 salarios para poder comprar un vehículo mediano. Hoy, por la fuerte suba de los precios en el mercado automotriz, la relación seguramente es peor. La otra opción son los créditos con tasas que rondan el 90% anual o los planes de ahorro que, inflación mediante, se convirtieron en una trampa letal para hogares que comenzaron pagando cuotas de aproximadamente seis mil pesos por un coche y hoy deben abonar hasta cinco veces ese importe, sin que –obviamente- sus remuneraciones hayan evolucionado al mismo ritmo.

La idea misma del ahorro parece una broma de humor negro para cualquier trabajador. La canasta familiar calculada por el Indec está en el orden de los 60.000 pesos mensuales (para nuestra provincia, Isepci Chaco midió un requerimiento familar mensual de 57.375 pesos), una cifra que sólo una minoría alcanza en el mundo laboral local. Considerando una canasta más amplia –y se podría decir que más realista-, la comisión del gremio ATE en el Indec midió el mes pasado una necesidad de gastos por un total de 92.928 pesos para cubrir alimentos (la tercera parte del total) y otros consumos básicos.

MARCHE PRESO

Sin embargo, los trabajadores suelen ser tratados por los gobiernos como si fuesen culpables de algo. Como si se tratase de portadores de un privilegio que hay que castigar. Hasta la reciente reforma de los parámetros de imposición del Impuesto a las Ganancias, sólo un 15% de los trabajadores que cobran salarios por encima de la línea de pobreza no estaba alcanzado por ese gravamen. Para miles de otras personas, pasarse unos pasos de esa línea fatídica significaba encontrarse con el tributo que se supone le debería meter la mano en el bolsillo a las franjas de ingresos muy acomodados, no a meros supervivientes.

En 2020 la Anses pagó 380.883 menos asigaciones familiares a trabajadores en relación de dependencia. ¿Por qué? Por despidos y porque los topes para percibir esos beneficios son tan magros que con salarios discretos los beneficios son módicos. Por ejemplo, la asignación por hijo para una familia con un ingreso total de 60.000 a 90.000 pesos es 2.709 pesos. Al mismo tiempo, la Anses agregó el año pasado 211.136 pagos de la Asignación Universal por Hijo.

En 2020 se perdieron 1.059.000 puestos de trabajo, tragedia que alcanzó principalmente a los empleados en negro. El trabajo no registrado vuelve a expandirse, ante la profundización de la crisis y la voracidad fiscal. A largo plazo será una catástrofe social mayor a la actual. Por ejemplo, un relevamiento entre las 9 millones de personas que el año pasado cobraron el IFE (Ingreso Familiar de Emergencia, diez mil pesos mensuales que se abonaron durante algún tiempo en la primera parte de la emergencia sanitaria), arrojó que el 70% nunca hizo aportes a la seguridad social o lo hizo durante escasos meses de su vida. Sólo un 3% hizo aportes de entre 10 y 20 años. Es un beneficio que en el Chaco fue percibido por 46% de la población, proporción sólo superada por Santiago del Estero (49%). Es decir, hablamos de una legión descomunal de argentinos que no tienen una cobertura médica pero que además difícilmente llegue a estar en condiciones de obtener alguna vez una jubilación.

TAMBIÉN DESIGUALES

Por si faltara algo, la desigualdad impera. El ingreso per cápita promedio de la población subió en 2020 el 18,4 %, la mitad de la inflación, que fue del 36,|%. El 10% más pobre se quedó con el 1,5% del ingreso total, y el 10% más rico con el 31,7%. Es una brecha de 21 veces.

A valores internacionales, los salarios de nuestro país se volvieron insignificantes. Pero lo peor es que no somos parte solamente de un país en crisis. Somos parte de un país que no encuentra –porque no busca- el rumbo. Nos burlamos de los terraplanistas, pero los votamos desde hace muchísimo tiempo.

Lo que han logrado es destruirle a la gran mayoría de los trabajadores el derecho a levantarse cada mañana viendo un futuro por delante. Le quitan con impuestos delirantes una porción insólita de sus sueldos, y le trituran el resto con una inflación que es producto del gasto irresponsable de los recursos públicos. Total, la culpa siempre será del Fondo Monetario, de la sequía, de que las vacas no son esféricas. De que el mundo gire para acá y no para allá.

Como Ícaro, a quien su padre, Dédalo, le fabricó unas alas a fin de huir de la isla de Creta, el laburante argentino hace lo que puede con las suyas. Aletea y aletea, buscando esa resbaladiza altura que evite que el mar lo devore o que el sol derrita la cera que mantiene unidas las plumas. Un vuelo sin victorias, apenas con treguas.

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