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El hundimiento del Belgrano

Es el único barco hundido en una guerra por un submarino nuclear. La mitad de los argentinos muertos en Malvinas quedaron en altamar.

Era alto como un edificio de cuatro plantas y se extendía a lo largo de dos cuadras. Había nacido en 1938, en los astilleros de Candem, Nueva Jersey, cuando la destrucción de la crisis del 30 estaba en su apogeo y cuando la II Guerra preparaba nuevas destrucciones. Para conjurar ese oscuro presente lo llamaron USS Phoenix, nombre capaz de reunir la ancestral convicción religiosa de la resurrección con la aspiración guerrera de la indestructibilidad. 

Durante buen tiempo el acero flotante del Fénix honró esa poderosa ilusión: salió indemne de la ratonera en que se había convertido el puerto Perla en la bahía de Honolulu en diciembre de 1941, y con la misma suerte estuvo entre los ganadores de la Batalla del Pacífico.

En la Argentina

Cuando era un adolescente, en 1951, fue comprado por el gobierno argentino para su marina de guerra. Lo nombraron 17 de Octubre, con la esperanza de transferir a su casco el aura de una gesta popular que había hecho historia. Aún con su nombre peronista, fue usado como nave insignia de los golpistas que derrocaron al gobierno que lo adquirió, quienes bien pronto lo rebautizaron General Belgrano, nombre militar de un civil que había fundado una escuela para navegantes que debían instruirse para transportar a lejanos puertos las riquezas de la tierra natal.

En operaciones

Años más tarde fue el primer buque argentino equipado con un sistema misilístico, anduvo por el canal de Beagle en 1978, y desde los primeros días del año fatídico de 1982 sus 13 mil toneladas se desplazaban por el sur del Mar Argentino y sus quince cañones de 152 mm practicaban puntería frente a la isla de los Estados.

El 2 de abril completó su tripulación de 1093 hombres y recibió orden de guardar el acceso sur al teatro de operaciones de la inminente guerra, a unos cientos de kilómetros de las Malvinas. Hacia fines de mes, el portaaviones 25 de Mayo se aproximaba por el norte a los portaaviones ingleses que operaban al este de las Malvinas, y al Belgrano se le ordenó desplazarse hacia el noreste, para formar una pinza con el primero. El 30 de abril, su capitán Héctor Bonzo fue autorizado a disparar a cualquier navío o avión inglés que se pusiera al alcance. Ya entonces, el submarino nuclear inglés HMS Conqueror lo vigilaba, y esa misma noche la primera ministra Margaret Thatcher recibió el informe.

En la guerra

El dispositivo táctico del que participaba el crucero Belgrano.

   Kevin Nichols era uno de los 100 hombres en el submarino HMS Conqueror. Operaba el sonar y fue el que primero que detectó la posición del ARA Belgrano. “Pasé el informe a la siguiente guardia. Podía ser cualquier cosa, un pesquero, cualquier cosa. Pero el capitán Wreford-Brown ordenó el descenso a 70 metros y que nos pusiéramos detrás de la hélice. El sonar había visto al petrolero (reabastecedor), y no tardó en hallar al Belgrano”. Era el 30 de abril. El 1 de mayo, la aviación inglesa comenzaba a bombardear Puerto Argentino.

El 2 de mayo, el almirante Lombardo, jefe de operaciones de la Armada Argentina, ordenó que el Belgrano retornara temporalmente sobre su rumbo, hacia el oeste. El Conqueror, que ya nunca le perdió el rastro, lo seguía. El gobierno de Londres y el comando inglés en operaciones habían concluido que el hundimiento del Belgrano era el golpe que necesitaban dar. Y a primera hora de la tarde, el comandante del batallón de guerra Sandy Woodward radió la orden de disparar. 

Los torpedos

El Conqueror tenía dos clases de torpedos: los Mark XXIV Tigerfish y los Mark VIII. Los primeros eran novedosas máquinas de guerra que se disparaban a mayor profundidad que el calado del buque; cuando el torpedo pasaba por debajo detectaba el barco por medios magnéticos y estallaba, arrancándolo del agua y partiendo el casco. El Mark VIII, en cambio, era un viejo veterano de la II Guerra, diseñado en 1939, que estallaba por impacto. 

Consultado por Wreford-Brown, el jefe de torpederos Bill Budding le ofreció su análisis técnico: “Puedo armar los Mark VIII en cinco minutos. Los Mark XXIV me llevan más de media hora y no sé si funcionarán, porque nunca he disparado uno. El Belgrano es un crucero de 1938; nuestros Mark VIII deben poder con él”. Cuando los torpedos estuvieron listos, el submarino tomó posición a unos 5 kilómetros a babor del Belgrano. Eran las 4 de la tarde.

Los impactos

Los soldados argentinos estaban en el cambio de turno, unos venían a tomar sus puestos y otros comenzaban a dejarlos, por lo que en algunos sectores podía haber hasta el doble de dotación. Como en la sala de máquinas, donde el brutal impacto de 400 kilos de explosivos destruyó el casco. 

Como un volcán, una vorágine ardiente que arrastraba traviesas de hierro, tuberías retorcidas, paneles de chapa, comenzó a ascender perforando las cubiertas y arrasando vidas. Un instante después el segundo torpedo impactó en la proa y la arrancó. El buque se hizo quince metros más corto, todas las luces y los sistemas de comunicaciones se apagaron y comenzó el zafarrancho de siniestro.

En el Conqueror supieron que habían acertado. “Sentimos los dos impactos. Es obvio que no vimos el buque, solo lo oímos. Nunca vimos a nadie, no conocimos a nadie. No vimos ningún rostro. Solo vimos después, en el diario, que toda esa gente había muerto”, cuenta Kevin Nichols. 

El Belgrano comenzó a escorarse rápidamente. Todas las compuertas de la cubierta principal se abrieron y los tripulantes corrieron a buscar a sus compañeros en la enfermería, en los camarotes, y llevarlos a cubierta, donde los enfermeros aplicaban morfina y trataban de auxiliar a los quemados. Varios comenzaron a arrojar las balsas por la borda, para que se abrieran al impacto contra el agua. Otros, que habían intentado rescatar heridos en los sectores de los estallidos, no volvieron. 

El hundimiento

A las 16.23 la escora superó los 10 grados y el capitán Bonzo ordenó la evacuación. Había más de 50 balsas dispersas junto al casco, pero el humo las ocultaba y la marejada las dispersaba, así que a algunas subieron decenas de marineros y en otras solo cuatro o cinco, todos empapados, muchos heridos. 

Temían que si el buque daba una vuelta de campana, la succión del hundimiento los arrastraría al fondo. Con las manos, o con cualquier objeto, apropiado o no, comenzaron a remar para apartarlas del casco, que seguía inclinándose, pero el viento no los dejaba. Repentinamente, un alto oleaje golpeó el casco a babor y volvió, permitiendo alejar las balsas unos cientos de metros. A las 17, el Belgrano estaba casi acostado sobre la superficie: sin vuelta de campana, la popa se deslizó con suavidad y el buque se hundió verticalmente en el abismo.

A kilómetros de distancia, el sonar del Conqueror grabó el último estertor del Belgrano. “Suena como una gran araña de cristal que se rompe lentamente. Cuando el agua helada del mar envuelve las calderas, el choque térmico suena como cristales que se rompen”, contó Terry Sharp, que estaba en la sala de comunicaciones del submarino. Después, un silencio de muerte cubrió el lugar.

La deriva

En la superficie, casi 800 hombres empapados se apretujaban en medio centenar de balsas que derivaban al garete. Esa misma noche, una tormenta con vientos de más de 100 km por hora las sacudía con violencia y amenazaba con sepultarlas entre paredes de agua revuelta. 

“A veces, el aullido del viento parecía amainar. Se hacía un silencio, y una ola gigantesca caía sobre el techo de la balsa, hundiéndonos a todos. Y el viento volvía a aullar y a sacudirnos”, recuerda Santiago Belozo, tripulante del Belgrano.

La caída de la noche, y la misma tormenta que azotaba las balsas, impidieron cualquier intento de rescate inmediato. La mañana del 3 de mayo, cuando cuatro aviones y cuatro buques iniciaron la búsqueda, los sobrevivientes estaban a casi 100 kilómetros del sitio del naufragio. Recién a las 13, y con mal tiempo constante, desde uno de los aviones divisaron un campo de balsas dispersas en varios kilómetros a la redonda.

El rescate

Cuando el primer barco de rescate, el destructor Piedrabuena, llegó a la zona, los marinos del Belgrano llevaban 24 horas heridos, quemados, con hipotermia, con algunos compañeros muertos junto a ellos. La tormenta que azotaba el Atlántico continuaba, apenas disminuida su furia de la noche. 

Los últimos náufragos fueron rescatados el 4 de mayo: 770 hombres con vida, 23 fallecidos. Otros 300 habían muerto en el sitio del hundimiento. Algunos consideraron que la acción del submarino inglés fue un crimen de guerra, por haber sucedido fuera de la imaginaria “zona de exclusión” en torno a Malvinas. La Armada Argentina lo consideró un “acto legítimo” y retiró definitivamente todos sus buques del teatro de operaciones. Los ingleses lo tomaron como una gran victoria.

Pero los fuegos de la guerra y los crímenes legítimos continuaron, por tierra y por aire, durante un mes y medio más. De las cenizas que dejaron aún no salió ningún Fénix.

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