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Tan lejos del edén

Hay una pequeña casa de madera, es vieja, su galería se ve medio derruída. Hay nidos de palomas y dos farolitos colgados del techo repletos por dentro de bichos muertos. Está rodeada por quince hectáreas de campo. Se acaba de levantar una cosecha de sorgo, es fácil de advertir. 

Junto a los árboles que se erigen detrás de la casa, una abollada camioneta Dodge descansa a la sombra. Un hombrecito panzón, de nariz grande, tal vez de poco más de sesenta años, se pasea nervioso en el patio de tierra en el que pululan inexplicables tréboles. 

La media mañana repinta de color mostaza la casita y dora la escena como si estuviera descendiendo algún dios del cielo. Ve pasar a los lejos los camiones cargados de granos rumbo a los molinos. El hombrecito panzón se observa las mangas de la camisa, hace un gesto de desaprobación y piensa que una camisa a cuadritos azules y rojos no es la adecuada para la ocasión. Tampoco es nueva, tiene el cuello percudido. 

Entra a la casa, se mete en el cuarto y busca en el ropero. Se cambia la camisa. Ahora es blanca (aunque un poco arrugada) y luce mejor en su cuerpo robusto, más elegante si se quiere. Se vuelve a perfumar con un golpe de Gillette After Shave, se mira al espejo y al sonreír, el bigote se le estira como un bandoneón de pelos blancos. Ahora sí es otra cosa, piensa. 

Antes de salir de la casa, abre la heladera, toma una botella de leche, piensa un instante, la deja y cierra la puerta. Se encamina a un bargueño de madera gastada, agarra la botella de ginebra, vierte un poco en un vaso, y se la toma de un saque.

Ya en el patio, la brisa tibia lo reanima. La ansiedad lo está matando, Retoma sus caminatas en círculo en el patio, siente cómo el sabor de la ginebra le inunda la boca y piensa que debería tener siempre unos chicles para enmascarar el tufo. Un carro cargado de hortalizas se detiene a unos metros y baja un chiquilín. Corre hacia el hombrecito panzón, pegando unos grititos destemplados:

-¡Don Eugenio! ¡Don Eugenio! Está entrando el tren a la estación.

El muchacho se detiene frente al viejo, jadeante, esperando la propina prometida. De esa conmoción no puede reparar en cómo la piel del viejo se tiñó de un rápido rosado. Murmura algo, mete la mano en un bolsillo, saca un bollo de billetes, desenrosca un billete de cien pesos y se lo entrega al chico.

Muchísimos años atrás, Eugenio Pardo se casó con una muchacha que había heredado un campo extenso y fértil tras la muerte de su padre. La muchacha no era lo que se dice una mujer hermosa, pero era muy atractiva, alta y tranquila; por encima de todo, era joven. 

En el pueblo todos se preguntaron por qué se había casado con un hombre pobre, tan mayor. Hacia aquellos años, el paraje era mucho más desolado que en los días actuales, de manera que la pareja se deslomaba trabajando de sol a sol, junto a unos cinco peones, en el cultivo de granos y el cuidado de un puñado de vacas.

Otilia, así se llamaba la muchacha, cocinaba para su marido y empleados, compartían la mesa silenciosa del mediodía y quedaba liberada de la atención de los peones en las noches. No tuvieron hijos, el matrimonio derivaba en un cariño manso, de raleadas palabras y gestos. En las noches profundas, entre los cantos de los grillos y las ranas, tomaban mate después de la cena con los ojos perdidos en la negrura. Cuando sucedieron los hechos, nadie en el pueblo lo pudo creer. Y menos que Otilia estuviera involucrada.

Eugenio Pardo, con los años, fue perdiendo su severidad y cada tanto, en su camioneta, se llegaba al pueblo para reunirse con su primo en el único bar en varios kilómetros a la redonda, “El rebenque”, de la familia Ulbrich.

Una noche de finales de un otoño lluvioso, a mitad de una botella de vino resinoso, chispeados los dos, el primo de Eugenio Pardo, con una delicadeza de bailarina clásica, le contó que Otilia tenía un amorío con uno de sus peones, el Gringo Hochuk.

De aquella velada sólo han quedado confusas versiones, todas confirmando que Eugenio se retiró del bar gritando, jurando matar a su mujer, pateando sillas, mesas y hasta al mendigo que pedía en la puerta del local. Cuando llegó a su casa, Otilia y su ropa ya no estaban.

Hoy, veintidós años después, aguarda que regrese en el tren que llega de Buenos Aires. Todos los sábados repite esa espera.

Vuelve a perfumarse, se observa en el espejo, se toquetea la papada. Se retira un segundo y regresa al espejo. Se mira fijamente, su rostro parece de cerámica, después de un largo momento, el hombre panzón deja que una lágrima, una sola lágrima, se desmorone sobre sus belfos. 

Ya no puede más. Sabe, como siempre supo, que no volvería.

Lento, se encamina hasta el pueblo, sumergiéndose en el polvo que el viento arranca del camino. Ya no puede más, quiere contarle al comisario que, hace muchos años, mató a su mujer.

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