Arcilla cruda

A veces sueño que Kero ha muerto. Me oigo llorar, entonces, y abro los ojos. Tras los dos segundos en los que la consciencia no logró despabilarse, aún en el entumecimiento de las ideas que el cuerpo se permite antes de activar la geolocalización, se me olvida que Kero ha muerto. Casi he llamado tres veces Kero al conejo. Pero nunca termino de hacerlo. El nombre se filtra antes de llegar a la lengua. Suena solo en mi cabeza.
Los recuerdos se modifican cada vez que se evocan. La memoria pellizca, suaviza, remoldea lo vivido para que se ajuste a las emociones con las que se solicita. Las bolitas de colores, colocadas en estanterías, que contienen los recuerdos son en realidad de arcilla cruda. Cada manipulación las altera. Daniella Schiller, neurocientífica de la facultad de Medicina del Mount Sinai, dice que los recuerdos son lo que somos. Por atravesarnos cada vez que los buscamos, lo que fueron deja de ser. “Nada lava tan blanco como la memoria”, tuiteó hace unos días Beatriz Manjón.
La primera vez que vi a un conejo era una familia de liebres. Corrían delante del coche al volver del campo, saltaban desde los laterales del camino y cruzaban la vereda como rayos horizontales. La casualidad se hizo protocolo. El juego consistía en ser la primera en verlas. La copiloto siempre lograba avistarlas antes. El asiento de delante era la cofa del Grand Cherokee.

En una ocasión, mi abuelo nos trajo una liebre de la vereda. La agarraba de las patas, boca abajo. Nos dijo que estaba dormida. La liebre no se movía. Sus ojos estaban abiertos, como los de los peluches. Pero tenía sentido. Mi abuela siempre contaba que ella dormía con un ojo abierto, como las liebres, para vigilarnos. Y si estaba de verdad dormida la liebre, cómo se iba a mover. Nadie se mueve mientras duerme. Era normal que aquella liebre que venía del campo y que ahora dormía se hubiera quedado tiesa como un ciervo disecado.
Recaredo duerme con los ojos cerrados. Es casi como un perro. Solo prescinde de los paseos. El parqué se quita el tupé de la tilde y se convierte en su cuarto de baño. Me persigue y olisquea las bolsas que llegan, olfatea las novedades pasando la cabeza por encima, mordisquea a las doce de la mañana del lunes las sandalias que me compré a las nueve de la noche del domingo. Antes no reaccionaba. Tenía dejos de adolescente.
Lo llamábamos y miraba a la pared. Le silbábamos y miraba hacia el sillón. Ahora corre en cuanto se abre la puerta. Es tan lindo, tan redondo y peludo, que me provoca impulsos violentos. Desprende un encanto agobiante. Suyos son todos los sufijos diminutivos. Se atusa las orejitas con las manitas, se rasca la barbillita con las patitas. Persigue al par de pies más cercano a todas partes, como los agapornis o las publicidades. Está en celo y cada vez que sale de la terraza su culo se convierte en un grifo de caca. Caca pequeña, como las cuentecitas de los collares que las chicas venden en la bajada de la playa, que ni huelen ni manchan. Yo tendría los abdominales de Serena Williams juntándola, si no fuera porque una amiga de departamento se olvidó su aspiradora. Lo bueno de la memoria son también los olvidos.

En el verano de mis diecisiete, la última película de Harry Potter llegó al cine. Me propuse que sería la última adaptación cinematográfica cuya novela hubiera leído que vería. Las imágenes solapaban mi imaginación. Los libros se borraban, se reemplazaban por las cintas. Los días de lectura desaparecían tras dos horas en una butaca. Las sustituciones de la memoria remolcan tajadas de memento mori. De vez en cuando, no obstante, me obliga a mirar las fotos de Kero, siempre sin verlas. No quiero que se convierta en conejo. Se debe aguantar, entonces, la respiración del cerebro. Se requieren segundos de indolencia. Debe suspenderse el pensamiento como se suspende el olfato al abrir el contenedor de la basura. No hace falta nunca ojear dentro.
Asegura Schiller que la única forma de atar un recuerdo es hacer algo con ellos. Se deben escribir, grabar, fotografiar. Algo parecido dijo una vez Carrie Fisher: “Take your broken heart and make it into art” (“Toma tu roto corazón y conviértelo en arte”). Siempre se me da mejor “to make it into carbs” (“convertirlo en carbohidratos”).
(Texto de Alfred Dedreux, kiries de Kanako Abe)










