El microbús de las 20.30

Primer asiento en el piso superior de un microbús de larga distancia. Es como viajar en una Apollo 12. El cosmos se nos viene encima vertiginosamente. Los autos y camiones que viajan en sentido contrario parecen meteoritos y encandilan como flashes.
Todavía no se ha cerrado la noche y el color tibio del atardecer afiebra la ruta.
Habíamos salido a las 20.30 en punto, la azafata nos había convidado caramelos ácidos y veíamos una película borrosa en las pequeñas pantallas. Aburrido, cerré los ojos y traté de meterme en algún sueño vacante que anduviera en mi cabeza.
Me gusta dormir en los micros. Las cenas son siempre pésimas, prefiero pasarlas por alto. Puse el asiento en modo cama y cerré los ojos.
Lentamente, llegué a un molino holandés y a un hombre de sombrero de alas anchas de paja que trataba de decirme algo, me indicaba con su dedo índice un castillo que se veía lejano, hundido en una bruma amarilla.
Entonces ocurrió el estallido. El molino desapareció con el hombre, me vi de costado, golpeé contra el parabrisas. Volaban bolsos, portafolios y mochilas, el aire se llenó de alaridos, la proa del micro bajaba en picada y con un tremendo ruido metálico nos detuvimos. Habíamos volcado más allá de la banquina. Siguió un espeso silencio. Y me enteré de que llovía a cántaros.
Me costó reaccionar. Uno prefiere despertar escuchando a Vivaldi y no esa sinfonía de metales, vidrios y gritos. No había heridos, aunque algunos se quejaban como si hubieran caído de los acantilados de Dover. La lluvia arreciaba, relampagueando, mientras salíamos con mucha dificultad de la cáscara del microbús. Ayudé a sacar a una especie de tía atascada, fue la última en salir.
El pastizal estaba muy crecido, nos llegaba a la cintura, de modo que parecíamos mitades humanas vadeando un mar de pajas bravas.
Desde la ruta no podíamos ver el micro que yacía de costado. El chofer intentó trepar, pero resbaló sin suerte. El celular se le había perdido, o sea, estábamos aislados. No éramos muchos, unos doce o catorce. Bajo un intenso relámpago divisamos una casa de madera a oscuras, a pocos metros. Decidimos marchar hacia ella. La lluvia nos había empapado y tiritábamos de frío.
Un señor canoso, con una actitud de líder de la serie Lost, se puso al frente, sacando pecho, mientras nos decía que había sido boy scout en su niñez, con los salesianos.
La casa estaba en ruinas, desocupada y con un techo perforado por donde caía un torrente de agua, lo que nos obligó a pegarnos contra una pared. Nos sentamos en silencio. Los ojos brillaban en la oscuridad, nos mirábamos con desconfianza, como si sospecháramos que alguno de nosotros fuera un hombre-lobo o algún otro licántropo de pesadilla.
El canoso boy scout empezó a cantar canciones en alemán, después supimos que se llamaba Schulz. Alguién chistó y pidió silencio. Hay que tratar de dormir, dijo una voz de mujer. No me toque, dijo otra voz de mujer. ¿Quién la va a tocar a usted, vieja loca?, dijo un hombre. Tranquilos, dije, llevemos la fiesta en paz.
Tengo hambre, dijo un niño. Hijo, basta, no hay nada para comer. La lluvia seguía desfondando nubes, tronaba, y los relámpagos entraban y salían de la tapera con una velocidad asombrosa.
Hacia la punta de la fila de sentados, alguien roncaba. Señor, deje de roncar, dijo una mujer, no se puede dormir así, ya bastante tengo con los ronquidos de mi marido.
Dejá de hablar pavadas, dijo el marido. El tiempo pasaba y me moría de sueño pero no quería ni cerrar los ojos por un instante: sentía que en cualquier momento todos nos agarraríamos a los sopapos.
Señoras, dijo un muchachón, voy a hacer pis, miren para otro lado.
No sea maleducado, vaya a mear afuera, dijo una mujer. ¿Qué quiere? ¿Qué se cague mojándo? ¿Nunca vio un pito?, no se propase señora, dijo el boyscout canoso que acababa de despertarse.
Má, sí, dijo el orinador, y se puso de espaldas, casi en la puerta empezó a desfogarse. Un relámpago convirtió en plata la curva de orín ante los ojos de todos. ¡Qué tul, mi meo!, se ufanó el orinador. Qué horror, dijo la mujer. Qué alivio, dijo el muchacho, cerrándose la bragueta. Volvió a caer un silencio pesado.
¡Quién carajos se tiró un pedo, la concha del mono, qué baranda!, grito una voz aguardentosa. Él que lo dice es el que se lo tiró, manifestó la señora que parecía una tía. Callate, fuiste vos, parecés un zepelín llena de pedos.
Comporténse, amigos, dije.
El cansancio nos fue durmiendo. Nos dormimos sin darnos cuenta. Schulz, el ex boy scout, se veía ceñudo, parecía una singular imitación de Himmler. El alba llegaba lenta, inadvertida. Había dejado de llover.
Rodeando al micro volcado, bomberos y voluntarios revisaban y buscaban rastros de los pasajeros. ¿Cómo pueden haber desaparecido?, dijo el jefe de bomberos. Les parecía muy raro y desconcertante.
Por ahí los abdujo un plato volador, hace poco le pasó eso a don Ojeda, el talabartero. Un haz de luz se lo llevó y un día después lo hizo bajar en Rosario, dijo un bombero.
Callate, Campos y sigamos buscando.
Va a llover de nuevo, dijo Campos, mirando al cielo.
Cerrá el buzón y seguí buscando.
Jefe, dijo otro bombero, allá, fíjese, donde hay unos palos y una pared por la mitad, eso era refugio de los Ruta Azul.
Pero allí no pueden estar ni en pedo. Ni techo tiene esa construcción.










