Comportamientos sociales en tiempos de pandemia
Las distintas estrategias que convocan a la población a adoptar medidas sencillas para frenar los contagios de coronavirus, como evitar las aglomeraciones, usar barbijos y ventilar los ambientes chocan con comportamientos sociales que parecen confirmar que, en ciertos contextos, el cerebro humano no está preparado para procesar en forma racional la información.
Las fiestas clandestinas que se siguen realizando pese a todo lo que se sabe sobre las formas de contagio y a las alarmas que se encendieron ante la llegada de la segunda ola de la pandemia resultan difícil de entender. En un principio se dijo que este tipo de reuniones, a las que por lo general concurren personas jóvenes, se daban porque entre los adolescentes, adultos jóvenes y de mediana edad el riesgo de morir por Covid-19 es significativamente más bajo que para las personas de la tercera edad. Sin embargo, en los últimos días del mes pasado se conoció la noticia de un baile que se llevó a cabo en la localidad de Crespo, Entre Ríos, con la participación de más de 500 personas, todas adultas mayores, que se divertían al ritmo de la música, sin barbijos, en un lugar poco ventilado y sin respetar el recomendado distanciamiento social. Pocos días después, 200 estudiantes que cursan el último año de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Rosario celebraron una fiesta en la playa del balneario La Florida, a orillas del río Paraná, sin respetar ningún tipo de cuidados para prevenir contagios.
Se esperaba que, en plena pandemia, los comportamientos de riesgo no se encuentren en grupos de adultos mayores (por el peligro que implica para un segmento que es más vulnerable ante el virus) y tampoco en alumnos avanzados de la carrera de Medicina que, se supone, tienen una formación superior que les permite comprender mejor la compleja situación epidemiológica que vive no sólo la ciudad de Rosario, sino el mundo.
¿Qué está pasando, entonces? El especialista en comunicación política Guillermo Bertoldi, señala en su libro “La campaña emocional” que “dos millones de años de historia evolutiva humana se revelan ante nosotros a partir de los descubrimientos de las neurociencias y la psicología cognitiva: nuestro cerebro no está, ni estuvo nunca, preparado para procesar racionalmente la información y los mensajes políticos. El sistema emocional no sólo incide en la forma en que entendemos la realidad y cómo elegimos cuando elegimos, sino que nuestras decisiones políticas son tomadas en un plano no racional”. Si bien es cierto que el texto citado hace referencia a lo que podría denominarse “cerebro político” de los humanos, cabe preguntarse si la actual crisis sanitaria no dejó al descubierto también que el predominio de la percepción emocional de la realidad que tienen los integrantes de algunos grupo va más allá de las decisiones políticas, como parecen demostrar los comportamientos de los estudiantes de Rosario, los jubilados de Entre Ríos o las 700 personas que participaron en tres fiestas clandestinas denunciadas en la ciudad de Resistencia el último fin de semana.
La antropología, la pedagogía, las ciencias políticas, la psiquiatría, la psicología y la sociología son algunas de las disciplinas que intentan revelar los misterios de la conducta humana, que ha sido tomada como objeto de estudio también en otros campos del saber como la economía, donde la conducta de los seres humanos comenzó a tener mayor relevancia a partir del premio Nobel de Economía otorgado en 2017 por la Real Academia Sueca al estadounidense Richard H. Thaler quien demostró que los deseos, valores, miedos, prejuicios o afectos, entre otras variables, influyen en la valoración y juicio de las cosas, así como en la toma de decisiones. Según Thaler, la evidencia indica que el ser humano no necesariamente actúa en todas las circunstancias guiado por criterios racionales y, por eso, es propenso a cometer errores.
Es probable que los equipos que asesoraron a los gobiernos no hayan otorgado, al menos hasta ahora, un espacio relevante al análisis de los comportamientos sociales a la hora de diseñar las estrategias para evitar la propagación del virus. En conclusión, lo mejor —como señalan los investigadores Pablo Semán y Ariel Wilkis— es pensar medidas a tomar en función de la sociedad que realmente tenemos y evitar propuestas que solo serían aplicables en una sociedad ideal que no existe.










