Siglos de existencia del territorio: no había oro, sí recursos naturales
La máquina militar española ingresó en América en 1492 y al encontrar el oro, saquear el continente y evitar la deserción de sus avaros expedicionarios, dividió América del Sur en tres gobernaciones.

Fue en 1543 y nadie podía pasarse de un lugar a otro. Nueva Castilla para Francisco de Pizarro; Nueva Toledo para Diego de Almagro y la del Plata para Pedro de Mendoza. Así fue que a 93 años de la invasión, en 1585 ya estaban en el Chaco.
Nuestra historia se cuenta en siglos, no se hizo de un día para otro, nadie “hizo Chaco”, ya estuvo hecho. Más de cuatro siglos de Concepción del Río Bermejo; Matará y Guacará (inmediaciones de Tres Isletas). Dos siglos y medio de San Fernando del Río Negro y su catedral San Fernando Rey (hoy Resistencia). Más de dos siglos de La Cangayé y San Bernardo de Vértiz en El Impenetrable. Siglo y medio de San Buenaventura del Monte Alto. En este proceso, dos actores están desde siempre y siguen entre nosotros, mis hermanos los indios y la Iglesia católica.
El último cuarto del siglo XIX los ejércitos de línea desde Santa Fe pusieron los fortines y corrieron la frontera con el indio para proteger Santiago del Estero, Córdoba, Salta y luego traspusieron el paralelo 28 con los fortines Tormenta, Cocheré, Palmar, Tapenagá, Las Heras, Piglapá y otros, asegurando incipientes poblaciones que explotaban la madera.
Ahí están La Sabana, Charadai, también Villa Harteneck, apellido del puntal de las empresas inglesas para la explotación minera del quebracho (Curiosamente, una heredera lidera una fundación que asesoró al Chaco en el ordenamiento territorial del bosque nativo).
Así describieron ese lugar los ingenieros de las expediciones militares. El cielo en la noche es como un océano celeste de estrellas radiantes, un sublime archipiélago de luz, donde el lucero del alba se parece a un diamante que ilumina la selva. En el día, el suelo es una verde y mullida alfombra como una mesa de billar, surtida de florecillas donde vuela majestuosa el águila parda y se escucha el graznido de la bandurria o se observa el paso del ñandú. En los árboles suspendidas enormes lechiguanas con abundante miel, cera y toda clase de animales de caza, donde el indio habita desde siempre, un verdadero espectáculo de la creación, un contacto con las obras de la Divinidad.
De allí, Charadai o Chagaray, que significa empachado, o el fortín Piglapá, cera. El indio se reponía en ese lugar de sus heridas en la lucha, una terapia intensiva de la naturaleza, y un territorio por años de ganadería ecológica. Hoy, las obras de los Bajos Submeridionales secaron la Cañada Rica y entraron las aguas servidas con venenos a La Sabana, al modificar la cuenca del Río Tapenagá para escurrimiento y siembra de soja. Para mejorar la producción, dicen. El eterno pedido de quienes insisten en drenar las cuencas hídricas y los gobiernos que le dan el gusto: “Un pelito, nomás, y se va el agua”.
Así, en el territorio indio, y sin ellos, nacieron los pueblos forestales, seguidos de las consecuencias sociales sufridas por un desarrollo consumista a expensas de los recursos naturales a partir de curtir el cuero y del descubrimiento del árbol de quebracho, que es todo tanino. Sus bondades fueran expuestas en ferias internacionales europeas y sobrevino la explotación minera de nuestros bosques. En esos territorios están hoy las poblaciones que visitamos, La Vicuña, que es nada, La Sabana, Horquilla, Haumonia, Oetling, casi olvidadas, conformando el gran Charadai. Un municipio de tercera categoría que provee de agua con camiones cisterna a toda esa región. Se secó el humedal.
Aparece la explotación minera del bosque, los negociados para obtener la concesión de tierras contenedoras del quebracho, las industrias del extracto de tanino de los ingleses que monopolizaron el mercado. El abandono de nuestros pueblos forestales cuando dejó de ser rentable la producción de extracto de quebracho a cambio de la mimosa del África, lo que hacían los mismos ingleses. También se agotó la madera, se cortaban además urunday, guayacán, todo el bosque nativo. En forma paralela que desaparecía el quebracho, se cerraban las fábricas, crecía la desocupación y las poblaciones iniciaban el exilio interno. La rapiña todavía persiste, ahora esas tierras, incluso parte de poblados, son ocupadas por empresas ganaderas que persiguen la prescripción adquisitiva.
Pero vayamos al asentamiento poblacional. La Sabana es una llanura extensa, propia de las zonas tropicales con gran vegetación de hierbas, siendo muy usadas para criar ganado vacuno. Así se inició, como una avanzada de la ganadería además en los campos de La Vicuña y El Baile, inmediaciones del paralelo 28, apoyados por la policía volante de los ejércitos de línea de los fortines Cabeza de Tigre, Palmar, Tapenagá, Cocheré y La Avanzada.
El ferrocarril a las colonias de la Compañía Francesa puso a La Sabana en la punta de rieles en 1896, adquiriendo el lugar una importancia asombrosa por la gran cantidad de obrajes que allí se establecieron con la afluencia masiva de peones criollos indios, correntinos, santafesinos, paraguayos y unos pocos extranjeros. Por Decreto del 13 de marzo de 1901 se aprobó la ubicación del pueblo, solicitada por la sucesión de Máximo Rinaldi, que había comprado en remate 10.000 hectáreas en 1887, lotes 14, 15 y 8, donde se ubicaba La Sabana.
Por Decreto del 7 marzo 1906 se creó la Municipalidad de La Sabana y el 1 diciembre de 1907 se eligió el Primer Consejo Municipal. Cito esta población porque con la logística del Ferrocarril Francés para la explotación del quebracho se fundaron Charadai en 1905, Estación Horquilla o pueblo La Alianza, en 1911, Estación Haumonia (en realidad Hammonia, diosa patrona de Hamburgo) en 1910, y Oetling en 1913.
Hacia el año 1878 los hermanos franceses Federico y Carlos Portalis, los alemanes Carlos y Alberto Harteneck, son terratenientes en el Chaco santafesino exportando quebracho en bruto (rollizos) a sus respectivos países, a Europa y a América. También los vendían aquí para la construcción de muelles y traviesas (durmientes) de vías férreas, siendo importador de Alemania M. Renner. Los Harteneck utilizaron también la madera de quebracho en su curtiembre de Pirfmansen, Alemania.
Los Portalis y los Harteneck en 1902 decidieron unirse incorporando a H. Renner und C. de Hamburgo conformando la Compañía Forestal del Chaco. El Directorio estaba compuesto por Carlos y Alberto Harteneck, Federico y Carlos Portalis, Víctor Negri, Brígido Terán y otros. La empresa organizó la explotación intensiva del quebracho, con una superficie de 516.958 hectáreas de bosques: 237.338 hectáreas en Santa Fe y 279.620 hectáreas en el Chaco.
Muy pronto necesitaron sus propios barcos, ferrocarriles y fábricas. Conformaron una nueva sociedad en Inglaterra, estatuto y directorio con las formalidades del derecho anglosajón, las tierras del Tapenagá de concesión aportadas como capital quedaron hipotecadas en el Banco Sudamericano de Londres. Típico enclave forestal, una actividad económica controlada directamente desde fuera, con recursos naturales prestados y mano de obra barata.
*Abogado especialista en evaluaciones ambientales, escritor, historiador del Chaco y sus ancestros.










