Nada nuevo bajo el sol
El acceso equitativo de todos los países a las vacunas contra el Covid-19 es fundamental para controlar una crisis sanitaria que es global. Organizaciones humanitarias y comités de expertos de todo el mundo coinciden en advertir que la pandemia solo retrocederá cuando todas las personas accedan a las vacunas, los tratamientos y los diagnósticos. Sin embargo, las naciones más poderosas siguen acaparando dosis y son las mismas que no hacen ningún esfuerzo para pedir a las farmacéuticas que liberen las patentes, pese a que el desarrollo de las vacunas fue posible en gran medida gracias a fondos públicos que financiaron las investigaciones.
Son las mismas naciones que tienen un mayor poder de decisión a escala global, y por eso definen las reglas del comercio mundial, la producción, las operaciones financieras y el conocimiento científico. El especialista en geografía económica Laurent Carroué señala a Estados Unidos, Canadá, Europa Occidental y Japón como los “estados dominantes que controlan lo esencial del poder político y económico del mundo”. Según este geógrafo francés, estos países son los que concentran los capitales y la actividad financiera y gozan de un alto desarrollo tecnológico.
Según un informe de la organización Médicos Sin Fronteras, que contiene datos de enero pasado, de un total de más de 27,2 millones de dosis de vacunas contra el Covid-19 entregadas, los países con más recursos acumulan casi 27 millones (un 99,3 por ciento), mientras que los estados de ingresos medios solo han recibido unas 250.000 dosis (un 0,0009 por ciento) y los países en vías de desarrollo, ninguna. Según datos más recientes de la Organización Mundial de la Salud, el 75 por ciento de las vacunas contra el Sars-Cov-2 que se han aplicado a la población hasta ahora se han dado en diez países desarrollados.
Algunos podrían argumentar que estas naciones, al fin y al cabo, actúan de modo previsible y, si se permite el término, de manera “natural”, ya que no hacen otra cosa que priorizar sus intereses nacionales. ¿Acaso la política exterior que representa esos intereses no se guía por ese mismo principio? Entonces no debe sorprender que el pedido presentado por varios países en desarrollo ante la Organización Mundial de Comercio (OMC), que es el organismo que rige los acuerdos de los derechos de propiedad intelectual, para que se liberen las patentes de las vacunas en forma temporal (solo hasta que se logre vencer a la pandemia) haya recibido un rotundo rechazo del Reino Unido, Estados Unidos, Suiza y otras naciones europeas.
Ya lo dijo Nicolás Maquiavelo. “Todo aquel que desee saber qué ocurrirá debe examinar qué ha ocurrido: todas las cosas de este mundo, en cualquier época, tienen su réplica en la Antigüedad”. En otras palabras, no hay nada nuevo bajo el sol. La pandemia, entre otras cosas, dejó en evidencia el poder real de las naciones que concentran las principales empresas del mundo y donde tienen su sede central las multinacionales de la industria farmacéutica. La estructura jerárquica del orden internacional no es producto de la imaginación de algún guionista de cine. Esa estructura existe y en situaciones de emergencia como la actual lo más probable es que se vuelva cada vez más rígida.
Nuestro país, como muchos otros del mundo, se enfrenta hoy a la dura realidad de la escasez de vacunas. Desde un punto de vista puramente práctico y realista la Argentina solo tiene vacunas para pocos días más si no se revierte el actual ritmo de provisión.
Es muy poco probable que el Fondo de Acceso Global para Vacunas Covid-19, también conocido como sistema Covax, que impulsa la Organización Mundial de la Salud, logre dar una respuesta efectiva a la fuerte demanda de dosis en los países que tienen menos recursos y, por lo tanto, una menor capacidad de compra. De manera que solo el tiempo dirá si esta iniciativa internacional que se propuso para equilibrar un poco la balanza en la distribución de las dosis podrá cumplir con su objetivo.
Esta difícil coyuntura sanitaria debe dejar varias enseñanzas y una de ellas es la necesidad de apuntalar el desarrollo de la ciencia y la tecnología en el país y apostar a una mejor formación de los recursos humanos en todos los ámbitos con el objetivo de pensar soluciones para los nuevos desafíos que se presenten en el futuro. Todo eso habrá que ponerlo en práctica desde el pequeño margen de maniobra que, con gran generosidad, dejan los países más poderosos del planeta.










