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Los riesgos psicológicos que acechan a los influencers

Estos personajes surgidos de las redes sociales suelen ser opinadores sobre algún tema específico o sobre generalidades. Gracias a que miles siguen sus consejos o adhieren a sus comentarios, ganan reconocimiento y -lo principal- dinero.

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Arii (con dos i latinas) se ufanaba de tener más de 2,6 millones seguidores en Instagram, más de 350.000 en Twitter. Con esas cifras consiguió un jugoso contrato para lanzar una línea de ropa, pero no logró vender el mínimo de “36 camisetas” que exigía la empresa dispuesta a fabricar sus prendas. Así de crueles pueden ser las redes sociales.

Las ganancias de un influencer vienen de su popularidad cuando las redes donde están más activos pagan por la cantidad de visualizaciones o “me gusta” que obtengan. Los que consiguen llegar adonde nace el arco iris firman contratos jugosos con empresas interesadas en promocionar productos y se vuelven promotores de estos aunque sus seguidores desconozcan que están siendo direccionados.

Pero ser popular y ganar mucho dinero es una trampa con serias consecuencias para muchos de estos afortunados que de un día para el otro son desplazados en las preferencias de los usuarios de redes y van perdiendo el interés masivo.

Es en este punto donde aparecen las flaquezas psicológicas de muchos de ellos, llegando a exponer sus vidas por generar un contenido que asombre y guste a los pocos seguidores que les van quedando. 

Ser influencers es el sueño dorado de miles de jóvenes que deambulan por Youtube, Instagram o Tik Tok con la ambición de ser alguien que sobresalga del montón. A una minoría el dinero le llueve, y de hobby pasan a convertirlo en trabajo, con las presiones y responsabilidades de todo emprendimiento económico.

Trastornos viejos, entornos nuevos

Hay muchos ejemplos de influencers caídos en desgracia, pero el caso de El Rubius es el que más de cerca nos toca dada la difusión que tuvo su meteórico paso por los medios argentinos sin que se haya comprendido bien qué trataba de transmitir, pero ovacionado hasta la histeria en cada aparición pública.

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El Rubius, el confuso youtuber español que también tuvo su gira mediática por nuestro país sigue en actividad tras confesar problemas de ansiedad. Hoy debe capear una tormenta con el fisco de su país y sus seguidores lo mantienen gracias a los likes.

“Últimamente me está costando cada vez más ponerme delate de la cámara, siento cada vez más presión, estoy cada vez más nervioso y me cuesta cada vez más respirar”. Así explicaba el youtuber que llegó a tener casi 30 millones de suscriptores los síntomas de un trastorno de ansiedad por los que decidió dejar su actividad temporalmente. Hoy enfrenta cargos por evasión impositiva en su país luego de mudarse a Andorra para saltearse el compromiso fiscal.

Antiguas patologías también se aplican a aquellos que deciden exponerse constantemente como modo de vida o de trabajo. La psicóloga Júlia Pascual, directora del Centro de Terapia Breve Estratégica de Barcelona explicó en una nota que parece contradictorio que alguien que elige estar siempre expuesto a la valoración externa tema relacionarse con los otros, y explica el porqué de la fobia social en los influencers.

“Empiezan sin expectativas pero, al tener cada vez más seguidores, se incrementa su sensibilidad y con ello el temor a qué pensarán de ellos. Les genera pánico que se ponga un comentario negativo, por ejemplo”.

“Hay tres dinámicas que generan ansiedad”, y el Rubius en sus vídeos las expone todas explicó la experta. “Evitar hacer las cosas por miedo, querer tener el control en exceso y delegar el problema: todas son actitudes que avisan de un inminente trastorno de ansiedad”.

“El ataque de pánico, también conocido como crisis de ansiedad, es el miedo a perder el control e incluso el miedo a morirse de esos mismos síntomas que se padecen”, indica la psicóloga, y detalla que en el caso de los que trabajan constantemente expuestos, “tienen mucho miedo a cometer un error; son tan perfeccionistas que intentan controlar en exceso su performance”.

El tercer trastorno que espera escondido a los influencers es el obsesivo-compulsivo basado en el placer. “La necesidad de abrir el Instagram todo el tiempo, ver si han puesto un like o si hay mensajes o comentarios, estar pendiente de los mensajes de WhatsApp, cada vez que llega uno hay que responderlo, que no quede ninguno y a los pocos minutos hacerlo de nuevo; todo eso puede convertirse en un trastorno obsesivo-compulsivo”.

La tristeza de Cecilia

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Facundo Moyano junto a la influencer Cecilia Fuentes. En el último tramo de su “carrera” la joven trató de explotar en nuestro país dos fugaces salidas con el argentino antes de quitarse la vida.

 Cecilia Fuentes era una hermosa jóven española que ganó fama por querer agradarle a la gente de su generación, y tuvo suerte. Llegó a cobrar 500 euros por cada foto que colgaba en sus redes promocionando alguna prenda de vestir, maquillaje o funda para el teléfono celular. En marzo de 2017 Cecilia tuvo su noche con Facundo Moyano en un restaurante de Madrid y lo dejó esperando media hora porqué fue al baño a publicar fotos de la cena y su nueva amistad. Claramente, una conducta obsesiva-compulsiva.

En su última etapa de popularidad, Cecilia había redoblado sus esfuerzos por llamar la atención de las firmas de moda. Su grupo íntimo le recriminaba haber vendido a la prensa argentina su supuesto romance con Moyano. Se habían conocido en una discoteca madrileña días antes de aquella cena. Salieron un par de noches juntos en la capital española, pero él no quiso comenzar una relación sentimental porque tenía una pareja en la Argentina. 

Al ver cómo Moyano se convertía ese verano en una celebridad por su noviazgo con la top model Nicole Neumann y enterarse de la fama de galán, Cecilia vio la oportunidad de vender sus fotografías con él y hasta sus mensajes de WhatsApp a un conocido medio de nuestro país. Vio al político como la mejor oportunidad de entrar en el prime time argentino, crecer en número de seguidores y colarse en algún reality show, o algo parecido a la gira de Rubius en el ocaso de su “carrera”.

La joven hizo varias apariciones intrascendentes por Skype en algunos programas de nuestro país pidiendo 800 euros por cada entrada. El compromiso era que revelara alguna infidencia del hijo del gremialista, que dejara puertas entreabiertas a cualquier teoría, pese a que no se hablaba ni veía con él. 

Cecilia fue carne de cañón, un producto televisivo que parecía ser muy rentable pero que no tuvo el suceso esperado, así que fue excretada por el sistema mediático argentino.

Llevaba su infierno por dentro y sólo exteriorizó su debilidad en un vídeo que había colgado en Instagram poco antes de morir. En él aparecía en un estacionamiento, tras salir del festival de música Dcode con el maquillaje corrido por las lágrimas y contando que su vida no era tan glamorosa como hacía creer y que estaba obligada por su trabajo a vender una imagen idealizada de su existencia. Poco después se colgó con una sábana, en su casa.

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