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Antaño ¿Cuentos?

El año pasado Mario Doldán publicó Antaño ¿Cuentos?, su primera obra narrativa, con prólogo de Juan Basterra e ilustraciones de Dante Arias, Hugo Justiniano y Matías Gómez.

Autor: Mario Doldán. Editorial: ConTexto.

Puede tomarse a cada uno de los once cuentos como independientes, aunque al ir transitando las páginas con sus tramas y personajes que se superponen se puede percibir también una novela.

Lo interesante es que el lector tendrá que asumir un rol activo y conjetural siguiendo la ‘Tesis sobre el cuento’ de Piglia, según la cual cada cuento es o debiera ser una síntesis entre dos historias, una visible y otra oculta.

Ese ejercicio mental, hallar la historia oculta, supone un gran esfuerzo y varias lecturas para develar la arquitectura ficcional planteada en la totalidad de la obra.

El escritor Juan Basterra destaca en el prólogo los diversos recursos narrativos utilizados por Mario Doldán, “desde el ritmo sonoro y contundente de una prosa que toma préstamos de una poética entrañable (la suya propia) y, por supuesto, y sobre todo, desde el crescendo dramático y la concatenación de cada una de las historias en un caleidoscopio con sentido, unidad y criterio”.

Más adelante, agrega: “El manejo de las voces interiores, el equilibrado uso de la dosificación dramática en el entramado de las historias, la utilización de un espacio narrativo que remite a Saer y probablemente a Onetti, el afecto distante pero sin embargo comprensivo hacia cada una de las criaturas de su invención y el uso preciso de lo coloquial son algunas de las felices características de la literatura de Mario Doldán.
El sentido escénico y cinematográfico y el pausado uso del tiempo son otras. De todos esos relevamientos de lo literario trata este extraño y admirable libro”.

Mario Doldán.

Mario Doldán, es profesor en Historia, escritor y poeta. Nació en Roque Sáenz Peña, Chaco y publicó ‘Caminos del alma’ (2007), ‘Cuerpos habitados’ (2009), ‘Ojos de Tormenta’ (2011) y ‘Opúsculo del frío’ (2013) y ‘Tactos’ (2017), que integra la colección ‘Radar en la tormenta’. Es vicepresidente de la SADE – Filial Chaco. Ganó diversos concursos, recibió premios y distinciones. Actualmente coordina el Taller de Escritura Creativa del Centro Cultural Nordeste de la UNNE.

El último (fragmento)

Sin hijos, ni parientes, ni nada, así anda don Alfonso Segovia, y a pesar de las veces que se lo pidieron no quiere mudarse a Resistencia ni siquiera con la promesa de una vivienda del gobierno, título en mano, según le dijo el intendente, que ya se hizo la gestión, que ya está todo.

Sentado allí, como trancando la puerta y recibiendo las primeras luces, nota que su brazo izquierdo se mimetiza con la oscuridad que predomina en el interior de su casita. Lo de mandarse a mudar también se lo repitió el Pardo cuando vino el otro día a traerle la mercadería, que no sea tonto, que no a cualquiera, que allá hay más comodidad, que los doctores y la obra social, por ahí hasta alguien que lo cuide como para salir de viudo.
“Gallo viejo” le respondió.

Buen entendedor, el Pardo dijo algo más que no escuchó bien, se subió a la chata y volvió para el Destacamento del Pueblo Nuevo. Ahora que lo recuerda, le quedó debiendo la garrafa y hoy se la tiene que traer. Levanta la mirada, hace un esfuerzo y apenas percibe la callecita de tierra que viene a dar justo a su portoncito y, a sus costados, las viejas viviendas en perfecta hilera. Intenta atrapar la imagen del mástil de lo que era la escuelita, más al fondo, pero todo es difuso, borroso y opaco.

Se llega a una edad en la que recordar y mirar es lo mismo piensa. Ahora parpadea porque se le viene encima una suma de rostros desdibujados, y murmura “qué cosa, loparió”. Sabe que en el barrio ya no hay nadie, que es el último, y entonces recuerda el vocerío, los apellidos de algunos gringos, el olor a pan caliente que venía desde los galpones y, por supuesto, a la Olguita preparando el desayuno y al Guille yendo temprano para los talleres.

Parpadea y enseguida inclina su cuerpo hacia adelante, lentamente, hasta pararse como si estuviera a punto de caer. Ahí va entrando a lo negro, apenas se lo ve, va como palpando muebles, hasta que su silueta se diluye y subsisten ahora algunos retazos blanquecinos de su camisa.

La oscuridad parece ser un espacio de libertad con obstáculos que enseña la sabiduría de la intimidad y de la costumbre, irá pensando, y también, podría agregarse, de la ubicuidad y del refugio, como si todo fuera una muralla para los del gobierno que van a venir a molestarlo otra vez con el asunto del río.

La llamita del fósforo produce un destello sorpresivo y se enciende una vela que deja entrever los tablones de una mesa central y más allá una pavita plateada y el reflejo amarillo en lo que parecen ser unos vasos de vidrio. Ahora se queda mirando un rato largo el contorneo de la llama, como si estuviera diciéndole algo, y se percata de que el humo negro, el hollín, vira hacia su izquierda, y eso le provoca cierta sensación de contrariedad.

Y sí, las cosas hablan piensa y se va moviendo lentamente. Desde la entrada, desde una perspectiva casi externa, la llama parece levitar alumbrando el resto de lo que sería la cocina. Sitúa la vela en una mesada y se logra ver unos platos de lata. Don Alfonso se atraviesa, pero la luz, ya desde un punto fijo, se expande por la pared y aparece arriba, casi a la altura de sus hombros, una ventanita con batiente de madera —incrustada y repujada en los ladrillos— que seguramente da al patiecito de atrás. Más hacia el costado, apenas vislumbrada, aparece una puertita.

Ahora enciende otro fósforo que va en busca de la hornalla de un anafe ubicado en una mesita plegadiza. No deja ver la luz, vuelve a atravesarse. Se habrá encendido otra llama, entre azulina y amarilla, que agrega más envoltura y consistencia a su silueta. Palpando abajo alcanza a sacar un botellón de plástico con agua que, al parecer, vuelca en la pavita con algo de esfuerzo.

Todo lo que hace se percibe como un rito de movimientos lentos y precisos, con esa sensación de saber que para él las cosas están en su lugar, en un orden o en su desorden, y allí vuelven después del uso, ni un centímetro más ni un centímetro menos. Ahora se aprecia desde la entrada que sale de la escena por la izquierda y todo, ya sin la silueta humana, parece un mágico teatro cavernoso.

En zoom, la llama de la vela es una aguja fina que induce al pensamiento profundo, en efecto: una metáfora de la pequeñez. Allí vuelve don Alfonso, deja sobre la mesa un mate oscuro, marrón, de madera, y una bombilla plateada. También ha traído, aparejada en la cintura, una pistola.

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