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Todos somos herederos de Menem

Si el peronismo fue el movimiento político argentino más importante del siglo XX, ejemplificado en los gobiernos de Juan Perón entre 1946-1955 y de Carlos Menem entre 1989-1999, no cabe duda que las realizaciones del segundo fueron las más persistentes.

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Menem hizo todos los intentos, algunos desesperados, por perpetuarse en el poder. Pero al ceder el mando sabía que sus logros fundamentales no serían amenazados por sus sucesores.

Esto porque las enormes transformaciones sociales y económicas del primero fueron combatidas --con mayor o menor éxito-- por todos los gobiernos que le sucedieron, desde las sucesivas dictaduras hasta el mismo tercer gobierno de Perón, con sus golpes institucionales y la Triple A, soluciones políticas pioneras que luego ampliaría salvajemente la dictadura 1976-1983.

Las transformaciones más profundas del periodo menemista, en cambio, nunca fueron revertidas por nadie: la deuda externa como cepo inviolable de absoluto sometimiento de la economía local al dictado financiero global; la privatización de los bienes estratégicos y las empresas de servicios; y la destrucción del mercado laboral, de hecho y de derecho, que mantiene a la masa trabajadora siempre expuesta a la tragedia. 

No solo no fueron revertidas: estas conquistas monumentales del capital local y foráneo fueron acentuando su peso decisivo con cada gobierno que sucedió al de Menem. 

Así, la deuda externa ya no solo dificulta seriamente, sino que hace imposible la elaboración de cualquier plan económico propio, detalle del que se quejan hasta los funcionarios del FMI.

Las empresas estratégicas privatizadas y las empresas de servicios vienen siendo subsidiadas por el Estado, de forma explícita o implícita, desde hace más de 20 años; y el panorama laboral nacional no ofrece --ni siquiera con la ultraflexibilización definitivamente consagrada-- ninguna esperanza, ni la de ser explotado en forma más o menos permanente. 

El empleo en negro, que arroja al trabajador y a su familia a la suerte del vaivén económico e incluso al antojo de la planificación empresaria, ya absorbía más del 40% de la fuerza laboral desde mucho, mucho antes de la pandemia. La desocupación, aún con cifras retocadas, recalculadas o dibujadas, nunca estuvo lejos de los dos dígitos en los últimos 20 años. De estos dos hechos se deriva y se consolida que salario promedio de los argentinos no supere un tercio del costo de la canasta familiar.

Esto para señalar tres columnas fundamentales de la estructura de nuestra sociedad. Varios otros asuntos, importantes pero accesorios desde este punto de vista, también han sido muy influidos por la “cultura política” menemista. 

Muchos artículos destacan la capitulación de fondo de todos sus opositores mientras se revolvían contra cuestiones formales, o la definitiva sospecha integral que sobre la acción política instaló el menemismo, lo que se comprueba una vez más por estas horas mirando al poder judicial. Probablemente la segunda cuestión se solucionaría resolviendo la primera, pero esta opción no ha sido explorada hasta el momento.

Los gobiernos de Perón y de Menem quedarán, ambos, en los libros de historia como artífices de grandes transformaciones. Pero el legado que los argentinos del siglo XXI recibimos del siglo XX está moldeado en sus formas esenciales por los dos gobiernos de Carlos Menem. Después de él, los mejores logros de los mandatos de Juan Perón integran la esfera de los buenos recuerdos, o en el mejor de los casos están entre las especies en peligro de extinción. Todo lo demás es herencia menemista.

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