Domingo
"A veces he creído hasta seis cosas imposibles antes del desayuno” (Lewis Carroll)

El siseo circular del aspersor riega el césped que rodea la piscina, allí donde el sol de la mañana ya es una mancha blanca.
-¿Cuándo has visto algo que sea lo que aparenta?- dice de pronto Lucía, mordiendo una tostada con manteca.
Richard la mira y parece una mirada aburrida pero no lo es, Richard todavía está muerto de sueño. Sorbe un trago largo de café, deja la taza en la mesita de metal y se pone los anteojos negros. Mira al cielo.
Las dos reposeras blancas estiran la molicie del matrimonio que desayuna al aire libre, algo que es tradición todos los domingos. Rondan la cincuentena y viven solos en la gran casa de las afueras ya que su único hijo, Carlos, estudia ingeniería nuclear en El Balseiro.
-¿Hoy viene el jardinero? –pregunta Richard.
-¿Es que no me escuchaste? – Lucía revuelve con la pajita su jugo de naranja.
-¿No te parece una pregunta muy rara para hacerla en el desayuno? – Richard bosteza y vuelve a tomar de su café.
-No, no me parece. – Lucía regresa sobre su tostada- Hoy no viene.
-¿Quién?
-¡Richard! ¿quién va a ser? ¡El jardinero! Y no viene porque hoy es domingo.
El aspersor ha girado y ahora dispara agua en abanico sobre la mata de flores. Ladra un perro desde la calle. Se escucha la conversación de Rolo y Tita, los vecinos. Es un domingo azul, profundo. Las dos farolas del jardín todavía están encendidas y, bajo la luz de la mañana, parecen dos lunas moribundas.
-Voy a buscar el diario, ¿ya llegó, no?
-Richard, no vas a ponerte a leer el diario ahora. Charlemos, hablamos muy poco en la semana, dejate de joder, sentate y contame algo.
-¿No vamos a ir hoy a lo de tus padres?
-No, van a pasar el día en la quinta de Joaquín.
-¿Qué Joaquín?
-¡Ay, Richard! Estás dormido o qué. Joaquín, mi primo.
-¿Queda algo de café?
Lucía toma la jarra térmica y vierte el café en la taza. Richard bebe dos sorbos y escupe.
-¿Qué hacés? ¡No seas asqueroso!
-Está tibio, Lucía, es un asco.
-Entonces, no lo tomés. No pienso levantarme para calentártelo.
La mancha de sol ya lame los pies de Lucía. Detrás de los bambúes medianeros se asoma la carota roja y alcohólica de Rolo. Pega un gritito, saluda con ambas manos y pregunta cómo están, mis vecinitos favoritos. Lucía, mientras prende un Marlboro light, murmura: viejo borracho. Rolo ya ha desaparecido y la brisa mece los bambúes emitiendo un suave rasguido de arpas.
-Te preguntaba que cuándo has visto algo que sea lo que aparenta. –Lucía hunde en su garganta una honda bocanada blanca. Tose.
-Qué se yo, Lucía, no sé, todos los días…
-¿Todos los días? ¡Ja! Qué hombre suertudo me saliste, Richard.
-¿Por?
-Porque tenés experiencias importantes a cada rato…- Lucía inunda de humo la cara de Richard.
-¡Carajo! ¿Cuándo vas a dejar de fumar? Te vas a agarrar un cáncer más grande que esta casa… Sos una boluda de cuarta.
Lucía hace unos cuernitos con los dedos.
-No seas mufa, Richard. Y no me digas boluda, que acá el boludo sos vos.
El aspersor baña los bambúes. El agua de la piscina brilla como si la cubriera una capa de escarcha luminosa.
-No quiero, pelear, mujer. Pará un cacho. Pasemos un domingo en paz.
-El que la pudre sos vos, siempre sos vos.- Lucía ahora fuma rabiosa; cuando está rabiosa el color se le esfuma de los labios y parece una tipa muerta.
-¿Me podés explicar por qué estás tan enojada? Sólo te dije que te cuidaras…
-Pero me lo dijiste gritando… -interrumpe Lucía.
-¿Quién gritó, mujer, quién gritó, me querés decir?
-Ah, bueno… encima no te hacés cargo, ¿ves que sos un tremendo boludo? Un cagón, eso es lo que sos…
-Ya te estás pareciendo a tu vieja…
-¿Qué dijiste, pedazo de estúpido?
-Que no me insultés, te digo que no me insultés, ¡qué lo parió! Sos insoportable!
-¿Y ahora quién insulta, eh, quién insulta? Y no te voy a permitir que metas a mi mamá en ésto. Si querés hablar al pedo, hablá de tu familia.
El manotazo de Lucía hace volar el plato con la tostada y media que quedaba, rebota en el borde de la piscina y se hunde en el agua.
-¡Pará, loca, pará! – Richard se pone de pie, se arregla la robe de toalla y cuando empieza a marcharse, oye el llanto de Lucía.
Se tira de la reposera al pasto y llora con hipos, tapándose la cara con ambas manos. Richard la observa sin dignarse a tomarla en sus brazos y calmarla. Hasta que se hinca en el césped y la voltea mientras le dice no seas tontita, no es para tanto, dale Lucía, sólo estábamos hablando, ¿no era que vos querías charlar?
Ella le clava una mirada de piedra y nuevamente, desata su llanto. Richard la abraza, recostándose sobre la espalda de la mujer.
El aspersor ha girado y ahora los moja; en segundos están empapados y de un salto se ponen de pie y corren hasta ponerse fuera del alcance del agua.
Lucía, acomodándose el mechón de pelo que le cubre la mitad del rostro, empieza a reír de a poco hasta soltar una carcajada. Richard sonríe, acaso aliviado, todo aparenta que la tormenta se ha diluido.
Abraza a su mujer, y señalándole el cielo, le dice:
-Fijate, mirá, ¿no parecen ovejitas esas nubes?
-Sos tan imaginativo, Richard…










