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Sputnik

Todavía recuerdo la noche en que todos esperamos el paso del Sputnik. Era 1957, el aire caliente de febrero, perforado de chicharras, mosquitos y bichitos de luz, nos había reunido en el jardín de la casa del abuelo porque se había anunciado que el Sputnik lanzado por los rusos atravesaría nuestro cielo esa noche y tal vez, con suerte, podríamos ver a la perra Laika que –imaginaba- viajaba asomada a una escotilla de vidrio.

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Los grandes estaban sentado en los sillones de hierro del jardín, echándose aire con diarios doblados al medio o con abanicos, y mi hermana Clelia, Dorita y yo, en el pasto, junto a la fuente de piedra seca y sucia, decíamos palabras sueltas con miedo de alterar el paso del satélite. Bubi, mi perro, se aburría echado en la galería. 

No es que estuviéramos en silencio. Con las miradas clavadas en la noche, cuchicheábamos en voz baja; cada vez que el abuelo tosía, todos le chistaban y esto sólo le provocaba más toses. Tomaban limonada, y papá, mazagrán, una porquería hecha de café helado y limón, sin azúcar, un asco. A nosotros nos habían preparado una jarra de Terma Cola que ya se había calentado. Lo cierto es que todos, adultos y niños, esperábamos intensamente y, por momentos, creo que esa intensidad nos hacía distraernos de la cosa tan extraordinaria que esperábamos.

Antes de salir al patio, papá había puesto en el combinado un par de discos de Ray Conniff. Esa música, sobre todo los coros, de a poco, fueron dándole un aire de magnificencia a la noche. Si nosotros hubiéramos sido actores de una película, esa banda musical hubiera emocionado a cualquier audiencia.

Creo que por primera vez la familia era feliz. Gracias a los rusos, pensé. Cuando se lo dije a papá, me sacudió un papirotazo en la coronilla y me gritó que no dijera pavadas. Lo único que me falta es que me salgas comunista.

Pero los sentía felices a todos. Como si aguardaran la llegada del primer Santa Claus de sus vidas. O algo más mágico, no sé.

Esa noche me empecé a enamorar de Dorita a pesar de sus dientes de conejo, decidí que sería astronauta, que viajaría a Marte con Bubi y que le regalaría a mamá un caracol marciano.

Pasaba el tiempo y el cielo continuaba quieto y tenso, tan negro. Ni señal del Sputnik. No quería preocuparme, pero también era cierto que una rara sensación de tragedia me había empezado a invadir. Pero el Sputnik era indestructible. Me calmé y volví a posar mis ojos en el cielo.

La música casi corpórea que inundaba el patio nos fue enterneciendo de a poco a todos.

El abuelo se puso a lagrimear, y a mitad de un puchero recordó a la abuela difunta, quizás Olivia lo vea de más cerca. Mis hermanas se hamacaban al ritmo de Ray Conniff, embelesadas, mirando el cielo. Mamá y Papá se tomaron de las manos y sus ojos empezaron a brillar como pequeños sputniks. Dorita, de golpe, me dio un beso en la mejilla, cosa que me acalambró el cuerpo. 

Pero, el Sputnik no aparecía. Mamá dijo que tal vez no pasaría por Argentina, que no somos importantes. El abuelo dejó de lado sus pucheros y le dijo que estaba equivocada, que mirara sus manos, que habían trabajado para hacer más grande el país. Papá, medio enojado, le dijo viejo, ya volvés a salir con tu peronismo. Y sin poder precisar el momento exacto en que empezaron a las puteadas, Dorita pegó un grito:

-¡Una estrella fugaz!

Todos regresamos al cielo y vimos un puntito luminoso que se movía entre las estrellas.

Bubi empezó a ladrar y Mamá dijo que el perrito había olfateado a la perra Laika que viajaba en el Sputnik. Y como un chorro de miel cayó sobre nosotros un silencio sobrecogedor.

Cuando el puntito fue tragado por la boca negra de la noche, nos miramos desolados, como si nos hubieran vaciado las ilusiones.

-El Sputnik…- murmuró el abuelo.

-Vimos al famoso Sputnik- dijo Papá, su voz se mezcló con un suspiro.

Dorita me había tomado una mano sin que me diera cuenta y pensé que algo inmenso había sucedido en el Universo. 

-¡Qué belleza el Sputnik!- dijo Mamá.

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