La desinformación, otro problema de seguridad
Primero fueron curiosidades que se propagaban por la red hasta que alguien con sentido común o vocación de saber más se encargaba de descubrir la verdad… siempre tarde.

Eran las fake news o noticias falsas, que rápidamente se enquistaron en el mundo de la política, terreno fértil para formen parte de las campañas. Así fue como se destruyeron carreras prometedoras, se torcieron voluntades de mayorías y también abonaron las semillas de manifiestos terraplanistas, proclamas antivacunas, y se hicieron visibles decenas de sectas -una más delirante que la otra- hasta llegar al extremo de movilizar miles de manifestantes hacia el corazón de la democracia, casi todos convencidos de que había que poner fin a un sistema.
Lo que en otro momento pudo ser gracioso, ya no lo es. Las noticias falsas matan y pueden carcomer las bases del mundo civilizado, algo que se volvió prédica de los especialistas y debería estar grabado a fuego en la praxis periodística. Pero lo visto en Washington parece decir que la verdad siempre llega tarde y va perdiendo terreno.
La seguridad
Hasta aquí el fenómeno de las fake news parece limitado a un lugar de poder en la opinión pública, bastante difícil de mantener a raya. La delincuencia no podía dejar pasar semejante oportunidad, a sabiendas de que la ignorancia le abre su casa a todo el mundo y ¿qué mejor que el “gancho” de estas para avanzar un lugar en el tablero del cibercrimen?
Cuando uno está dispuesto a leer (y creer) en las noticias falsas se expone al clásico “reenvialo a todos tus contactos” y a la acción automática de hacerlo. Pero ese link que se reenvía una y otra vez no solo lleva a una noticia o chisme del espectáculo falso, sino que abre la puerta del teléfono para que este se convierta en una ventana a quien le interese espiar intimidades, cuentas bancarias o la simple privacidad.
Tratar con la manipulación de la verdad no es una tarea fácil: la desconfianza se está convirtiendo en el valor predeterminado, y esto puede tener efectos increíblemente dañinos en la sociedad. Si prestamos atención, veremos que en nuestro entorno hay personas de buena voluntad que sostienen que la Covid es un invento de las corporaciones para hacer más dinero, o del gobierno que sea para “quedarse con la propiedad”. Y todo ese saber absurdo les llegó de una sola manera posible: a través de las noticias falsas.
Pero cuidado, detrás de cada una de ellas ahora se esconden estafas, intrusión telefónica, espionaje doméstico y toda la parafernalia ilegal que se potenció con la llegada de Internet.
La firma de seguridad informática Avast descubrió que los avisos falsos que afirman vender “curas para la Covid-19” usando el logotipo de la Organización Mundial de la Salud, no eran estafas típicas, sino que estaban destinadas a que los usuarios descargasen malware.
Un nuevo fenómeno
Algunos países europeos avanzaron con medidas de control sobre las redes sociales o la capacidad de estas de viralizar mensajes (una muy efectiva es el límite de reenvíos de Whatsapp). Pero no se trata solo de tener más leyes; de hecho, en algunos casos, demasiada regulación puede usarse como una excusa para reprimir la libertad de expresión y alimentar más miedo y paranoia o generar rebeldías que faciliten la propagación de esa enfermedad llamada fake news.
La desinformación es en este momento una frontera emergente para la seguridad cibernética, y recién están desarrollándose técnicas poco convencionales, más allá de las notificaciones de violación de datos y las multas regulatorias. Según Avast, deben surgir nuevas alianzas y asociaciones entre la industria y los gobiernos.
Es una cuestión de definiciones: “Si estamos de acuerdo en que la seguridad cibernética no se trata solo de violaciones de datos, sino de integridad de datos”, concluiremos que la desinformación es un problema de seguridad informática, indican los expertos.

¿Cómo detectar una fake?
Ante todo, saber si una noticia es falsa requiere de sentido común. Desde antes de Internet existe en el saber popular aquello de “es demasiado bueno para ser verdad” con todas sus variantes. Si una noticia es demasiado buena para ser verdad, desconfíe.
Si es demasiado alarmante, también desconfíe y en general desconfíe de cualquier cosa que sea reenviada y no esté en ese mismo momento en los noticieros de la Tv o las páginas de los diarios. Mantener la cabeza y la privacidad a salvo no es tan complicado.
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