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El fondo del fondo

La pandemia de coronavirus no sólo barrió con todas las previsiones sobre 2020 y expuso de una vez y para siempre la inutilidad fraudulenta de los astrólogos, sino que además fue –y continúa siendo- una herramienta formidable para licuar las responsabilidades de los malos gobernantes sobre las condiciones de vida de sus pueblos. En el presente es muy difícil saber, frente al agravamiento del empobrecimiento social y del derrumbe económico, cuál es la cuota de culpa que le corresponde al coronavirus y cuál a las autoridades de turno.

Es obvio que, ni lerdas ni perezosas, las administraciones con menos luces en eso de buscar el progreso de sus comunidades se arrojaron de bruces sobre la excusa de la emergencia sanitaria para atribuirle a la fatídica aparición del virus chino todas las desgracias de sus comarcas. Y como todo lo que se pueda decir en contrario es materia opinable, para ellos la pandemia no ha dejado de ser una desgracia con suerte. El mensaje que atraviesa los territorios más desafortunados del planeta es: “Íbamos a hacer una gestión maravillosa, pero justo apareció la peste”.

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Ahora bien: lo opinable no es pura abstracción, mucho menos en los territorios de la política. La opinión se traduce permanentemente en decisiones, cuestión para nada irrelevante en un año en el que en la Argentina –y en el Chaco- se elegirán legisladores nacionales y provinciales y, de alguna manera, está el trofeo extra de ver quiénes llegarán a 2023 con chapa de ganadores y quiénes con la urgencia de despegar los pies de la vereda de los derrotados.

Por otro lado, la pandemia misma demandó ser gestionada. Allí, de nuevo, el relativismo impera. El virus resultó tener una personalidad retobada y en gran medida imprevisible, muy poco dispuesta a calzar en los manuales conocidos. La consecuencia es que nadie con algo de honestidad intelectual puede decir que nueve meses atrás estaba claro qué había que hacer frente al avance fulminante de la enfermedad que todavía juega con nuestros ánimos. Ni siquiera está claro hoy, cuando países que se suponía que habían hecho bien las cosas afrontan realidades peores que las de 2020.

Pero que la realidad se haya vuelto tan confusa no significa que los ciudadanos, en su intimidad, no dicten a diario sus sentencias sobre el desempeño de quienes conducen el barco. A lo sumo lo harán más arbitrariamente que en otros años, pero la evaluación es constante. Y como los hechos objetivos quedaron cubiertos por la bruma de la zozobra mundial, más que nunca pesan de un modo superior las imágenes de los sujetos que los sujetos mismos, y las percepciones de los acontecimientos más que los acontecimientos.

Sentimientos básicos

Con las cosas dispuestas de ese modo, los sentimientos básicos cobran un papel preponderante. Como en 2001, cuando el “que se vayan todos” era, como consigna que resonaba en todas partes, tan utópica como irresistible. Sabíamos que no se podía, pero eso era justo lo que queríamos. Deseábamos que nadie en la clase dirigente se quedara al margen de pagar por habernos hecho tocar fondo.

Ahora, con un desmoronamiento de la calidad de vida de proporciones inmensas de la población y al cabo de una década de retrocesos casi ininterrumpidos, el río vuelve sonar. Suena de otro modo, por diversos factores que dan para mucho más que un párrafo, pero suena. Y a veces da la impresión de que quienes más debieran escucharlo, no se enteran.

En los últimos días se supo que una cantidad no determinada de las vacunas contra el coronavirus que el Estado nacional envió al Chaco fueron utilizadas para inmunizar a personas que no tenían por qué recibirlas, ya que no formaban parte de los listados elaborados por Salud Pública, los cuales contienen -en esta primera etapa- exclusivamente al personal que está dedicado a la atención médica de la población.

Las primeras versiones aparecieron tan pronto arribaron y comenzaron a aplicarse las primeras 3.600 dosis (de la vacuna Sputnik V, comprada a Rusia). Pero nadie sabía si eran derrapes verdaderos del sistema montado por el gobierno o leyendas echadas a rodar en las redes sociales. Hasta que llegó un agradecimiento público formulado por el sacerdote Rafael del Blanco, que desde su cuenta de Facebook dio la noticia de que había sido inyectado y agradecía por ello al gobierno de la provincia y al de la nación. La noticia comenzó a circular, con apoyos y condenas a la vacunación “de favor”.

El director del Hospital Perrando, Daniel Pascual, salió a hacerse cargo de la inmunización de Del Blanco. Buscó empatía al afirmar que el cura asiste religiosamente a pacientes con Covid-19 y que padece enfermedades de base que pondrían en riesgo su vida en caso de contagio. El caso quedó así sumergido en otro tipo de debate, aunque no hay manera de sostener que no fue una violación a los protocolos que se habían definido.

A raíz del ingenuo posteo de Del Blanco fueron saliendo a luz otros hechos en los cuales las dosis terminaron siendo aplicadas a “acomodados” que no tenían derecho a recibirlas. El periodista Luis Gasulla, de trayectoria en varios medios nacionales, hasta acusó a la diputada peronista Liliana Spoljaric, de haber ordenado a los gritos, en el hospital de Sáenz Peña, que la inyectaran. Ella lo desmintió. Dice que fue vacunada porque había sido invitada a ser una de las figuras públicas que se inoculara la Sputnik a fin de transmitir confiabilidad en la droga, que sufrió diversos cuestionamientos desde un principio.

Pero en otras situaciones sí hubo “imperfecciones”, como las llamó una fuente de Salud Pública. “Lo que pasó en algunos casos fue que hubo personal sanitario que no quiso vacunarse y había que usar las dosis. Entonces fueron para algunas personas que no son profesionales o agentes de Salud. Pero para nada es un número importante”, agregó.

Según la misma fuente, en el ministerio que conduce Paola Benítez se discutió qué hacer con las filtraciones de las vacunaciones “de favor”. Se optó por no hablar del tema más que lateralmente, destacando el avance de la vacunación en los distintos puntos de la provincia. Y se habló en off de una investigación que hasta ahora no se conoce que se haya iniciado. ¿No ameritaba el tema el inicio de una actuación de oficio de algún fiscal? Por lo visto no.

A puros grises

Es allí, en esa zona de grises en la que se subestiman los valores simbólicos de ciertos hechos, donde se genera la sensación de que tocamos el fondo del fondo, la impresión de que las reacciones institucionales no están a la altura del momento que se vive. Un escenario que no está regulado por lo cuantitativo, sino por la necesidad de creer. ¿En qué? Posiblemente en que todo estará mejor, en que con el almanaque cambiará también la vida, en que nosotros y quienes nos gobiernan sabremos aprender algo bueno de todo esto.

Lo mismo sugiere el reclamo efectuado sobre el final de la semana por la Asociación de Profesionales y Técnicos de la Salud Pública del Chaco (APTASCH). Señalan que recibieron en 2020 un incremento salarial total del 16%, que araña el 20% si se consideran montos en negro. Lejos de la inflación del 36% medida en todo el ejercicio.

Según las fuentes sindicales, un médico de Salud Pública, con una antigüedad respetable y compromiso part time (32 horas de servicios cada semana) hoy obtiene una remuneración de bolsillo del orden de los 40.000 pesos. El Isepci Chaco acaba de medir que la canasta básica de gastos elementales de una familia tipo en la provincia es de 54.010 pesos. Los médicos residentes que ingresaron al sistema el año pasado se manifestaron porque llevan tres meses sin percibir sus remuneraciones.

Ese deterioro de los ingresos se combina con un incremento exponencial del estrés por la pandemia y por la mayor demanda de atención. Los médicos que pueden encontrar un lugar en la actividad privada o en una provincia de mejores salarios, se van. En 2020 el Perrando perdió así tres profesionales intensivistas, un recurso humano muy difícil de reponer.

Lo que sí mejoró es el conjunto de cuidados para evitar el contagio del coronavirus, pero ni es aún el suficiente ni es parejo el panorama entre todos los hospitales y centros de salud de la provincia. Gran Resistencia y Sáenz Peña muestran una realidad muy diferente al del resto de la red. Un corresponsal de este diario fue internado por haber contraído el virus. Los enfermeros, que hacen lo que pueden por luchar con las armas a mano, le construyeron una “burbuja” protectora con un botellón rescatado de un dispenser de agua.

El coronavirus desnudó falencias históricas y carencias estructurales. Afortunadamente, hasta ahora se pudieron evitar las escenas espeluznantes que sí vivieron otras naciones. Por eso, las avivadas son imperdonables y esta vez –parafraseando a Mafalda- lo urgente debe llevarnos hacia lo importante.

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