Para qué sirve el arte
¿Se puede separar al artista de su obra? ¿Podemos maravillarnos ante un texto, una escultura, una pintura, un filme, una canción, olvidando, separando a su autor, “reñido con la moral y las buenas costumbres”, antes, durante, después, ahora?
No tienen estas palabras el fin de “aclarar cosas o cuestiones” que son tema de debate de tiempos lejanos, infinitos, del pasado y del presente. Son tan sólo una mirada, un aporte, sostenido con la opinión y la visión de diferentes protagonistas, en lo que es el arte y la creación, el artista y su obra. Vaya ahí pues, tal vez sin quererlo, la primera contradicción o interrogante.

Ariana Harwicz nació en Buenos Aires en 1977 y vive en Francia desde 2007. Publicó las novelas Matate, amor, La débil mental, Precoz y Degenerado. En las tres primeras expuso los vínculos conyugales, filiales, familiares, bajo un prisma salvaje, perturbador, carente de tabúes. En Degenerado, adoptó el punto de vista de un asesino pedófilo. Nada como para relajarse ni recibir lecciones de vida.
En 2018 la versión inglesa de Matate, amor (Die, my love), fue nominada al (prestigioso) Man Booker International, antes de que el Man volara del nombre. Matate... también fue llevada al teatro, con dirección de Marilú Marini y Erica Rivas como intérprete. Tomemos en cuenta su visión, como punto de partida.
Según Ariana, el efecto de la “corrección política y social” en el arte (y en la literatura, particularmente) es el de “Engendrar arte infame. Hoy, para escribir, hay que tener en cuenta los señalamientos, prerrogativas y coerciones políticas de la época. Una gran perversión. ¿Por qué uno debería acoplarse a la mentalidad de su tiempo? Las mejores obras han sido transversales, oblicuas: se adelantaron al pensamiento de su época, o se atrasaron. El arte existe para tener la libertad que no se tiene en la vida civil, para que no existan leyes ni moralidad. Yo no puedo pasar un semáforo en rojo, robar un negocio, desnudarme en la calle: si se le aplican estos límites a la ficción, qué sentido tiene el arte, es como una copia mala de la vida”.
“En el siglo XXI se rehabilitó un debate que parecía saldado en favor de separar al autor de la obra. El revisionismo empezó en los EEUU y fue replicándose, de modo acrítico, sumiso, colonizado, en América Latina y Europa. No separar la obra de la vida de su autor es una catástrofe para cualquier creador. Se examina su vida privada, su currículum, su prontuario, como si fuera parte del texto ficcional. En este contexto, yo anunciaría el fin del arte. Si el rock ha muerto, si Dios murió (o su hijo, en la cruz) puede morir el arte”, manifiesta la joven escritora.

Su teoría es más que refutable, ya que las manifestaciones artísticas se iniciaron con la vida humana, como una expresión más de su cotidianeidad. El arte existió antes que “la moral” y otros cánones o prejuicios impuestos a medida que la llamada “civilización” avanzaba. Lo mismo sucede ahora, o ayer, cuando John Lennon desembarcó en EEUU con los Beatles y dijo que eran “más famosos que Jesucristo”; la orda del Ku Klux Klan encontró a alguien importante y famoso a quien odiar, declarándole la muerte. Algo que aconteció años después, en la puerta de su departamento, supuestamente en manos de “un fanático”, cuando Lennon estaba lanzado a una campaña antibelicista contra la guerra de Vietnam y demás atrocidades cometidas por “la mayor democracia del mundo”.
En nuestras pampas, Charly García declaró alguna vez “Yo soy Dios, vos sos Dios” en el lanzamiento de uno de sus discos. Y se animó a más: en una entrevista en vivo, Jorge Lanata, en su programa de tv, le preguntó quién era. Charly respondió: “Soy un genio”. El periodista lo quiso atorar: “Fuiste un genio, ahora te repetís”. Charly, con su extrema lucidez, le respondió: “Ah, sí? Bueno. Y vos sos un boludo, pero un boludo importante. ¿Y qué diferencia hay? Que los boludos importantes salen por tv”. Sin música, ese diálogo, es el rock. El rock es una postura ante la vida. Y punto.
La moral, el arte y el artista
El siglo XXI da clases de moral: alza el dedo acusador y se postula como superior al XVIII, el Siglo de las Luces, o a cualquier otro momento histórico pasado o por venir. La base es un error estructural, ontológico: cancelar obras por cómo se las mira desde el presente, no desde perspectiva del que las compuso.
Por otra parte, si pensamos, a modo de ejemplo, en los autores antisemitas, habría que cancelar casi toda la literatura francesa, europea y más: desde T.S. Eliot a Voltaire. Casi no existen autores que escapen a la red conceptual actual, por racistas, homofóbicos, misóginos, antisemitas o lo que fuera. En la actualidad, además, se rechaza cínicamente la violencia.
Existe una construcción cultural a partir de lemas: se pasó del “Prohibido prohibir” del Mayo Francés al “Prohibido odiar” actual. En Francia (según Ariana) se lo comprobó después de los atentados de 2015 y de otros, posteriores; los lemas eran “No tendrás mi odio” y “París es una fiesta”, mientras París se regaba de sangre, de cuerpos mutilados por terroristas que habían usado técnicas de guerra. “La fiesta debe seguir” es una consigna patológica, negadora, impugnadora. Vivimos la época de la negación: un torrente que va directo, como una transfusión, desde la vena política hacia la del arte. El mandato es crear obras en las que estén cancelados el odio, la discriminación, la ofensa.
“Muchos autores –debería corregirme y decir “muches autores”– van a decirte que publican lo que quieren, en cualquier editorial, grande o chica. Yo diría que es verdad y que no lo es. Publican lo que quieren porque, desde antes de empezar a escribir, lo admitan o no, tienen en cuenta esa especie de decálogo de lo que hay que poner y lo que no. Para que no les cancelen el libro, lo autocancelan; o lo hacen para que no los ignoren, esa otra forma de censura. Hay varios tipos de imposiciones: temáticas, formales, ideológicas; están en el aire, como siempre. No toda época fue victoriana, pero cada una tuvo su represión explícita o implícita” manifiesta la escritora, casi a modo de confesión (honestidad brutal, diría Andrés Calamaro).
Y sigue, Ariana, sobre la impostura: “Los que escriben “buenas” novelas, las que no ofenden a nadie, las que acusan a los violadores y están del lado de las víctimas, las que rechazan los femicidios, etc, se manejan con la impostura del policía bueno que hay que ser hoy. La gente con discursos más morales es la más inmoral y repugnante que conozco. Neruda, comunista, abandonó a su hija con hidrocefalia, y violó a una mucama; Malraux, de discurso humanista, tiró a su esposa a los leones nazis; Sartre y Simone de Beauvoir, grandes defensores de la libertad, hicieron lo mismo con una amante, y estaban a favor del stanilismo, de Stalin, de la opresión”.

Voces locales
Julio Zalazar, pintor, publicista, fotógrafo, docente con más de 50 años de trayectoria, aporta lo suyo. “El arte.es la vida misma. En estos tiempos se vive un show de marketing, ego a full, celebrity a full, con la fantasía y la escenografía que cada uno se inventa, donde a veces el de perfil bajo pasa como un buenudo, y el tango Cambalache como Discépolo lo escribió décadas pasadas sigue tan vigente, solo el tiempo será el colador de lo bueno y lo malo y pondrá a cada uno en su lugar. De mi parte siempre todo a pulmón, por ahí los “entes” culturales se hacen los distraídos”.
“Todo lo que me rodea es consecuencia de lo que soy. En estos tiempos de gran hermano donde se usa mucho la estrategia para determinados fines, donde el yo, yo, yo, funciona a full y la manipulación es moneda corriente, hoy en día el artista se fabrica. Podés crear una obra de arte en una piecita de 2 x 2”, dice Julio Zalazar.
Alejandra Antonietti, actriz saenzpeñense de reconocida trayectoria, mujer de teatro, promotora cultural: “A lo largo de la historia de la humanidad, el ser humano debió enfrentar pandemias, no es algo nuevo. Cada una en un tiempo histórico, social, económico y cultural particular. La asimetría desequilibra a la humanidad y asistimos a lo que algunos pensadores llaman la “cuarta herida narcisista”. El arte no es ajeno a lo tumultuoso y caótico de estos días. Munch sintetizó en “El grito” el horror, desesperación, angustia que provocó la pandemia de la “gripe española”, pareciera que el dolor tiñe el entorno. El confinamiento se transforma y, como dice Byul Chun Han, “la tiranía de la intimidad lo psicologiza y personaliza todo”. El arte, se vuelve imprescindible, es el oxígeno necesario para continuar viviendo, por que cuenta, dice, sufre, sostiene y contiene a una sociedad que fue mutando, conquistada, alienada, seducida por el consumismo. El arte nace de la necesidad de ser insurrectos, de oponerse, manifestarse, a una presión generada por algo externo, sea cual fuere el condicionamiento. Nos muestra y visibiliza que existe otro modo de pensar, nos devuelve otra mirada, distinta, humaniza, sensibiliza. El arte otorga esa libertad tan ansiada, ese camino escarpado y necesario que transitamos. Nos desaprisiona y hace reflexionar. Hoy, como antes, nos interpela y visibiliza lo vulnerables que somos. El mundo está en crisis y los artistas lo sienten en sus venas, en su sangre. He ahí la palabra, música, color, cuerpo, teatro”.
Carlos Erasmo Aguirre, periodista, escritor, productor, exdirector de la Casa de las Culturas, compañero de radio, amigo, maestro, hila aún más fino. “Según el diccionario, el arte es la actividad en la que el hombre recrea, con finalidad estética, un aspecto de la realidad o un sentimiento en formas bellas valiéndose de la materia, la imagen o el sonido. Ahora bien, esa es una definición muy amplia que no abarca, por ejemplo, y no lo digo con sorna, el cantar bajo la ducha, o el mirar las nubes y descubrir formas que tal vez un fotógrafo podría rescatar. Yo pienso que el arte es la vida misma. O podemos negar acaso que un sueño, que al despertar recordamos, no ha recreado estéticamente un momento de vida que tal vez nunca podremos realizar. Vivir es un arte, amar es un arte (Eric Fromm dixit) y hasta la cotidiana tarea de cocinar se enrola como actividad artística. De ninguna manera quiero minimizar a quienes dimensionan el arte, le dan formas, estructuras, sonidos que conforman piezas artísticas que podemos consumir todos los seres humanos”.
Sandra Rodríguez, mosaiquista reconocida, docente, titular del Taller Tesela Pink, posee una visión más que positiva al respecto y expresa que “Considerando que todo hecho artístico es un reflejo de la sociedad que permite la expresión del ser humano, debo destacar que personalmente pienso que el arte nos sirve para expresarnos y también para sanar y transformar personalidades. En una oportunidad, ante un problema de salud, un médico me dijo que el arte te salvó... y esas palabras generaron en mí la comprensión y valorización del mismo. Siempre lo observo en mis alumnas, sale a la luz la personalidad de cada una, ya que al crear transmiten mensajes: emociones, vivencias, reflexiones que se llevan guardadas en lo más profundo del alma. A nivel social no solo tiene un fin estético, va mucho más allá de eso, es historia, es terapia, posibilidad de cambios, concientización y unión. Necesitamos manifestarnos, expresarnos, dejar legados”.

Lo bueno y lo malo
Para el escritor y filósofo André Malraux, el pintor Pablo Piccaso resumía y reconfiguraba, en el siglo XX, todos los siglos anteriores; encausaba todas las luchas porque, en realidad, todas las luchas eran y son contra la muerte. Proust, Velázquez, Rembrandt, lucharon contra la muerte. Igual que Picasso, que fue un perverso absoluto, un misógino. Si uno expresa toda la maldad, los excesos, las amoralidades, las perversiones del hombre, no queda nada del artista. Malraux decía que el arte es el antidestino, porque lucha contra la muerte. El arte burgués, el arte como parte del mercado, como elemento adoctrinador del capitalismo actual, es peor que el arte bajo una dictadura militar.
Según Theodor Adorno, el arte no tiene que tener ninguna función. El arte no es el Ministerio de Justicia, ni el Social, ni el de la Mujer, ni el de la Igualdad, ni el de la Familia. La ética, el respeto, el sentido de ecuanimidad, debería tenerlos el ciudadano en su vida civil. De vuelta Rimbaud: el arte es la pérdida de la moralidad, la literatura no tiene que tener la finalidad de hacernos mejores personas.
Sublimar el arte, según Ariana Harwicz, “Es el costado más perverso, más peligroso para la salud mental. Los excesos de la corrección política ni siquiera admiten el arte como sublimación. Si no podemos sublimar, ¿cuál es el sentido del arte? ¿De dónde sale la belleza? Del horror. ¿Qué es el ser humano? Es el austríaco que encerraba y embarazaba a su hija; el médico francés que violaba chicos después de operarlos. Josef Mengele, Goebbels. Tortura, autodestrucción, perversión: si eso no puede ser sublimado a través de la escritura, nos salteamos el siglo XX entero, los epistemólogos, los psicoanalistas, los filósofos, los lingüistas. Hoy sólo se puede escribir con “buenos sentimientos”, sin ofender a nadie. El arte se volvió una militancia de redes para cancelar obras, con el pretexto de que son homofóbicas, racistas, discriminadoras. Después, los canceladores son cancelados, pero esa es otra cuestión”.
Sobre las exigencias del mercado, Harwicz dice: “Suponer que uno lee desde la identificación primaria es otro error. Suponer que van a ofenderse las lesbianas, las judías, las negras, las asiáticas, las transgénero, las albinas. Cuando uno lee, no siente identificación por lo igual. Para sentirme identificada, yo no busco un personaje que sea una mujer blanca de 43 años, con dos hijos, que viva en Europa. Ese no es el modo en que uno lee. Si no, uno nunca podría identificarse con un personaje del siglo XV, o con un alien, o con un superhéroe, o con la invocación del superhombre de Nietzsche. Uno lee para olvidarse de sí, para borrarse, para odiarse, para desidentificarse”.
En la situación actual, agrega (y adhiero): “No soy especialista en el tema, y estoy tan perdida en medio de esta pandemia, y sin brújula como todo el mundo. Pero noto que el capitalismo está reconvirtiéndose, cambiando su piel y provocando cambios en todos nosotros. Ahora viajamos en cuadraditos de Zoom: no se terminaron los viajes, sino la idea de aventura. La vida está enmarcada por la familia y es intramuros: cada uno está en su cárcel burguesa, si es que se tiene Netflix y una casa linda, con comodidades. Y los demás, que se jodan, que los excluidos sean excluidos para siempre y los ricos se muevan por Zoom y plataformas. Todo sigue sometido a la lógica del consumo compulsivo. En manos del capitalismo, del mercado, del consumismo, el arte como objeto de compraventa solo cambió de forma, pero el fin es el mismo”.
Si bien el panorama no se muestra muy alentador, hay expresiones que soslayan esos cánones mercantilistas –por suerte- y encontramos artistas, hacedores, creadores generando “una obra, un hecho artístico” sin mirar la cotización del dólar, o sin tener en cuenta las tendencias del momento. Convencidos de que el arte es uno de los pocos espacios en la vida de absoluta libertad. Y ahí andan, rompiendo estereotipos, haciendo de las suyas. En buena hora.
* Dedicado a Martha, mi madre, que me enseñó las primeras letras y el amor por la música, la naturaleza, la solidaridad. E hizo de la bondad y la amistad una herramienta vital para cambiar el estado de las cosas y estar siempre junto a los otros, a “los menos”. A Teresa Kraft, por su enorme voluntad hacia el diálogo y la palabra, in memoriam.










