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EL SAINETE EN EL CAPITOLIO ES UN SIGNO DE LOS TIEMPOS

La decadencia del imperio americano

Trump se proponía “hacer a América grande otra vez”, pero su fracaso, tanto en lo externo como en lo interno, deja un país (y un mundo) peor que el recibido. Los fuegos de artificio como las denuncias de fraude o el asalto al Capitolio advierten al dueto Biden-Harris que deberán gobernar una crisis de régimen mucho más profunda.

Rubén Tonzar
Por: Rubén Tonzar
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“Hola, vengo a disolver la sesión de proclamación del presidente electo”. Los basquetbolistas de la NBA se preguntaban: “¿Qué hubiese pasado si el que hacía esto era un negro?”.

Los hechos de esta semana, por llamativos que fueren, no son sorprendentes, sino aumentos de gradación en una crisis con cimientos profundos en el tiempo y en el espacio. En cada episodio de esa crisis, el país que hegemonizó la economía y la política mundiales durante medio siglo XX fue perdiendo fuerza y autoridad en ambos terrenos.

Hace unos veinte años los ultraconservadores del Tea Party capturaron la conducción del Partido Republicano y embarcaron a EEUU y al mundo en una serie de guerras (Afganistán, Irak) que nunca terminaron. Lejos de ello, el demócrata Obama, primer presidente negro de la historia del país y premio Nobel de la Paz apenas asumido, dobló la apuesta (Libia, Siria, Ucrania), con la secretaria de Estado Hillary Clinton como bastonera militarista.

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La apariencia “white trash” de los asaltantes del Capitolio era una postal del activismo trumpista, un movimiento con más futuro que presente.

El principio de los dos periodos presidenciales que gobernó cada partido estuvo signado por crisis financieras de profundidad creciente. Las dos presidencias de George W. Bush arrancaron con la crisis del sudeste asiático (1997), encadenada con las de Rusia, México, Brasil, Argentina, y coronada por el estallido de la burbuja de las “puntocom” en 2001.

Los ocho años de Obama se iniciaron en medio del desastre de la burbuja hipotecaria (2008/2009). En el primer caso, una crisis externa terminó estallando en Wall Street. En el segundo, la crisis se originó en el corazón mismo del país que lidera el sistema global, expandiéndose a todo el mundo. Aunque de magnitud mucho mayor el segundo, ambos episodios estuvieron acompañados de generosos rescates estatales a las grandes corporaciones, que emplearon inteligentemente los fondos de la magnanimidad pública.

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La bandera de los defensores de la esclavitud flameó en el Congreso, algo que no había sucedido ni siquiera durante la Guerra Civil del siglo XIX.

Los usaron para especular en bolsa, recomprar acciones propias, realizar adquisiciones y megafusiones, deslocalizar plantas (mudarse a China, México, su ruta) y despedir ingentes masas de trabajadores sindicalizados en EEUU para recontratar precarizados en el extranjero.

Esta metodología, multiplicada por las facilidades de la globalización, permitía engordar sin pausa los balances de las multinacionales, que contaban ahorros por la “reconversión” en EEUU, ganancias por la “productividad” de los trabajadores asiáticos o mexicanos, y más ganancias por vender en forma de exportaciones chinas lo que antes vendían en forma de “made in America”.

Sucedía al mismo tiempo que en los EEUU crecían la pauperización, la desocupación, la precarización, el deterioro generalizado en la base… las crisis económicofinancieras.

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El sillón de la presidencia del honorable Senado fue ocupado por los barrabravas de Trump.

EL FENÓMENO TRUMP

El llamativo personaje, nacido de la especulación inmobiliaria y alimentado por décadas de rechinante propaganda televisiva, se lanzó en 2016 al asalto de la presidencia con una armada brancaleone como estructura partidaria. Recogía herencias del Tea Party, grupos supremacistas, propagandistas del fascismo, republicanos moderados, demócratas decepcionados, nacionalistas, xenófobos, empresarios evangélicos y siguen las firmas, al grito de “China tiene la culpa” y “Hay que hacer un muro y México debe pagarlo”.

Las maneras estridentes del candidato y el aspecto kitsch de su comparsa electoral no impidieron que millones de estadounidenses identificaran en ese discurso la explicación y hasta la posible solución a algunas de sus preocupaciones centrales. Trump prometía hacer retornar las fábricas profugadas a China e impedir la entrada de trabajadores extranjeros para que los locales tuvieran trabajo y “Hacer América grande otra vez”.

Lo primero, un imposible, lo segundo un despropósito. Ninguna corporación estadounidense volvió a establecer sus factorías en EEUU, por el contrario le hicieron pagar al Estado administrado por el gobierno Trump los mayores costos de las guerras comerciales con China (como con los multimillonarios subsidios a los farmers).

Y los trabajadores inmigrantes jamás dejaron de llegar, hasta el punto que en la orden ejecutiva de abril de 2020 para restringir la inmigración en plena pandemia, que los xenófobos más fanáticos esperaban que fuera terminante y definitiva, se exceptuaba claramente a “los médicos extranjeros” y a “los trabajadores agrícolas temporales con contrato concertado”.

A pesar de no haber terminado con uno solo de los problemas que prometió solucionar, y de haber creado muchos otros, Trump logró en las últimas elecciones más votos en 2016, y de hecho es el presidente republicano con más votos en la historia, lo que le ha dado pie para su estrambótica denuncia de “fraude”.

ES LA ECONOMÍA

La frustración popular por el persistente deterioro de las condiciones de vida, especialmente desde la crisis de 2008/2009 (11 millones de estadounidenses perdieron sus viviendas), estaba apenas disimulada por la gran creación de empleo (de muy baja calidad pero bastante abundante) favorecida por los subsidios estatales posteriores a la crisis y por la fenomenal baja de impuestos a los más ricos en los dos primeros años de Trump.

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Dispositivo de seguridad en el Capitolio durante una marcha de Black Lives Matters en julio de 2020. Muchas voces contrastaron las imágenes del miércoles pasado con esta.

Pero aun así la economía no volvió a repuntar ni siquiera al nivel previo a la crisis. Los movimientos de rebelión popular se multiplicaban y extendían: Occupy Wall Street y Black Lives Matter fueron los más famosos. Pero las más extendidas fueron las luchas por “u$s 15 la hora” de los empleados de los grandes retails, por la ampliación de la sindicalización, por la defensa de los salarios de los empleados públicos, con maestros y enfermeros en primera línea, por el control de los precios de los alquileres y contra los tarifazos en los servicios públicos, por ejemplo.

Elementos como estos generaron la base para el surgimiento de fenómenos como Bernie Sanders en el Partido Demócrata y el mismísimo Trump entre los Republicanos. Los movimientos populares exigían revulsivos contra el statu quo que los había encasillado en existencias miserables, y buscaban en la política posiciones más extremas que las que el establishment podía proveer. Y todavía faltaba la pandemia.

ELECCIONES RÉCORD

En EEUU la baja participación electoral fue históricamente propiciada y estructural, y permitió siempre un pacífico reparto de cargos electorales y la estrecha colaboración bipartidista en la defensa de los intereses de las grandes empresas dentro y fuera del país. Así, durante mucho más de un siglo.

Sin embargo, la magnitud de la crisis actual trajo la novedad de que los dos partidos hegemónicos trabajaron al unísono para producir la mayor movilización electoral de la historia, con más de 150 millones de sufragistas, en medio de la crisis económica, la pandemia y la rebelión popular.

Ambos partidos, junto a los financistas de Wall Street y las tecnológicas de Sillicon Valley consideraron, sorprendentemente, que la vía electoral sería el mejor calmante para tanta excitación. Fue la primera gran señal de que la mayoría de la clase dirigente, no solo sus políticos, considera que no es tiempo aun para el empleo de los métodos que el trumpismo propone para la solución de los problemas estadounidenses.

Ante la evidencia de que, acosadas por la crisis y por la pandemia, en el país comenzaban a movilizarse fuerzas de incalculable potencia, los poderes económicos más estratégicos llamaron a encauzar todo por la vía electoral. Y luego desestimaron las protestas de Trump, sin hacer tampoco grandes esfuerzos por acallarlo.

FARSESCO

Los reclamos de Trump desde el 3 de noviembre fueron de baja intensidad, y rechazados por todas las instituciones, incluida su propia Corte Suprema, hasta que el 5 de enero perdió la esperanza de mantener el control del Senado tras la doble derrota en Georgia.

Entonces, el que se postulaba como el presidente de “la ley y el orden” lanzó a sus orcos contra el símbolo sacrosanto de la gran democracia, el Capitolio. La bandera esclavista flameó en la sede del Congreso, lo que no había sucedido ni siquiera durante la guerra civil de 1860-65, y uno de los principales activistas de la secta QAnon exhibió su gorra cazadora con cuernos en el mismísimo estrado del presidente del Senado, que había sido evacuado de urgencia antes de su llegada.

El gran proyecto MAGA (“Make America Great Again”) fracasó en sus dos objetivos principales. No logró reformular las relaciones internacionales, especialmente sometiendo a las instituciones estatales chinas a los requerimientos políticos y financieros del capital internacional basado en EEUU, y no logró volver la frustración de los trabajadores estadounidenses contra sus colegas inmigrantes y contra los movimientos sociales internos. Trump hizo campaña celebrando la tibia “recuperación” del último trimestre, en que se crearon 2,5 millones de empleos, pero se guardó de mencionar los 25 millones pulverizados durante la primera ola de la pandemia.

En tanto, 22 millones de infectados y 370.000 muertos atestiguan la negligencia criminal de su política sanitaria. Estos fracasos no dejan las cosas como estaban, sino que agravan el conjunto de la situación. Una muestra de esa consecuencia es que la institucionalidad parlamentaria y las elecciones, antes conocidas como expresiones supremas del equilibrio político, ahora se han vuelto en su contrario, y echan más leña al fuego de la creciente polarización.

El manotazo de ahogado del trumpismo en el Capitolio fue, naturalmente, más espectacular que efectivo. Pero sin duda sirve como ilustración del alcance que podrían tener futuras evoluciones políticas, que la crisis realimentará una y otra vez, y que no son imposibles, solo inviables por el momento.