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Tener todo en contra y aún así parar la olla

Sin dinero y sin poder salir a trabajar, jefas y jefes de hogares que dependen de la diaria enfrentaron el obstáculo más difícil en la primera etapa de restricciones. La brecha de desigualdad se amplió y profundizó en los últimos 8 meses.

La inflación acumulada de los alimentos en lo que va de 2020 golpeó distinto a las provincias del NEA con un 39,3%, según datos del Índice de Precios al Consumidor.

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Ante desalentadores datos de pobreza y desempleo, la prioridad fue proveer alimentos (foto de la escuela Cacique Pelayo, Fontana).

A la pobreza estructural este año se sumaron los efectos de la pandemia económica. Mucho antes de que se decrete el confinamiento, numerosas fuentes de la economía popular mostraron cómo su poder adquisitivo fue cercándose durante 2018 y 2019.

Ya en mayo se advertía esa preocupación en resultados de una encuesta en barrios populares del Gran Resistencia y Gran Corrientes. El colectivo de hábitat Turba preguntó cuánto afectó la pandemia a la economía familiar y 52,5% de las personas consultadas respondió que ‘bastante‘ y ‘mucho‘. Fundamentalmente por la interrupción de su actividad laboral y la pérdida de ingresos. De quienes alquilaban, un tercio afirmó que se había atrasado en el pago de los meses recientes y uno de cinco (19,9%) tenía problemas para realizar grandes compras de mercadería para varios días.

En noviembre las conclusiones de la tercera encuesta nacional de Unicef sobre impacto de Covid-19 aportaban que casi todas las familias con asignación universal por hijo (96%) aseguraron que ya no podían comprar con ese ingreso lo que hace un año y casi un tercio (27%) tuvo que prescindir de algún alimento.

Otra de las consecuencias fue la suba del endeudamiento de las familias y la proporción de adolescentes que ya venía haciendo changas se duplicó.

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Aunque en todos los informes se valoran soportes estatales y la inyección de más de $900 millones en recursos para los sectores vulnerables, la crisis asestó un golpe durísimo.

Entonces hizo falta más. Una generosa parte de la población se organizó para dar contención a otra, y a sí misma.

OLLAS ITINERANTES

Un caso representativo es el proyecto Ollas Itinerantes, sostenido por docentes y estudiantes de la escuela Cacique Pelayo, en Fontana.

Sin clases presenciales, una treintena de profes vio que ante la falta de comida había espacios donde se compartía lo mínimo.

Fueron a buscar donaciones de alimentos, pelaron papas, hicieron la tarea y hasta encararon pequeñas reformas.

Hoy celebran no sólo haber reunido 4000 kilos de mercadería para preparar 72 ollas en seis barrios, también valoran los encuentros.

‘Nunca imaginé trabajar con docentes. Me enseñaron que nadie es más que nadie. Somos todos iguales y trabajamos por un mismo fin: los niños‘, saluda en un balance comunitario Sandra Veloso, del barrio Quebracho.

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La solidaridad fortaleció al comedor y merendero del barrio Chelliyí (foto del Facebook de Leticia Cáceres).

Endeudamiento de las familias

Los datos estadísticos confirman lo que muchas personas ya vemos a nuestro alrededor: 15% de los hogares se endeudó con algún comercio comprando alimentos al fiado. Fenómeno que en octubre subió a 22% en hogares con titulares de la Asignación Universal por Hijo (AUH) y a 30% en barrios populares.

Un día de octubre, a media mañana, cerca de 50 personas se agolpaban en la vereda de la Catedral de Resistencia. Esperaban un refrigerio, una bolsa con alimentos no perecederos y, de haber, algo de ropa también, entre otras donaciones.

La mayoría llegó en bicicleta o a pie. Entre ellos, una mujer de mediana edad y seis hijos: ‘Los que venimos nos avisamos dónde se está ayudando. Tengo una asignación universal pero ya no alcanza ni para la comida, menos para zapatillas, ropa. Acá una vez me dieron una toalla, sábana y jabón‘, describió.

El sacerdote Alberto José María Fogar confirmó que el caso no era aislado: ‘La pobreza es alta y las necesidades son cada vez más importantes, eso explica por qué la gente se moviliza en busca de ayuda. La expresión de la fe pasa por esto, por la ayuda al necesitado‘.

Primeros brotes en la periferia

Una especialista en el análisis demográfico y geográfico de la UNNE esclareció por qué en algunos barrios el coronavirus se propagó más al comienzo. ‘Tiene que ver con cuatro factores: edad, comorbilidades preexistentes, hacinamiento y el tipo de empleo‘, resumió Liliana Ramírez, directora del Instituto de Geografía.

Desarrollar un trabajo informal implica salir a diario a buscar el sustento, con recorridos diferentes cada día, ampliando las probabilidades de contraer y de propagar la enfermedad.

El aporte de Ramírez permitía comprender tempranamente por qué se dieron los primeros brotes en la periferia de la capital provincial.

Por ejemplo en el Gran Toba. En el barrio Chelliyí conocimos la historia de compromiso y solidaridad de Leticia Cáceres, mamá de cuatro chicos, de los cuales una tiene discapacidad. Con apoyo de la organización MTE, hace tiempo que sostenía un merendero que al dar positivo para Covid-19 debió cerrar por un mes. Fue una decisión que le costó muchísimo; sobre todo porque desde su cuarentena estricta veía en las redes las peores muestras de discriminación hacia los qom. Como si ya no fuera suficiente para la mayoría de sus vecinos vivir en una infraestructura y una economía ideales para la propagación del virus.

En un año duro y de recuperación de su salud, volvió al ruedo por ‘la gente en las calles que necesitaba comer y se la rebuscaba para hacerlo‘. Las circunstancias que le tocaron vivir la obligaron a cuidarse un poco más para seguir cuidando de los demás.

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