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Casi segura candidata al próximo Nobel de Química

Katalin Kariko: la inmigrante postergada, la pionera de la vacuna

Contra la indiferencia y los obstáculos que su medio le imponía, consagró toda su carrera a investigar el “ARN mensajero”, hoy factor clave en el desarrollo de las vacunas más sofisticadas contra el coronavirus.

En estos meses la bioquímica Katalin Karilo es el rostro de la tecnología que emplea el ARN mensajero, usada por Pfizer-BioNTech y Moderna en sus vacunas. Tras dejar su Hungría natal en los ochenta, la investigadora, migrante y a menudo relegada en EEUU, es en sí una historia de lucha y reivindicación en la comunidad científica. Aun teniéndolo todo en contra, persistió en su pasión. Esta es su historia.

40 años después

“¡Redención! Empecé a respirar muy fuerte. Estaba tan emocionada que sentí gran miedo a morir”. Katalin Kariko explicó así a The Telegraph su reacción ante el anuncio de los resultados de la eficacia de la vacuna contra la Covid-19 impulsada por las farmacéuticas Pfizer-BioNTech y Moderna.

Después de casi cuarenta años de esfuerzos, las investigaciones de Kariko sobre el ácido “ARN mensajero” por fin fueron validadas para luchar contra la actual pandemia: 2Jamás llegué a imaginar que se pondría tanta atención a esta tecnología. No estaba preparada para ser el centro de atención”.

Doctora Katalin Kariko. Su trabajo pionero allanó el camino para las vacunas que hoy se desarrollan para combatir la Covid-19, entre ellas las de Pfizer/BioNTech y Moderna.

 Es que en cuestión de semanas esta investigadora húngara, hoy instalada en Pensilvania, desconocida para el gran público, se ha convertido en una celebridad en el mundo científico. Pero su trayectoria viene de muy lejos.

Formada y doctorada en Hungría

Nacida hace 65 años en la urbe de Szolnok, en el centro de la Hungría comunista, dio su primer estirón en Kisújszállás, donde su padre trabajaba como carnicero. Apasionada de la ciencia, comenzó a dar sus primeros pasos en ella a los 23 años, en el Centro de Investigaciones Biológicas de la Universidad de Szeged, donde además logró su doctorado. Desde ese mismo instante empezó a interesarse por el ácido ribonucleico, responsable de entregar a las células una especie de “manual de empleo” con la forma de código genético, para que puedan producir las proteínas que nuestro cuerpo necesita.

En los laboratorios húngaros los recursos no eran abundantes. Por eso a los 30, Katalin provocó su despido del centro, con miras a llegar al otro lado del Atlántico. Como estaba prohibido salir del país con divisas, la científica ocultó el dinero obtenido con la venta del auto familiar en el osito de peluche de su hija Susan Francia, de dos años. “Iba a ser un viaje de ida. No conocíamos a nadie”, recordó.

Rechazos y discriminación

Aunque Katalin pudo emprender su sueño americano, las cosas no fueron como lo esperaba. A fines de la década del 80 la ciencia no tenía ojos más que para el ADN, visto como capaz de transformar las células para curar patologías como el cáncer o la fibrosis quística.

La bioquímica húngara persistió en su corazonada y apostó por el ARN, proyectándolo como proveedor de instrucciones para que las células fabriquen las proteínas terapéuticas requeridas, sin modificar el genoma celular, como haría el ADN. Sin embargo, su tecnología suscitó críticas por algunas reacciones inflamatorias. El retiro de algunas empresas financistas y de la propia universidad, relegó al ARN mensajero y a su pionera como intrusos dentro del sistema inmunitario.

Así, su primera solicitud de beca de investigación fue rechazada en 1990; en los años siguientes la frustración se repetiría multiplicada. En 1995, la Universidad de Pensilvania, en la que luego se convertiría en profesora, incluso llegó a degradarla al rango de simple investigadora. “Normalmente, en este punto, la gente dice adiós y se va porque es demasiado horrible”, contó. “Pensé en irme y hacer otra cosa. También me decía que no era lo suficientemente buena o inteligente”.

Pero persistió. “Estaba lista para un ascenso, y luego me degradaron y esperaban que saliera por la puerta”, dijo Kariko, quien entonces no podría permanecer legalmente en el mercado laboral. Necesitaba un trabajo de inmediato para renovar su visa. Aceptó un trabajo con un salario escaso, como investigadora de un nivel inferior.

Además de hacer frente a estas situaciones, la científica debió encarar el sexismo laboral. Le preguntaban por el nombre de su supervisor, cuando era ella la que dirigía su propio laboratorio, o le decían “señora”, cuando sus pares masculinos eran identificados por el título de “profesor”.

Abrumada por estos obstáculos, Katalin no dejó de aferrarse a su pasión y se consagró a ella. “Visto desde fuera puede parecer loco, incluso insultante, pero era feliz en el laboratorio. Mi marido siempre dijo que era un divertimento para mí. No digo nunca que voy al trabajo, es más como un juego”.

Al mismo tiempo, luchó para hallar la financiación de los estudios de su hija Susan, transmitiéndole gran determinación. La pequeña del oso de peluche terminó diplomándose en la Universidad de Pensilvania, además con medalla de oro en remo para el equipo de EEUU en los Juegos Olímpicos de 2008 y 2012.

Un encuentro en la fotocopiadora

Al fin, en 1997, una coincidencia frente a una fotocopiadora cambió el destino de Kariko. Junto a la máquina estaba el inmunólogo Drew Weissman, uno de los investigadores que desarrolló la vacuna contra el VIH. Conversaron sobre sus respectivos proyectos y decidieron trabajar juntos para buscar una solución que permitiera que el sistema inmunológico no reconociera el ARN sintético.

Su hallazgo fue publicado en 2005 y les generó muchas alabanzas. El dúo continuó con sus investigaciones y logró después situar su preciado ARN en unas nanopartículas lipídicas, especie de revestimiento que evita que se degrade demasiado rápido y a la vez facilita su entrada en las células.

Gracias a estas técnicas, los laboratorios de Moderna y Pfizer-BioNTech pudieron responder hoy a la enfermedad. Publicaron un artículo sobre el avance en 2005, diez años más tarde en 2015, encontraron una nueva forma de administrar ARNm a ratones, a través de “nanopartículas lipídicas”.

Esas dos innovaciones son las que Pfizer y BioNTech (donde Kariko es ahora vicepresidenta senior) utilizaron para el desarrollo de la vacuna de Covid-19, al igual que Moderna. Estas además podrían utilizarse en producir mejores vacuna contra la gripe y de forma mucho más rápida y efectiva. Las dos vacunas se basan en su estrategia de introducir instrucciones genéticas en el organismo para activar la producción de una proteína idéntica a la del coronavirus, provocando una respuesta inmunitaria.

Por su gran labor y su aplicación, tanto Kariko como Weissman podrían ser distinguidos con el premio Nobel. Después de tantos años en los márgenes de la ciencia, la investigadora y migrante húngara ocupa de forma merecida un cargo de importancia en el seno del laboratorio alemán BioNTech.

Tras la aprobación de la vacuna, Katalin se permitió un respiro devorando un paquete de sus caramelos favoritos. Aun cuando saborea este éxito, sabe que no puede sacar el cotillón y el champán: “Festejaremos todo esto cuando los sufrimientos humanos queden atrás, cuando los retos y el mismo periodo terrible que vivimos tengan fin. Esto ocurrirá, espero, en el verano  del 2021, cuando hayamos olvidado el virus y la vacuna. Entonces lo celebraré verdaderamente”.

"Es importante el apoyo a la investigación científica"

Katalin eligió dedicar años de su vida a investigar el ARNm a pesar de que sus patrocinantes y su facultad le negaron el apoyo económico. Arriesgó su carrera y su estabilidad para desarrollar una investigación que consideraba trascendental.   

Su trabajo pionero y a pulmón allanó el camino para vacunas que serán necesarias décadas después, contra la peor pandemia en un siglo. “Es importante que se apoye a la ciencia en muchos niveles, porque nunca se sabe lo que puede ocurrir. Cuando terminamos la investigación no queríamos patentarla, pero nos dijeron que si no presentábamos una patente nadie la desarrollaría”.

El perfil transaccional de la educación privada y la captura de las instituciones científicas por parte de los grandes laboratorios obligan cada día a buscar ganancias inmediatas o mediatas para cualquier investigación, y a dejar de lado las que en apariencia no brindarían retorno a la “inversión”.

Esto conspira contra la ciencia en general y contra la ciencia básica en particular. Dice Katalin: “No es justo que te hagan elegir entre conseguir ganancias para tu inversor o desperdiciar tu vida detrás de una idea que solo soportarán tus hombros y nadie más. Los gobiernos deberían apoyar fuertemente la investigación científica, y especialmente la investigación básica”.